Relatos cortos ficcion Narrativa Libre La selva virgen.

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La selva virgen.

Eran aún las nueve y media de la mañana y ya hacía un día de un calor realmente asfixiante, y dentro de la cabina de la “LandcasterBrown” una grúa de 50.000 toneladas, todavía era mucho peor. Luis Méndez sudaba y temblaba en tanto sufría los efectos de la resaca de la noche anterior, mientras, con los cascos incrustados, canturreaba las melodías de las canciones que escuchaba. Delante: la selva, donde las dos enormes pinzas metálicas de la Landcaster escarbaban, hacían estragos y destruían árboles gigantescos como si sólo fueran débiles churros a medio elaborar; y a sus espaldas, lo que dejaban a su paso: Un enorme erial de piedras, barro, troncos y raíces desenterradas. Pero había que darse prisa pues la compañía les exigía ir cada vez con mayor rapidez; ya que las ventas de madera aumentaban de forma exponencial y además, insistían, también había que pagar la deuda externa.

El Superintendente Joao Alves se presentó de golpe y le dio un buen susto.

¡Buenos días Ingeniero de máquinas Méndez!

¿Ehhh? ¡Uh! Hola… Joao ¡Vaya! Menuda sorpresita verlo por aquí. Tenga cuidadito, no toque nada. A ver si se me va a ensuciar…

Vamos Méndez déjese de sarcasmos que no estamos para bromas.

¿Ah no? Hoy no…

No.

Y, dígame… ¿Qué es lo que ocurre que nos ponemos tan serios?

De un ágil movimiento el Superintendente Joao Alves se había apropiado de la botella de Pisco que siempre lo acompañaba en la cabina de la enorme grúa taladora, y Méndez no se explicaba –excepto si se tenía en cuenta su olfato de jaguar malherido – la facilidad con que había dado con su escondite a la primera. Joao dio un largo trago, a continuación extrajo un pañuelo de uno de sus bosillos, y se secó el sudor de su rostro.

Entonces lo miró y Luis Méndez se fijó en un detalle: Los ojos de Alves estaban… rojos e hinchados, repletos de venillas que surcaban un iris que una vez fue blanco.

Detenga… detenga la máquina, dijo.

¿Qué…? ¿Perdón? ¿¡Cómo ha dicho!?

La máquina… Pare… Pare la máquina, balbuceo con voz agotada.

¿Que la detengaaaaaa?

¡Sí eso…! Ahora mismo… ¡Yaaaa!

La máquina se detuvo y de pronto Luis Méndez observó que las quinientas máquinas que hacían formación se habían detenido también y había… en el ambiente, había por primera vez en diez años un silencio sepulcral. Sólo entonces tuvo ocasión de fijarse; y también por vez primera escuchó el aullido de los monos y una bella y deleitable cantata de silbidos y susurros provenientes de innumerables pájaros y clamores desaforados de loros mezclados con el inconfundible aroma de la selva. Y de repente se dio cuenta del enorme tesoro que estaban destruyendo y decidió, en segundos de lucidez, que iba a dejar ese asqueroso e infame trabajo. DESCUENTOS Y OFERTAS EN 10 TIENDAS POR SER SOCIO DE GAME

Estaba del todo dispuesto a comunicárselo al Superintendente cuando aquél volvió a hablar antes y lo hizo sin mirarlo a la cara; en realidad con la vista extraviada y una voz que sonaba como hueca e impersonal, dijo lo siguiente:

Lo lamento de verdad… Pero… su trabajo aquí ha terminado.

Y Luis Méndez sólo supo decir.

¿Cómo? ¿Me despide ahora? No será por lo de anoche yo…

Joao le interrumpió. Ahora su voz, de nuevo, parecía haber recobrado la potencia y era otra vez fuerte y ronca. Comenzó a reírse.

Jajaja… ¿Lo de anoche? ¿De verdad cree que fue por lo de anoche?

Bueno yo… Reconozco que me pasé un poco con usted y…

Qué va… ¡Si estuviste cojonudo Méndez! En realidad me hiciste reír como nunca.

Entonces que…

Entonces ¡¡Se ha acabado!!

Gritó con fuerza señalando a la selva y se quedó en silencio. Su rostro estaba pálido; sin duda más pálido que de costumbre, y su expresión se contraía en un feo esbozo de niño a punto de llorar. En cuanto a sus manos parecían las de un viejo, arrugadas, y frotándose con evidente nerviosismo una en la otra.

Méndez con el corazón latiéndole como a un corcel desbocado le inquirió.

Ya… ya… está… ¿verdad? ¿Se acabó?

Así es, asintió Joao Alves, y añadió.

Esas que ve son las últimas setenta mil hectáreas y después nada…

¿Nada de nada…?

Nada… Ni un árbol más… en toda la miserable tierra.

Luis Méndez se despojó lentamente de los cascos; dio un trago a la botella de Pisco y se echó a llorar como un niño… Y mientras tanto pensó una vez: “¡Demasiado tarde!”

Luego pensó lo mismo dos, tres, cien mil, un millón de veces… Pero con eso tampoco fue suficiente…

El Autor de este relato fué Jos%E9 Fern%E1ndez , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=8574&cat=craneo (ahora offline)

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