Relatos cortos ficcion Ciencia Ficción Un último trabajo

 

 

 

Escondido en un conducto de ventilación del edificio central de I+D de la mega corporación Genotrust, Marcel se preguntaba qué demonios hacía allí.

Se había prometido a sí mismo que lo dejaría, que había ganado suficiente dinero, que treinta y nueve años son demasiados para un espía industrial, aunque hubiese sido el mejor de toda la ciudad.

- ¿Pero será posible? ¿Cómo coño he llegado a esta situación? – Murmuraba Marcel mientras intentaba recordar la estructura del sistema de ventilación.

- ¡Mierda, mierda, mierda! Joder, Marcel, si es que siempre estamos igual. “Tengo suficiente dinero, me retiro”, y vuelta a las andadas. Joder!

Marcel llevaba años dedicado al espionaje industrial de alto nivel. Las corporaciones llegaban a pagar fortunas por los datos del desarrollo de una modificación genética, un motor estelar o un combustible de mayor rendimiento. Obtener una patente antes que la competencia generaba unos beneficios incalculables. Y cualquier método era válido.

 

Gracias al dinero conseguido, Marcel había podido ir modificando su cuerpo con las más novedosas adaptaciones. Recubrimientos de kevlar-C para su piel, conexión directa entre sus ojos y la mira de su blaster, puertos de conexión directos entre su cerebro y cualquier terminal informático. Ahora todo estaba a punto de desaparecer, con él.

Sabía que aquella partida estaba perdida, que no debía seguir apostando. Pero lo hizo. Y los traficantes de implantes no dan nada gratis. O se les paga o está uno muerto. Por eso aceptó este contrato, como tantos otros. Porque debía dinero.

- Vamos a ver. He estudiado los planos de este edificio hasta saberlos mejor que mi propio nombre. Por qué no recuerdo la estructura de este sistema?

Empezaban a notarse años de abuso de drogas hiperestimuladoras y analgésicas. Pero claro, era su trabajo. Debía usarlas.

Marcel empezó a sudar. Copiosamente. Dos veces al día los sistemas de ventilación eran limpiados. Se sellaban las salidas y se bombeaba Zestrex-4, un gas absolutamente letal que acababa con cualquier forma de vida. Era imprescindible evitar que se contaminaran las muestras de tejidos con las que se trabajaba en Genotrust.

Y la hora de la limpieza nocturna se estaba acercando.

- Venga, Marcel, venga. Piensa. – Se decía mientras se iba deslizando por metros de tuberías, sin vislumbrar el final.

Cualquier ruido intempestivo alertaría al equipo de seguridad. Y esos no se andaban con chiquitas a la hora de tratar con un espía industrial. El Zestrex-4 sería una bendición si caía en manos de los miembros del equipo de seguridad.

Llegó a una de las salidas. Por supuesto cerrada. Llevaba a uno de los puntos de control de residuos. No era ese el camino.

Un zumbido? Había sido aquello el zumbido de un motor eléctrico sellando unas de las salidas, señal de que el proceso de limpieza y esterilización empezaba?

Podía haber aceptado un par de encargos más sencillos. Pero no, quería pagar sus deudas con un solo trabajo. Genotrust era quizá la mayor corporación de investigación genética. Y se pagaba mucho por sus secretos. Pagaría sus deudas y podría retirarse con una pequeña fortuna. Juegos borrados de la play store

Llegó a una bifurcación con sistema de paso en una sola dirección. Qué camino tomar? Si se equivocaba, no habría vuelta atrás. Tomó el de la derecha.

Siguió arrastrándose. Se veía una luz al final. Una salida. Llegó hasta ella.

- Mierda! Un puesto de control de seguridad. – Si le oían estaba perdido.

Tantos años de trabajos. Había alcanzado el reconocimiento de colegas de profesión y hasta de las propias empresas contra las que actuaba. Era el mejor. Y ahora estaba metido en esa ratonera. Sin salida.

Ahora lo oyó claro. Los motores eléctricos empezaban a sellar las salidas de ventilación. Una vez selladas todas, tenía 3 minutos para salir o empezar a respirar Zestrex. Sus pulmones empezarían a dolerle. Sentiría como si a todas sus mucosas se les aplicara una brasa. El metabolismo de sus células se iría paralizando.

Pero había pasado un sistema unidireccional. No podía volver atrás.

Se acurrucó mientras oía como se hacía el silencio, señal de que las salidas estaban selladas.

Nadie se acordaría de él. En este mundo, aunque fueses el mejor, nadie sentía nada por ti. Buscarían a otro y punto.

- Marcel, la has cagado – Se dijo. – Y bien.

Un olor extraño? Si, el Zestrex empezaba a ser bombeado. Una última dosis completa de analgesona para evitar el dolor? Qué mas daba.

Empezó a notar que respiraba mal. Si, le dolía respirar. Los ojos empezaron a dolerle, la boca a arderle. Las zonas de piel no recubiertas de kevlar se enrojecieron.

- Dios! Que tortura!

Si, no soportaría aquello. Una dosis completa de drogas analgésicas e hipnóticas le mataría antes que el gas, y de forma más placentera. Apretó el inyector y sintió una agradable sensación de paz y calidez.

Sus células empezaban a morirse. Primero las que tenían un metabolismo mayor, neuronas, células intestinales. Al final irían muriendo las células de la piel.

Sueño. Empezó a tener sueño. En medio de aquellos dolores, las drogas hipnóticas empezaban a hacer efecto.

Se acurrucó mas y cerró los ojos. El dolor cedió, el sueño le iba venciendo. Era agradable. Dejó de sentir. Ya no debía nada a nadie. Se hizo la oscuridad.

- ¡Si señor!. Hemos encontrado los restos de un espía industrial en el sistema de ventilación. Vaya suerte. Tres metros atrás había una desviación que llevaba hasta un punto por donde hubiese podido salir. Debió estar muy nervioso para no verlo. Novatos.

El Autor de este relato fué Smiorgan , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=2862 (ahora offline)

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Escondido en un conducto de ventilación del edificio central de I+D de la mega corporación Genotrust, Marcel se preguntaba qué demonios hacía allí.

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2024-05-18

 

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