Relatos cortos ficcion Narrativa Libre Al borde de la cama

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1

Normalmente no se me da bien contar historias. Nunca sé por dónde empezar, qué detalles omitir o cuáles resaltar. Pero esta vez si sé por dónde empezar –primavera del año pasado- , qué detalles omitir y cuáles resaltar.

Como ya he dicho, esta historia empezó el año pasado, concretamente en mayo. Yo trabajaba en una cafetería cerca de Central Park. No ganaba mucho, pero sí lo suficiente para vivir. Tenía un apartamento pequeño, o más bien acogedor, en la parte norte de Harlem. Iba a trabajar en coche y llevaba a mi colega Mark conmigo. Mark y yo nos conocimos en la cafetería hacía unos tres años y como vivía cerca de mi bloque, le acercaba en mi Ford de segunda mano.

Todas las mañanas la cafetería se llenaba de gente que salía del trabajo para tomar un respiro y desayunar. Muchos ya eran como de la familia y cuando entraban, solo tenían que hacer un gesto para que les sirvieran lo de siempre.

Un día, para mi sorpresa, entró en la cafetería una chica preciosa, pero quizás debería llamarla un ángel: pelo largo de color ébano y ojos caoba en los que te podías perder por un mundo de fantasía y lujuria. Su piel canela parecía suave y tersa, perfecta para ser acariciada, y sus labios rosados y carnosos pedían a gritos un beso, y otro, y otro.

Me acerqué sin pensarlo para tomar su pedido:

-¿Qué desea?

-Um…creo que tomaré, eh…el desayuno especial –respondió echando un rápido vistazo a la carta. –Perdona –dijo antes de que me fuera.

-¿Sí? –contesté con una sonrisa un tanto bobalicona.

-Con chocolate caliente.

Me dirigí a la barra y le di al cocinero la nota para que empezara a preparar el desayuno especial con chocolate caliente.

Seguí atendiendo a los clientes, pero de vez en cuando miraba su mesa y observaba lo que hacía. Parecía bastante distraída, tenía la mirada clavada en la silla vacía que había en frente y de vez en cuando se retiraba el pelo de la cara.

Una vez su desayuno estuvo listo, se lo llevé y ella me deleitó con una sonrisa que parecía de anuncio de pasta de dientes.

Eran las diez y veinte cuando ella pidió la cuenta. Se sentó en un taburete de la barra y se puso a hablar con Mark, después pagó y se fue.

Tenía mucha curiosidad por saber de qué habían estado hablando y de qué se conocían. Al salir por la tarde se lo pregunté:

-¿De qué la conoces?

-¿A quién?

-No te hagas el loco. La chica con la que te has puesto a hablar esta mañana.

-Ah, ¿te refieres a ese bomboncito? Resulta que estudiábamos en el mismo instituto. Ha dado un cambio radical.

-Supongo que para mejor.

-Y que lo digas.

Le dejé en la puerta de su casa y después me fui a la mía. Me tiré en el sofá y encendí la tele. La misma basura de todos los días, aunque esta vez mi mente estaba ocupada pensando en ella. Pensé que me había afectado demasiado, y sabía que sería difícil volver a verla, pero su figura seguía rondando mi cabeza.

Un día por la noche, Mark y yo fuimos a un videoclub que había cerca de Central Park a alquilar un par de pelis. Él se iba acercando sigilosamente a la sección de adultos mientras yo buscaba en la estantería de acción. Cuando íbamos a pagar, me fijé que del almacén salía alguien que me resultaba familiar, y a medida que se iba acercando me di cuenta de que era ella. No podía creer la sorpresa que me tenía preparada el destino. Mark la saludó y le entregó las películas. Mientras ella las pasaba por los infrarrojos, Mark nos presentó:

-Te presento a un colega. Michelle, Carter, Carter, Michelle.

-Encantada. –contestó con una sonrisa.

-Igualmente, Michelle.

-No sabía que trabajabas aquí. –interrumpió Mark –He venido alguna que otra vez y no te he visto.

-Ya llevo un año. –respondió ella –Puede que vinieras cuando no era mi turno.

-Puede ser.

Mark se fue a coger algo para picar y yo me quedé a solas con ella. Me sentía algo estúpido. No sabía qué decir y tampoco quería mirarla descaradamente. Michelle estaba esperando que Mark volviera para terminar la cuenta. En uno de esos momentos nuestras miradas se cruzaron y ella me volvió a sonreír.

Cada vez que veía hablar a Mark con Michelle me sentía celoso, pero se me pasaba al pensar que a él no le sonreía como a mí. Supongo que lo hacía simplemente porque era una chica alegre y agradable.

-¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? –pregunté para romper el hielo, aunque ella me miró como quien mira a un extraño.

-Eh… un año.

-Oh, es verdad –en ese momento supe que debía haber cerrado la boca todo el tiempo. –perdona.

-No pasa nada. –me dijo riéndose.

Mark volvió con un par de bolsas de patatas fritas, las pagó y nos fuimos, despidiéndonos de Michelle.

Estábamos en mi casa viendo una de las películas y comiendo patatas. No paraba de pensar en la absurda conversación que había mantenido con Michelle. Eso que dicen de cerrar la boca y parecer tonto antes que abrirla y demostrar que lo eres, era totalmente cierto. Mark se dio cuenta de que no estaba prestando atención a la película:

-Está bien la peli, ¿no?

-Eh… sí, sí.

-¿En qué piensas? –me preguntó –Bueno déjame adivinarlo… ¿en Michelle?

-¿Por qué piensas eso?

-Teniendo en cuenta que te quedaste embobado al verla en la cafetería, que me preguntaste por ella y ahora en el videoclub, casi se te cae la baba… -contestó con tono burlesco.

-Bueno, reconoce que está muy bien.

-Eh, pillín, que te he pillado. ¿Por qué no la invitas a salir?

-Apenas la conozco, sería absurdo.

La película estaba terminando, pero no me había enterado de mucho. Mark volvió a su casa y yo me fui a la cama, dándole vueltas a la idea de invitarla a salir, sólo en calidad de amigos. Aunque era una posibilidad bastante lejana.

2

Allí estaba yo otra vez, en el videoclub el lunes por la noche. Devolver las películas era la excusa perfecta para verla otra vez. Pero cabía la posibilidad de que tuviera turno de mañana.

-Hola –escuché de repente.

-Hola, ¿qué tal?

-Aburrida. –contestó arqueando las cejas.

-¿Y eso?

-Entre semana la gente no suele alquilar muchas películas –dijo sonriendo –Y tú, ¿qué tal?, ¿qué te trae por aquí?

-Vengo a devolverlas, y ya de paso a amenizar tu noche. –ambos reímos y Michelle me agradeció el detalle.

Estuvimos hablando un rato, sobre cosas sin importancia, como el trabajo, el tiempo… Ya era un primer contacto. Un primer contacto en el que no estaba nervioso, o por lo menos no lo aparentaba. Después de la pequeña conversación me decidí a invitarla a salir:

-¿Qué te parece si un día de estos salimos… a dar una vuelta o a tomar algo? –ella apartó la mirada y parecía estar pensando en una excusa para no aceptar mi oferta.

No contestó. Ni siquiera me miró. Me sentí fatal y frustrado, así que me fui, pero antes de que abriera la puerta, me dijo:

-¿Te parece bien la próxima semana? –volvió a deleitarme con su sonrisa. –Esta semana me viene mal por el trabajo, ya sabes.

-Entonces este lunes te recojo a las cinco aquí, ¿vale? Ah, y ponte guapa. –le dije mientras abría la puerta para salir.

-Descuida.

Al fin. Lo había conseguido, después del esfuerzo y la incertidumbre, me había dicho que sí. Iba caminando por la calle sonriendo como un tonto, pero no podía evitarlo. Tenía la misma sensación que tienen los niños cuando se acerca Navidad y Santa Claus va a dejarles su regalo. Yo había sido bueno y Michelle era mi regalo.

Las horas parecían días y los días, meses. Desde nuestro último contacto no volví a ver a Michelle hasta el lunes. Cuando salí de trabajar me fui volando a casa para prepararme, aunque al salir a la calle me di cuenta de que no iba muy elegante. Ella estaba en la puerta del videoclub cuando llegué. Nos saludamos con un par de besos y decidimos ir a una hamburguesería que había a unas manzanas.

-No es el lugar más idóneo para una primera cita, pero tampoco está mal.

-¿Primera cita? –me preguntó sorprendida, mientras dejaba su chaqueta en el respaldo de la silla. –Pensé que era en plan de amigos.

Tuve que poner cara de póquer, porque me sonrió y me dijo que era una broma para romper el hielo.

Pedimos la cena y empezamos a hablar. Ella me contó sobre sus años en el instituto y cómo conoció a Mark. Me dijo que por aquella época llevaba gafas y aparato en los dientes. Yo también le hablé de mi época de estudiante y de la muerte de mi padre.

-Lo siento. –se disculpó.

-No pasa nada. Fue hace tiempo.

-¿Estabas muy unido a él?

-Bastante. No era el padre perfecto, pero era un buen padre. Aunque esto me hizo, de algún modo, madurar. –Michelle me dirigió una sonrisa cómplice.

Seguimos cenando y charlando y riendo toda la noche. Fuimos al Puente de Brooklyn a dar un paseo y cuando ya era algo tarde, me ofrecí a llevarla a su casa. Una vez allí, me besó en la mejilla, me dio las gracias y se metió en el portal.

Me preguntaba por qué me había dado las gracias. Puede que por haber roto su monótona vida, cosa poco probable. Seguí meditando sobre el porqué de sus palabras hasta que llegué a casa.

Quedamos varias veces más, casi siempre cuando ella trabajaba por la mañana, aunque a veces la veía en la cafetería. Michelle era bella por fuera y por dentro: inteligente, comprensiva, dulce… Vamos, la chica perfecta. Lo malo es que cada vez que intentaba acercarme a ella, se alejaba. Como si no quisiera dejarse caer en mis brazos.

Mark siempre me decía que estaba contento por mí y que se alegraba de que sentara la cabeza. Por supuesto que no era yo el que tenía que sentarla, pero se sentía importante al decirlo. Mark y yo teníamos mucha confianza. Desde el día en que Michelle y yo nos conocimos, él intentó hacer de Celestina. Incluso me confesó que él quería pedirle a Michelle salir, pero prefirió dejarme el camino libre.

Cogí el teléfono y marqué su número. Sonó tres veces. Ya iba a colgar, cuando ella respondió:

-¿Diga?

-Hola, soy Carter. ¿Qué hay? –le pregunté. Me contó que acababa de salir de la ducha, pero que no pensaba salir.

-Vaya, quería invitarte a mi casa a ver una peli.

-Oh, claro. Encantada. ¿Pasas a recogerme a las cinco?

-Allí estaré.

Y allí estaba yo, puntual como un reloj, en la puerta de su casa esperando a que bajara. Llevaba un vestido color púrpura y unas botas negras de tacón, se había alisado el pelo y sostenía en el brazo una cazadora también negra. Estaba más guapa que nunca. Le di dos besos cerca de la boca y nos subimos al coche.

Alquilamos Los puentes de Madison, porque ella insistió y yo quería complacerla.

Llegamos a mi casa, serví algo para picar y empezamos a verla. Cada vez que la miraba parecía triste e incluso le caía una lágrima por la mejilla. Supuse que era por la película.

-Está bien eso del amor. –dijo al final, mientras se secaba los ojos.

-Lo dices como si nunca lo hubieras sentido.

-A veces el amor puede ser la peor enfermedad. –afirmó con la mirada perdida. –Aunque también puede ser el mejor remedio. –esta vez clavó sus ojos en los míos.

-Yo creo que cada persona tiene su media naranja en algún lugar, solamente tiene que ir buscándola. Es como un vendedor ambulante de cuchillos: va tocando la puerta de cada casa hasta que alguien le deja pasar y le compra un cuchillo. –lo dije totalmente en serio, pero Michelle se echó a reír.

- Y, ¿has encontrado a tu vendedora ambulante? –me preguntó con un tono jocoso.

-Más o menos. Hace falta comprar algún cuchillo. –contesté, mientras me acercaba lentamente para besarla. Ella dejó de reírse y cuando estuve a punto de rozar sus labios, se apartó y se levantó.

-Lo siento, tengo que irme. –cogió su cazadora y se fue.

Sentado en el sofá me quedé, helado y dolido. Sentía como si hubiera estado jugando conmigo todo este tiempo, sin importarle lo que sentía. Entonces me di cuenta de que estaba enamorado de ella. Si me dolía era porque me importaba. Supongo que tenía razón cuando decía que el amor era la peor enfermedad.

3

Durante un tiempo no la vi por la cafetería y tampoco la llamaba. Seguía dolido y frustrado. Mark intentaba animarme, pero yo no tenía ganas de sonreír. Un día apareció por la cafetería, tenía un semblante serio y de preocupación. A medida que me iba fijando en su rostro, me di cuenta de que tenía una herida en el labio y un pequeño morado en el ojo. Mark y yo nos miramos extrañados. Él se fue a tomarle el pedido y a preguntarle qué le había pasado.

Yo estaba bastante preocupado. Puede que alguien hubiera intentado robarle o incluso violarla. Sólo de pensar en esta última posibilidad me daban escalofríos. Mark regresó y me contó lo que le había dicho: 4 tips to make nail polish last longer

-Dice que estaba en una discoteca y que dos tíos empezaron a pelearse cerca de ella y, claro, acabó pillando.

No sé por qué, pero no lo creí. Puede que Michelle estuviera ocultando la verdad para no preocuparnos.

-Si no te lo crees, ¿por qué no hablas con ella?

-No sé si quiero. Puede que tenga mucha prisa y tenga que irse. –lo dije con resentimiento, puesto que sí quería hablar con ella.

Pasaron varios días hasta que decidí ir a su casa. Aproveché por la tarde, porque sabía que esa semana trabajaba por la mañana. Llamé al timbre y después de un rato me abrió.

-¿Qué haces aquí? –me preguntó sorprendida.

-Quería hablar contigo.

Vaciló unos segundos y al final me dejó entrar. Habían pasado ya varios días pero seguía teniendo cardenales y heridas, aunque esta vez era el pómulo lo que tenía morado.

-¿Te has vuelto a meter en una pelea, o esta vez te has caído? –pregunté con ironía. Su mirada se llenó de rabia y desprecio, algo que realmente me asustó.

-Y tú, ¿has venido a molestarme?

Cogió una taza de café de la barra americana. Pude apreciar que le temblaba el pulso.

-Cuando te vi en la cafetería con el ojo morado y la herida en el labio me preocupé bastante.

-Pues no tienes por qué preocuparte. –dijo mientras bebía café.

-¿Intentas ocultarme algo?

-Ha sido un simple accidente y punto. –contestó ásperamente.

- Sabes que puedes confiar en mí.

De repente alguien abrió la puerta y entró. Era un tipo alto y delgado, de mirada profunda y barba de tres días. Me miró con cara de pocos amigos. Michelle parecía sorprendida. Podía ver cómo tragaba saliva y cómo agarraba fuertemente la taza con ambas manos, mientras el hombre se acercaba a ella y la besaba, aunque ella no ponía mucha pasión.

-Hola carió. ¿No nos vas a presentar?

-Eh… sí, claro. Él es mi primo Carter. Carter, él es Arthur… mi novio.

-No sabía que tenías primos. –dijo Arthur.

-Aquí no. Viene de Inglaterra. Ha venido de visita. –contestó atropelladamente.

-Y, ¿cómo es que te fuiste a Inglaterra? –me preguntó.

-Me enamoré de la mujer equivocada. –contesté sin apartarlos ojos de Michelle.

-Vaya, mala suerte. –dijo como si le preocupara. -¿Quieres quedarte a cenar?

-Tiene que irse. –contestó Michelle antes de que pudiera articular palabra.

- Bueno otro día será. Ahora voy a darme una ducha. Encantado.

Se metió en el pasillo que conducía al cuarto de baño. Michelle me acompañó hasta la salida.

-¿No quieres que tu primo cene con vosotros? –pregunté irónicamente mientras me abría la puerta. No respondió, se quedó mirando el suelo avergonzada. Me fui alejando poco a poco cuando ella le voceó a Arthur que me acompañaría hasta “mi hotel”.

Paré el ascensor y entramos juntos.

-Podrías haber sido sincera desde el principio. –le reproché.

-No salió el tema.

-¿Disculpa? Y, ¿qué me dices de las veces que hemos hablado de cosas personales? ¿Acaso no pudiste decirme “Oh sí, tengo novio”?

-Vale, lo siento. Tranquilízate.

La puerta del ascensor se abrió y yo salí sin perder un segundo. Michelle se quedó dentro, mirándome con ojos llorosos.

-Dile a Arthur que iré a “mi hotel” solo. –abrí la puerta de la calle y salí dando un portazo.

A pesar de estar a principios de junio, hacía algo de frío, pero se podía aguantar. Me metí en el coche y me quedé allí sentado, pensando. Necesitaba dejar mi mente en blanco y no pensar en nada, aunque era bastante difícil, ya que todo me recordaba a ella.

Arranqué el coche y me dirigí a casa de Mark. Me recibió y me ofreció algo de beber, pero yo sólo quería hablar. Le comenté todo el tema de Arthur y el recién descubierto parentesco que tenía con Michelle.

-¿Tiene novio? –preguntó sorprendido. Yo asentí y su cara empezó a cambiar de sorpresa a preocupación, cual detective que acaba de descubrir al asesino.

-¿No te parece sospechoso?

-¿El qué?

-Las heridas, los moratones y, ahora, el novio.

-¿Insinúas que la maltrata? – los escalofríos que sentí al verla de aquel modo volvieron.

-No lo sé, pero a mí todo esto me huele mal.

4

Al día siguiente fui al videoclub. Michelle estaba atendiendo a un par de clientes, así que fingí mirar en las estanterías hasta que se fueron. Me acerqué al mostrador. Ella estaba distraída guardando el dinero en la caja. Alzó la vista y no pudo evitar poner cara de sorpresa.

-Te pega, ¿verdad? –solté de repente.

-¿Qué?

-Arthur, te pega, ¿no es así?

-¿Cómo te atreves a venir aquí y hablar así de él?

-No tienes por qué defenderle.

-Vete ahora mismo. –dijo señalando la puerta con el dedo. Lo repitió otra vez hasta que al fin me fui.

Por más que lo intentara, no quería reconocer lo evidente. Puede que dijera la verdad y que yo sólo estuviera sacando conclusiones precipitadas, aunque todo me daba pie a pensar y ponerme en lo peor.

Estuve toda la tarde dándole vueltas al asunto, si decía o no la verdad, qué intentaba ocultar… Al llegar a casa me metí pronto en la cama. Esa noche tuve un sueño muy extraño. Soñé que estaba sentado en la barandilla de un puente, parecía el puente de Brooklyn pero, sin embargo, podía ver el Big Ben dando las doce de la noche. Tenía la sensación de que me iba a tirar al río, y así ocurrió. Cuando estaba en el agua intentaba llegar a la superficie pero me era imposible; mientras nadaba, escuchaba un timbre y en ese momento me desperté. Cuando me acostumbré otra vez a la realidad, me di cuenta de que estaban llamando de verdad a la puerta. Miré el reloj y eran casi las tres y cuarto de la madrugada. Abrí la puerta maldiciendo a todo el mundo, pero paré de hacerlo en seguida al ver a Michelle apoyada en la pared. Se tocaba el costado izquierdo con la mano y se secaba los ojos con la otra. Me abrazó y me agarró con fuerza mientras me pedía ayuda. La hice pasar y nos sentamos en el sofá. Cuando se tranquilizó un poco, me contó lo que había pasado:

-Arthur trabaja en un bar y siempre llega tarde a casa. No siempre llega sobrio. Estaba viendo la tele y me quedé dormida en el sofá y cuando desperté, él estaba allí, insultándome…había bebido mucho. –dijo sollozando. –Me cogió del brazo y me empujó contra la pared. Me tenía agarrada por la garganta mientras me insultaba… me tiró al suelo y empezó a darme patadas… -no pudo más y se echó a llorar.

La abracé para que se sintiera segura.

-Tranquila, no sigas. –le dije mientras le secaba las lágrimas. –Voy a coger gasas y de alcohol, ahora vuelvo.

Fui al cuarto de baño y cogí el botiquín. Le curé cuidadosamente la herida del labio y después le puse hielo en el pómulo. Ella me explicaba la pelea pero yo no quería que recordase aquella escena. Cuando terminé la acompañé a mi habitación para darle algo de ropa.

-Toma esta sudadera, no cojas frío.

-Siento haberte tratado injustamente.

-No tienes por qué pedirme disculpas, lo entiendo… Bueno, lo que no entiendo es por qué no me lo contaste antes.

-No lo sé… tenía miedo.

-No tienes que tener miedo de mí. –le aparté el pelo de la cara. –Jamás te haría daño.

Nos fuimos acercando poco a poco el uno al otro. Ella me miraba fijamente y yo sentía lo mismo que el primer día que la vi: me perdí otra vez en sus ojos. Deseaba perderme en ellos y no ser encontrado jamás. Le di un beso dulce y suave. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, yo la cogí por la cintura y la tumbé lentamente en la cama. Siempre me había imaginado como sería ese momento, todo era perfecto. Pero la realidad superaba con creces las imágenes de mi imaginación. La desnudaba poco a poco mientras ella acariciaba mi pelo y me agarraba fuertemente con sus suaves manos. El beso siguiente era mejor que el anterior y el aire apenas podía pasar entre nosotros.

Y entre las sábanas, la noche fue llegando a su fin.

5

Eran casi las nueve de la mañana. Tendríamos que estar trabajando pero habíamos decidido que sería buena idea ir a la comisaría a denunciar a Arthur. Ella seguía dormida y yo estaba sentado al borde de la cama, observándola. Parecía tranquila y sosegada. Al cabo de unos minutos se despertó. Le di los buenos días con un beso y le acerqué la bandeja con el desayuno que había preparado para ella: un par de croisanes con mermelada de fresa y una taza de chocolate caliente.

-¿Te suena? –le pregunté.

-Un desayuno especial con chocolate caliente. –respondió sonriendo.

Empezó a comer con entusiasmo mientras hablábamos de la noche anterior.

Cuando terminó de desayunar, nos duchamos y nos vestimos para irnos a la comisaría.

No tardamos mucho tiempo en poner la denuncia. Cuando salimos, Michelle me contó que se sentía más relajada y que se había quitado un peso de encima.

-Gracias por todo. –me dijo con un beso.

-De nada. Daría la vida por ti. –contesté sonriendo.

-No seas tan exagerado.

Propuse ir a la cafetería, más que nada para explicarle a mi jefe por qué había faltado, así que nos fuimos en coche hacia allí.

Cuando entramos en la cafetería, Mark nos miró con una sonrisa en la boca. Supuse que se imaginaba lo que había pasado. Entré en el almacén donde estaba mi jefe y le expliqué la situación. Mi jefe era un buen tipo y lo comprendió al momento, aunque me pidió que me pusiera a trabajar.

Mark y Michelle estaban hablando en la barra sobre el asunto de Arthur. Él se alejó para dejarnos a solas y empezamos a charlar. A pesar de que tenía que estar sirviendo mesas, no podía dejar de hablar con ella.

La mañana pasó rápido, sin muchos clientes, así que aprovechaba de vez en cuando para ver como esta Michelle. Sin duda parecía muy tranquila y feliz. Después de tanto tiempo sufriendo en silencio, era su hora de sonreír y mirar el mundo con otros ojos.

-Me alegra verte así de feliz.

-Ya era hora, ¿no? –me dijo con una gran sonrisa y después me dio un beso.

En ese momento entró en la cafetería un hombre alto y delgado, de mirada profunda y barba de tres días. No pude evitar soltar un “mierda”. Me acerqué a Michelle y me puse delante de ella. Arthur levantó una pistola y nos apuntó con ella.

-¿Crees que te ibas a librar de mí tan fácilmente, zorra?

La poca gente que había en la cafetería se escondía debajo de las mesas. Arthur seguía apuntándonos con la pistola y se acercaba poco a poco hacia nosotros. Un niño empezó a llorar y Arthur le gritó que se callara. En ese momento aproveché e intenté quitarle el arma. Cayó al suelo y empezamos a pegarnos. Me tiró a un lado derribando una mesa, pero me levanté rápidamente y fui hacia la pistola, aunque él se me adelantó. Seguimos forcejeando cuando de repente sonó un disparo. Me desvanecí lleno de dolor y vi cómo Arhtur se acercaba a Michelle para dispararla. Por suerte, Mark le golpeó con un taburete en la cabeza, dejándole inconsciente. Michelle se acercó corriendo hacia mí y llorando pidió ayuda. El dolor que sentía en el pecho se hacía cada vez más intenso e insoportable.

-Mi…chelle…

-No gastes fuerzas, no gastes fuerzas. –suplicó entre lágrimas. –Mark está llamando a una ambulancia, no tardarán.

-Te…quiero…

6

Ahí estaba mi ataúd, a punto de ser enterrado, rodeado de gente: amigos, compañeros, mi madre, Mark y Michelle. Estaban destrozados. Supongo que si la gente llora cuando te vas es porque has sido alguien importante en sus vidas. Michelle lloraba desconsoladamente y abrazaba a Mark con fuerza. Terminaron de tapar mi tumba y la gente se iba yendo. Michelle se quedó allí un rato, sin dejar de llorar, acariciando mi lápida y recordando todo lo ocurrido este tiempo.

Ya ha pasado casi un año desde que abandoné el mundo de los vivos y desde entonces no he dejado de observarla. Al principio no paraba de llorar por mí y poco a poco empezó a recuperar la sonrisa que me enamoró desde el principio.

Todos los días mientras duerme, la observo en silencio, como aquel día en el que fue feliz durante una noche, y cuando se despierta, se queda un rato tumbada, inmóvil, mientras yo sigo observándola en el borde de la cama.

FIN

Gracias por emplear tu tiempo en leer mi relato

El Autor de este relato fué Fanicilla , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=13135 (ahora offline)

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