Relatos cortos ficcion Narrativa Libre Elegía

 

 

 

El pasto estaba húmedo (como ahora) cuando el atardecer se anunciaba. Muchos árboles descansaban con el bosque, todos ellos delgados, bajos; mamá tomaba mi pequeña mano con delicadeza, observaba su cauteloso caminar, un vestido blanco la envolvía, y cuando volteaba hacia el suelo, para evitar tropezar con alguna piedra, supe que sus pies eran los de un ángel descendido de las nubes para tocar aquel camino enlodado. No había nadie más, estábamos en el corazón del bosque pero poco temíamos a la noche amenazante; confiaba en mamá apreciando el momento, jamás tan unidas como entonces. A orillas del acantilado, mi madre se recostó sobre el pasto, miró llena de nostalgia al sol que se escondía lejano.

–¿Sabes María? Todos caemos algún día, como el sol lo hace ahora, pero la única diferencia es que nosotros no amanecemos – entendía poco, su cuerpo lleno de vida y gracia era para mí una estrella que nunca se apagaría –. Algún día, en que me desvanezca, quisiera irme de la mano del sol.

 

Todo terminó; he soñado ese momento por siempre. Cuando niña, era la admiradora más ferviente de mamá, casi idolatraba su andar siguiéndole a donde fuera. Ella sólo a mí pudo amar; sufrió un aborto, y cuando papá murió, me consolidé como hija única. Yo sé que la pérdida de aquel bebé cambió su vida, jamás logró reponerse.

Solía espiarla detrás de la puerta mientras sentada, mecía lenta el cuerpo hacia la entrada del caserón; sus ojos siempre perdidos, las manos, sobre el vientre. Yo también le quería, nunca descuidé su salud, además estaba ahí cuando necesitaba hablarme acerca de todas las nostalgias del espíritu; pero cuando crecí, y supe que debía tomar toda rienda de mi vida, no dudé un minuto en dejarla. Apenas cumplidos los dieciséis años, recibí una beca para estudiar en Madrid. Mamá intentó retenerme, pero el destino estaba perfectamente dibujado como para ignorarlo. Besé su mojada mejilla, la abracé, salieron de mi boca algunas palabras sentimentales, y partí, y la destrocé.

No puedo decir que mamá se alejó, soñaba su figura vestida de ángel muy a menudo, y sin falta leía las cartas que enviaba cada dos semanas. Durante mi primer año en Madrid, ella escribía enfocándose a la querida hija, deseándome suerte, motivándome. Fue al segundo año que comenzó a compartirme el sentir de la soledad. Seguro pretendía conmoverme para que regresara. Fue entonces, que en la primera carta del tercer año, tío Cristian, con tono funesto, comunicaba que mamá estaba grave, no se recuperaría. Diplomática como siempre, platiqué con todos los profesores, para antes del amanecer ya admiraba somnolienta las diminutas luces citadinas casi ocultas por transparentes nubes.

La antigua casa estaba semivacía, únicamente la criada sollozaba en voz baja afuera de donde mamá yacía. Abrí la puerta descolorida y el resplandor de mi querida madre, tendida en la cama, apenas cubierta por una sábana blanca, alcanzó lo impenetrable del corazón. Ya no era ángel, sus labios caídos, los párpados ocultando el par de lunas, cabellos indecisos bailando con un débil viento, lo exquisito de la nariz, hicieron imaginarme que mamá había sido pintada por Da Vinci.

– Te quiero – le tomé una mano –. Ellos no lo entenderían jamás, porque hay momentos que solo nosotras vivimos. No abras los ojos todavía.

Todo estaba resuelto, recién hube llegado, conversé con el jardinero; él muy amable aceptó ayudarme. Algunas visitas habrían de llegar después de las cinco, eran las cuatro. Logré persuadir a la criada para que saliera a comprar un gran ramo de flores. Se había ido, levanté el pálido cuerpo de la cama, y, con ayuda del jardinero coloqué a mamá en el asiento trasero del carretón. Sin demora emprendimos nuestro camino.

– Te amo mamá, te amo – tocaba su cabello, parecía dormida, recargando la cabeza en mi hombro, exhalando con sufrimiento mientras el viento golpeaba fuerte.

Entramos al olvidado paraje. El jardinero bajó a mamá, la pegó en mi espalda, apreté sus manos en el centro de mis pechos, y comencé a caminar hacia el corazón del bosque. Ella arrastraba un poco los pies pero no importaba, los míos, descalzos, se enlodaban; hilos de agua caían desde nubes pasajeras que animaban el trayecto. Algunos viejos árboles delgados seguían ahí, tal vez al mirarme sonreían mudos reconociéndome. Alegre estaba yo sintiendo su lenta respiración. Y llegamos. La recosté sobre el pasto, esperé unos cuantos instantes.

– Abre tus ojos mamá, que el sol quiere ver la belleza de tu atardecer.

Fue difícil para ella; abrió los negros ojos, se fulminó en un destello.

Sueñas y recuerdas aquel momento que se clavó cual espina en tu corazón. Despierto a pesar de la agonía que siento. El pasto es húmedo (como entonces), aferrada estoy a las manos de mi pequeña; mirando el cielo, reconozco la reluciente estrella de aquélla que impaciente me espera.

El Autor de este relato fué Leopoldo Pe%F1a Montemayor , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=6669&cat=craneo (ahora offline)

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2021-03-23

 

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