Relatos cortos ficcion Narrativa Libre en los dedos de Dios

 

 

 

El error más grande que puede cometerse, es seguir buscando la felicidad cuando ya se ha encontrado. Esto puede llevarnos solamente a una cosa... a perderla. Es entonces cuando volvemos al punto de partida, nos abandonamos y quedamos simplemente en los dedos de Dios.

I

Es mediodía, una atractiva mujer duerme plácidamente a lo ancho de su cama, de pronto una llamada interrumpe su letargo, se trata de Alicia su hermana mayor, quien es una exitosa abogada que se encuentra en medio de un proceso legal. Alicia le dice a Déborah que una persona llamará para dictarle unos datos y que alguien pasará a recoger esta información más tarde. Son datos vitales para evitar que el proceso vaya a juicio, pues esperan llegar a un arreglo.

 

Toda su vida la han hecho esperar. Déborah recién terminó la carrera de gastronomía en la universidad y desde el divorcio de sus padres vive con Alicia, quien es el ejemplo de la familia.

Esta noche Déborah quería salir a tomar un café. Hace tanto que no disfrutaba un capuchino. Tuvo que conformarse viendo televisión con una bolsa de las galletas de animalitos que tanto le gustaban. Nadie llamaba a la puerta. El reloj avanzaba velozmente. La opción de salida cambió, era tarde y estaría abierto algún bar. No tuvo que arreglarse, siempre vestía informal. No le preocupa mucho lo que la gente piensa. Prefiere la comodidad.

Es demasiado esperar. Toma su bolso y sale en busca de hacer algún amigo en el bar. Le fascina conocer gente nueva, aunque en ocasiones se le pasa la mano y despierta en la casa de algún extraño. Tampoco le preocupa demasiado.

Una torre de documentos está a punto de derrumbarse en un escritorio. Detrás y tecleando a velocidad luz está una mujer de aspecto impecable. Es Danielle, quien ha tenido un día terrible en la oficina. El trabajo no parece tener fin, así que la noche tampoco. Es la directora creativa de una agencia de marketing; hay que cumplir con las expectativas.

Este tipo de actitudes provocaban reacciones entre sus subalternos. Más de uno no entendía la necesidad que tiene la jefa de prácticamente vivir en la oficina. Y más de uno estaba seguro de que podría adueñarse de ese puesto y sacarlo adelante sin tanta flagelación.

Las luces de los cubículos se van apagando, hasta que solo queda Danielle revisando un archivo larguísimo y plagado de errores, lo que le impide darse cuenta que el último cigarro se consume en el cenicero. Necesitará un par de cajetillas para soportar la noche que le espera. Sin pensarlo dos veces toma las llaves del auto.

El equipo de casa ha perdido de nuevo. Ya son doce las derrotas consecutivas. Diego no sabe ya acerca de qué escribir en su columna deportiva semanal. Los aficionados están cansados de malas noticias y el editor le pide con urgencia una columna impactante.

A un par de horas del cierre en la redacción, Diego no encuentra tema. Papeles y papeles rodean el cesto. Abre y cierra su laptop cada cinco minutos. Cada vez que lo hace, se imagina presentando al público su primera novela, un sueño recurrente desde que estudiaba administración en la universidad, carrera que no ejerce desde hace un par de años cuando decidió dejar de complacer a sus padres y se marchó de casa.

Súbitamente, Diego siente que ahora a quién complace es al editor del diario y toma una decisión. Camina rápidamente a la oficina del jefe y después de una acalorada discusión presenta su renuncia. Deja la puerta abierta al salir y siente una energía desbordante que recorre su cuerpo. Necesita un par de cervezas para calmarse. Al dirigirse al estacionamiento se da cuenta de que ha dejado las llaves del auto en su escritorio, no importa, prefiere caminar pues no quiere entrar de nuevo.

 

II

Un joven recibe unas cajas de licor en la bodega de un bar. Es hijo único. Sus padres murieron hace cuatro años en un accidente automovilístico y un abogado sin escrúpulos lo dejó sin herencia. Desde entonces Domingo trabaja como mesero en este bar. Hace un par de días lo ascendieron a gerente auxiliar. Sus ambiciones de ser hombre de negocios que se habían apagado al desaparecer su estabilidad económica, surgieron de nuevo tras el nombramiento.

Esta noche el cantinero se ha reportado enfermo y Domingo tiene que reemplazarlo. Es lo menos que puede hacer para responder al flamante puesto. Es una noche tranquila y sabe como preparar los tragos. Quizá hasta puedan cerrar temprano y le queden un par de horas para salir a bailar en algún club, su afición favorita.

Una señorita se sienta en la barra y ordena un trago. Es Déborah quien no encontró nada interesante en las mesas y prefirió esperar en el aparador. Al terminar el segundo trago se presenta con Domingo.

En medio de una charla trivial, suena el celular. Es Alicia, quien está furiosa por la irresponsabilidad de su hermana. Déborah de pronto está hecha un mar de lágrimas. Domingo trata de consolarla sin conseguirlo. Finalmente le acerca una servilleta y seca su cara. Déborah le obsequia una sonrisa insinuante.

Diego recuerda el lugar donde le festejaron su llegada al periódico. Es un bar que se encuentra cerca de la oficina. Esta remembranza le altera aun más y camina cada vez con mayor prisa, sin prestarle mucha atención a los automóviles.

Todas las tiendas están cerradas a estas horas. Danielle desespera por un cigarrillo. A lo lejos un bar. Acelera y una cuadra antes de llegar se pasa un alto, atropellando a un joven. Es Diego.

Por un momento queda pasmada, baja rápido del auto y como puede sube al extraño. Decide llevarlo a un hospital, pero él insiste que se encuentra bien. Danielle se orilla. No está muy segura de qué hacer, por lo que a Diego no le cuesta trabajo convencerla de que sólo necesita una cerveza.

Entran al bar, no hay mesas disponibles. Se sientan junto a una mujer que llora desconsoladamente. No le prestan importancia. Danielle sin embargo, queda deslumbrada con el cantinero, quien le pregunta si desea algo de beber. Si por ella fuera botaba Diego ahora mismo, pero el compromiso moral y los documentos pendientes en la oficina la hicieron desistir de esta idea.

Una sola cerveza y Danielle lo lleva de regreso al edificio del diario. Antes de que Diego baje del auto, le deja su tarjeta por si llega a presentarse algún problema secundario debido al accidente.

Domingo abre los ojos y voltea a ver a Déborah que duerme profundamente.

Apenas dejó a Diego, Danielle se olvidó de él y el accidente. Esa noche en el trabajo se encargó de todo. Le dieron las cuatro de la madrugada, le quedaron dos cigarrillos y un dolor de cabeza descomunal. De regreso a casa, al pasar por el bar le vino la imagen del apuesto cantinero. Así como vino se fue.

Muy temprano por la mañana, Domingo observa a la mujer en su cama, siempre ha pensado que algún día llegará la mujer de su vida y se sentará en la barra del bar. La idea le entusiasma y sale a comprar algunas cosas que le hacen falta para preparar el desayuno. Unos minutos después, Déborah se despierta y se marcha sin dejar rastro alguno.

 

Diego pasa el día entero en casa, pensando qué hacer con su vida. Aun le queda dinero, pero no ambiciones. Su único sueño es refugiarse en la novela que pretende escribir. Las paredes de la habitación lo asfixian, entonces un antojo: le encanta la comida china y manejar en carretera. Estómago lleno y aire de campo para despejarse un poco.

Apenas abre la puerta, Déborah es reprendida por Alicia. Encima del incidente con la información para el juicio, no llegó a dormir. No era la primera vez que esto sucedía y Alicia no tenía el tiempo ni la paciencia para convertirse en madre. Déborah tampoco creía necesitar una.

Esta tarde Déborah empacó. Horas después intentó telefonear a algunos conocidos, pero ninguno le contestó. No tenía donde pasar la noche. Entonces pensó en Domingo. Nunca antes había regresado a buscar a ningún acostón, pero esta vez se trataba de no dormir en la calle. Sin embargo pudo más el orgullo y no lo hizo.

A Danielle se le fue el día en el mismo documento que la noche anterior. Se dio cuenta que la oficina ya estaba vacía como de costumbre, al igual que su vida. Hizo una pausa en su trabajo y esta afirmación asaltó su cabeza. Una profunda tristeza le hizo derramar un par de lágrimas. Ya no tenía ánimo de seguir revisando papeles.

La tarde se extinguía a la par de los cigarrillos mientras caminaba en el parque. Necesitaba dimensionar su vida. ¿Hace cuanto que no reía a carcajadas? ¿Hace cuanto que no hacía el amor? Sus últimas relaciones habían terminado antes de tres semanas.

Danielle no soportaba la incompetencia en ningún sentido. Tampoco en los hombres. Su carácter duro a veces la hace petulante y engreída ante la vista de otros. Ella piensa que esto es una exageración de la gente de la oficina.

Domingo no hace otra cosa que pensar en Déborah. Quedó muy confundido al regresar con dos bolsas repletas para prepararle desayuno y ver que se había marchado sin dejar una nota siquiera. De inmediato trató de justificarla. Tal vez su hermana la había llamado por alguna emergencia o algo así. Tal vez aparecería por la noche en el bar.

III

Diego paró en una estación a cargar gasolina. A la distancia observa a una chica con una mochila al hombro. Mientras le llenan el tanque trata de recordar en dónde la ha visto. Apenas lo despachan corre a alcanzarla. Es la chica que lloraba la noche anterior en la barra del bar. Se ofrece a llevarla. Déborah no acostumbra subir con desconocidos, bueno, al menos que le parezcan atractivos. Como no tenía a quién recurrir, decide subir al auto.

Ya con el auto en marcha, Diego le pregunta hacia dónde va. Ella le dice que cualquier parte es mejor que casa. Ya tiene un plan para no quedar sin techo esta noche. Mañana se preocuparía por el día siguiente.

Déborah no habla mucho y durante el camino trata que Diego note sus piernas o algo más, pero él solo parece estar interesado en conversar. Las constantes preguntas de Diego solo lograron enfadar a Déborah, que se recuesta ligeramente hacia su lado del auto.

 

Después de un rato de silencio, empieza a contarle acerca de un chico con el que vivía en la universidad mientras estudiaba gastronomía. Sus padres nunca lo supieron, Alicia tampoco. Fue la primera vez que le rompieron el corazón y la última que algún hombre lo haría, así lo juró ahogada en lágrimas.

Esa relación terminó el día que Déborah necesitaba hacer unos ajustes a su tesis y se dio cuenta que el chico y su asesora se acostaban. A partir de aquel día, decidió que los hombres solo le servirían para ganar dinero, posición y oportunidades en la vida. Por supuesto que esto último no se lo dijo a Diego, únicamente se fue acurrucando lentamente en sus brazos y le dijo estar cansada.

Diego temía preguntar si quería que pararan en algún motel, no quería que lo malinterpretara. Sin embargo, Déborah tenía el plan y Diego mordió el anzuelo. Por si fuera poco y como si el destino estuviera de la mano de Déborah, al registrarse en el motel no había habitaciones con camas separadas.

En el bar, Domingo se encontraba distraído, algo poco habitual en él. Algo le decía que la chica de sus sueños regresaría a buscarlo esa noche. El bar cerró tarde. Déborah no apareció.

Danielle regresó a casa con niveles críticos de estrés, preparó la tina de baño. Apenas se metió, las lagrimas asomaron por sus ojos, virtualmente una cascada. Se preguntaba si realmente su vida tenía algún sentido.

En cuanto cruzaron la puerta de la habitación, Déborah se lanzó sobre Diego, este no se mostró indiferente, pero evitó a toda costa acostarse con ella. Déborah no se lo explicaba y no se lo esperaba tampoco. En fin, estaba tan cansada que lo mejor era dormir. Blog de Nutricion, Entrenamiento y Fitness

La mañana siguiente emprendieron el camino a la ciudad. Diego la invita a pasar unos días con él para que recapacite las cosas y regrese con su hermana. Déborah acepta sin pensarlo dos veces, está segura de que no regresará con Alicia y de que Diego no le pedirá nada a cambio del hospedaje, aun si hiciera no habría problema.

Los siguientes días fueron muy tensos para Danielle. Una mala pasada de sus compañeros y su mal carácter la metieron en un grave aprieto que la hizo dudar aun mas en su permanencia en la agencia. La paga era buena, pero la carga de trabajo la absorbía demasiado y no le dejaba tiempo para vida personal. Hacía mucho tiempo que deseaba vacaciones. Pero había que pensarlo, es difícil dejar las comodidades. Danielle no logra tomar una decisión.

IV

Déborah pasaba horas conversando con Diego, se habían convertido en amigos entrañables. Ella se había olvidado del sexo y como él se comía hasta las piedras, pudo practicar sus habilidades gastronómicas.

Una tarde, Diego tenía una cita. Déborah no supo porqué, pero sintió una especie de celo, sin embargo decidió no darle importancia y salir a conocer a un chico nuevo. Una conquista levantaría su ánimo. Aun era temprano para salir a un bar y como hacía tanto que no se tomaba un capuchino entró a un café, donde pudo observar en una de las mesas del fondo a una extraña con semblante triste fumando tranquilamente.

Decide acercarse a la extraña y pedirle un cigarro. A Danielle le pareció conocida, pero de inmediato descartó la idea. Sin saber porqué, en su búsqueda mental le viene la imagen del accidente con Diego, episodio del cual no había comentado con nadie. En ese momento sintió el impulso por contarle a la extraña acerca del chico al que había atropellado y toma a Déborah súbitamente del brazo. Déborah se sorprende y atemoriza un poco, pero decide sentarse a charlar con la chica, un buen cigarrillo lo valía.

 

Aquella noche, Déborah ganó una amiga y Danielle un refugio. Las tardes en el café se repitieron constantemente. Se convirtió en una dependencia sin haberlo planeado. Había tardes y noches en que Déborah dejaba a Diego a media charla o inclusive no terminaba de cocinarle a causa de una llamada a su celular. Se disculpaba y salía corriendo al café.

Déborah nunca hablaba con Diego acerca de Danielle. Él solo sabía que la chica tenía una nueva amiga, pero en el fondo todo le parecía un misterio. Con el paso del tiempo, la intriga fue apoderándose de su mente. Se le ocurrió que la “amiga” bien podría ser “amigo” y que se lo ocultaba por pensar que él pudiera estar enamorado.

Esa misma noche, Déborah regresó muy tarde y Diego la esperaba despierto. Su curiosidad estaba a tope y la sorprendió con una serie de preguntas acerca de la supuesta “amiga”. A Déborah le pareció gracioso al principio, pero luego se incomodó asumiendo que Diego estaba celoso y que las cosas podían tornarse desagradables.

A pesar de tener a Diego tan cercano, decidió irse a vivir con Danielle. Solo había un problema: necesitaba dinero. Dudó un poco, pero aprovechó que Diego dormía para hurgar en sus cajones. Ahí encontró la tarjeta que Danielle le dejó el día del accidente. Le asaltó la duda de dónde se conocían.

A fin de cuentas, Déborah se marchó con lo poco que le quedaba a Diego. También se llevó algo de dinero.

V

Dos semanas le tomó a Diego recuperarse un poco, estaba devastado. Se había dado cuenta del dinero faltante, pero eso no le importaba, la decepción de Déborah lo podía todo, excepto las cuentas por pagar. El no encontrar trabajo fue la gota que derramó el vaso. Entró en una profunda depresión.

Aun le quedaba la opción de recurrir a su padre, pero eso le significaba ejercer un puesto administrativo en su compañía, lo cual detestaba. En un arranque desesperado, gastó sus últimos centavos en una botella que vació en un par de horas. De ahí, al bar.

En la entrada, Domingo recibía los parroquianos. El negocio había prosperado gracias a las propuestas que sugirió a la gerencia. El lugar se había vuelto popular.

Domingo le negó el acceso a Diego por considerar que se encontraba en estado inconveniente. Este se montó en cólera, vociferando en contra del bar y sus los defectos que le encontraba al sitio. Domingo encuentra muy interesantes estos comentarios e invita al tipo a marcharse y regresar el día siguiente. Diego se va sin considerar siquiera la atención.

A la mañana siguiente, una tremenda jaqueca despierta a Diego. Apenas levanta la vista, observa una botella completamente vacía y al lado la tarjeta del anfitrión del bar. Con la cabeza un poco más despejada, pasa el día dando vueltas al asunto y decide ir a ver a Domingo. Este lo escucha atento y lo contrata como mesero.

Con el paso de los días, la facilidad de escucha de Diego hace que Domingo le tome un especial aprecio. Una noche, le platica de su vida, del accidente en el que murieron sus padres y de cómo un abogado sin escrúpulos lo dejó sin herencia. El tono sentimental de la conversación hace a Domingo contarle acerca de Déborah. No ha podido sacarla de su cabeza desde lo que considera “aquel maravilloso encuentro”. Diego asombrado no duda en contarle del tiempo que vivieron juntos.

 

Súbitamente, el semblante de Domingo empieza a cambiar y Diego se apresura a decirle, cómo ella lo abandonó y robó. Domingo cegado en su obsesión por aquella chica y por la desconfianza que la vida le ha inculcado, no le cree una sola palabra y lo echa del bar.

La vida de Danielle se ha tornado distinta desde que Déborah vive con ella. Un par de plantas adornan una cocina que ha tomado vida con las recetas de la nueva habitante de la casa. Danielle que no cocina ni de broma, ahora cena todas las noches en casa, pero por momentos extraña su soledad.

Ya casi no lee, ahora ven televisión hasta quedar dormidas. A veces cuando llega tarde del trabajo, Déborah le deja una liga para el pelo en la perilla de la puerta de la recámara, avisándole de alguna conquista. Esas noches Danielle tiene que dormir en el sofá, lo cual le encanta, pero la invasión de espacio llega a ser molesta cuando sucede tan a menudo.

VI

Diego se encuentra de nuevo sin trabajo y las cuentas se abultan. Tiene que empacar. Dos meses de renta es demasiado. Mientras hace maletas, encuentra la tarjeta que le dejó Danielle la noche del accidente. Se siente muy solo y decide llamarle solo para conversar con alguien.

Danielle busca las llaves para abrir la puerta de su departamento, el timbre de su teléfono celular le impide completar la operación. Es Diego. Ella ya se había olvidado del chico al que había atropellado. A pesar de sentirse cansada, se sintió comprometida y decide recibirlo en casa después de notar una señal de Déborah en la puerta de su habitación.

Diego no tardó en llegar. Antes de abrir, Danielle dudó y pensó en no dejarlo pasar, pero lo hizo. El extraño llegó acompañado de una botella medio vacía de vodka. Según recordaba de aquella noche, a Danielle gustaba beber poco, pero fuerte. La charla se extendió hasta la madrugada.

Déborah se levantó por un vaso de agua. Su acompañante dormía. Apenas entreabrió la puerta observó a Diego platicando amenamente con Danielle. Se llenó de pánico.

La mañana siguiente, apenas se fue Danielle al trabajo y el chico en turno se marchó, Déborah vació los cajones del dinero, joyas y las mejores prendas de su amiga y se marchó.

Danielle no se explicaba nada de lo que sucedió con Déborah. Ahora le aterra la idea de quedarse sola de nuevo. Recuerda que Diego le contó no tener a donde ir y se le ocurre convidarlo al sofá, pero su conservadora moral le dice que no sería correcto. Finalmente decide que nada pasará si solo se queda un corto tiempo y decide llamarlo.

La amena charla de Danielle, su compañía y sobretodo sus ojos, le advierten que muy en el fondo se siente atraído por ella. Diego duda en aceptar, pero lo hace.

Un par de semanas y Diego abandona el sofá. Danielle su soledad.

Ha superado las tres semanas que habían durado sus relaciones anteriores. Danielle siente que su vida está casi completa. Sólo le quedan las dudas acerca de su trabajo, pero eso no importa por ahora.

La noche estaba hecha para celebrar. Recién cumplieron un mes juntos. Cena y velada increíble. Al cerrar el restaurante, no querían que el momento terminara y deciden buscar otro sitio. El único lugar abierto entre semana era el bar de Domingo.

Diego inventa excusas para no llegar, pero Danielle está feliz como nunca la había visto y se resigna. No sabe con qué cara llegar al bar y cuál será la reacción de Domingo, al que no había visto desde el incidente que tuvieron a causa de Déborah.

Mientras estacionan el auto, Domingo los observa desde la puerta. Inmediatamente reconoce a Diego y decide atenderlos personalmente. Al estrechar la mano de Diego, a Domingo le viene a la mente la noche con Déborah. Diego recuerda la pelea entre ambos y Danielle, quien bebió más vodkas que de costumbre, sintió un lujurioso cosquilleo por todo el cuerpo al reconocer al que creyó cantinero, ahora como gerente del lugar. Así le resultó más atractivo.

El resto de la noche, Danielle no le quitó la vista de encima a Domingo, quien se percató de ello. Un ánimo de venganza se apoderó de él. En la primera oportunidad que Diego se levantó para ir al baño, Domingo se aproximó a conversar con Danielle, quien insinuante rozó su pierna, coqueteándole descaradamente.

Diego regresó y no volvió a levantarse de las mesa hasta que cerraron el bar. Danielle se dio cuenta que había olvidado su cartera en casa. Pidió a Diego que fuera por ella para pagar la cuenta.

Uno a uno fueron retirándose los clientes y empleados del bar. Domingo cerró la puerta, apagó las luces y se aproximó a la mesa donde una tenue vela iluminaba el rostro de Danielle. Ella le respondió de inmediato. Llevaba toda la noche deseando ese momento.

De repente Danielle se apartó de Domingo. A pesar de que realmente le atraía, no le pareció estar haciendo lo correcto. Domingo la abrazó confesándole que solamente lo había hecho para vengarse de Diego. Danielle se sintió basura y salió inmediatamente del lugar.

Mientras tanto, Diego que había ido por el auto para ir a casa a recoger la cartera de Danielle, no encontró las llaves del departamento y volvió del estacionamiento a pedirle las suyas. Solo una luz iluminaba el lugar, fue imposible no ver lo que sucedía adentro.

Enfurecido corrió hacia el auto y condujo varias calles en círculos; no sabe que hacer. Se siente traicionado y decide abandonar a Danielle, no sin antes ver por última vez la escena que lo había desolado. Se dirige hacia el bar y a lo lejos reconoce la figura de una mujer que camina por la acera rápidamente.

Baja la velocidad y cruza miradas con Danielle. Acelera y se pierde en el horizonte.

Es la última vez que Danielle vería a Diego, ella lo sabe, pero no puede detenerse a llorar toda la noche pensando en eso, hay mucho trabajo en la oficina el día siguiente.

En el bar, Domingo pone música y baila. Es lo único que puede confortarlo después de lo que ha sucedido.

El Autor de este relato fué Germ%E1n Lara , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=10111&cat=craneo (ahora offline)

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2020-04-28

 

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