Relatos cortos terror Asesinos en serie El caso Brohwn

 

 

 

Capítulo primero:

El caso Brohwn.

El señor Merryn solía vestir un Smoking, sombrero y una vara. Mas aquél día no se dedicó al vestuario y yacía de cualquier manera en su casa.

Sentado sobre su sillón y un buen ejemplar de “Hemos encontrado al alquimista”, se disponía a desviar su mente del trabajo e intentar dar una explicación lógica al hecho de que hiciera ya casi seis horas que nadie del trabajo se le aparecía en la puerta de su casa con frases como “Siento molestarle, señor Merryn. Se ha cometido un triple homicidio tan solo a tres calles de aquí. Lo necesitamos inmediatamente “ o “le felicitamos por su excelente trabajo en el caso Brohwn. Tengo entendido que usted fue el responsable del caso. ¿No es así? Le necesitamos para que rellene los papeles de clausura.”

 

Era bastante extraño, sí. Y todavía más cuando acababa de resolver el caso Brohwn. En el que hallaron tres cuerpos gracias a él.

Se convirtió en un clásico en toda la aldea.

Así que se dispuso a leer el libro cuado como, para dar respuestas a las incógnitas de Merryn, oyó sonar el picaporte frenéticamente.

- ¿Qué ocurre, John?-preguntó Merryn al abrir la puerta-.

- ¡Tienes que venir inmediatamente!

- Tranquilo. Ya rellenaré los papeles de clausura. No hay prisa.

- No se trata de los papeles, Claucius.

- Entonces, ¿qué?

- Han desaparecido los cuerpos del caso Brohwn.

- ¡Qué dices!

- Nuestro hombre X ha debido robarlos. El forense está gravemente herido.

- ¿Roland? ¿Qué le ha sucedido? ¿Dónde se encuentra?

- Le apuñalaron por la espalda. Está en el hospital médico de Yérsey. Tan solo a tres manzanas de aquí.

- John escúchame atentamente. Quienquiera que fuera el autor, no creo que tuviera intención de acabar con la vida de Roland. Habría podido matarle perfectamente

- ¿El forense?

- Sí.

- Quizá tuviera prisa.

-¿ Has venido en coche?

- No. Tengo a Alkim en la esquina.

- Bien. Debo montarlo. Tu coge mi coche. Yo no podría ir con él. Ya sabes dónde esta, ¿verdad?

- Sí. Parte, ¡Enseguida!

Merryn penetró de nuevo en su casa y con un toque artístico, cogió su smoking preferido. Él lo llamaba “el gallo azulejo”. Quizá fuese porque lo diseñó el mismo en “ El Gallo Azul”.

Cogió un smoking sin mirarlo y su única vara. Y dirigiéndose hacia la salida, apartó cariñosamente a John y dirigiéndose hacia el caballo cogiérese con ímpetu y asombrosa habilidad al lomo del animal hasta subir en su espalda desnuda.

Volvió a fijar su mirada en John al ver que éste le miraba con pesar.

- esta calle está atascada. Deberías dar la vuelta por el Terreno y sobrepasar los límites del Gallo Azul.

- No... Tardaría más de diez minutos a galope veloz.

- ¿Entonces?

Merryn se auto-cacheó y en bolsillo interior de su smoking extrajo un revólver del calibre treinta-y-nueve y apuntó hacia la carroza que bloqueaba su paso. Seguidamente lo elevó en dirección a las nubes y pulsó el gatillo tres veces seguidas.

Automáticamente y con visible espanto, la carroza de enfrente velozmente y alejándose dos calles más abajo, dejó al propietario con la pierna levantada cuando se disponía a subir en el vehículo.

- ¡Pardiez, Claucius! Eres demasiado exigente. Por un momento creí que ibas a disparar contra ellos.

 

- El deber me llama, John-bromeó Merryn-.

- Ja, ja. Ambos sabemos que el deber es opcional, ¿no es así?

Una ligera sonrisa se dibujo en el rostro de Merryn.

Y amarrándose bien al animal partió velozmente. Dirigió un ligero comentario al hombre que aún seguía con la pierna levantada y la cara atónita y partió directamente, y esta vez sin obstáculos, hacia el hospital.

Merryn cabalgaba por calles despejadas y callejones oscuros y siniestros. Una niebla seca y clara se disponía a cubrir la calle.

Se preguntó qué hora sería. Y además, quería comprobar el tiempo que había tardado en llegar a su destino. Así que pese a las turbulencias y traqueteos que producía el caballo al correr velozmente, sacó un reloj de su bolsillo derecho enredado en una cadena.

- Las dos y cuarto-se contestó-. Debe de estar estropeado. Pues partí a las doce en punto y apenas hace dos minutos que salí de casa..

Un ligero y extraño presentimiento le indicó que su reloj funcionaba correctamente.

- ¡Dígame usted, buen hombre!-le dijo a un anciano que paseaba dignamente por la oscura y siniestra calle que conducía al Terreno y, por consiguiente al Gallo Azul-Mi reloj no funciona correctamente, dígame usted, qué hora tiene en mente.

- ¿Habla conmigo?

- No veo más que usted por aquí- le contestó al anciano que ahora bloqueaba la única salida-.

- He... sí, sí. Mi reloj marca las dos horas y veinte minutos. Mas no suele funcionar, así que le aconsejo que no tome puntos.

El corazón de Merryn se aceleró y una extraña sensación de calor se apoderó de su cuerpo.

- Su reloj funciona correctamente. Dígame de nuevo, buen hombre, por qué calle ando, y si es la que creo coja su bastón y échese a un lado.

- Diez metros más allá-dijo el anciano indicando el camino que el mismo bloqueaba- encontrará usted el Terreno. Qué pertenece a una vieja fábrica abandonada.

- ¿El Terreno?-se dijo Merryn para sí-debe de tratarse de un barrio con el mismo nombre.

Y ahora dirigiéndose al anciano:

- ¿A quien pertenecía esa fábrica? ¿Lo recuerda?

- ¡Oh, sí!. Por supuesto, pertenecía al señor Claucius Merryn.

Esta vez el corazón le dio tal vuelco que por un momento creyó que esta sería su última palpitación.

Agradeció al anciano la información y dio media vuelta para alejarse del Gallo Azul. Ahora la niebla era más intensa y la la noche más oscura.

Siguió cabalgando mirando numerosas veces el reloj hasta llegar a una calle estrecha semejante a la que había estado con aquel anciano.

Merryn advirtió en la noble oscuridad de la noche unas figuras que parecían moverse. Fue acercándose hasta distinguirlas claramente. Una madre tarareaba una vieja canción mientras sostenía a su bebé.

Sé asustó al ver a Merryn.

- ¡Identifíquese!-gritó Merryn-.

- ¿Quién es usted que así me grita?

- Soy Policía, señora. Necesito saber que está haciendo a estas horas. Estas calles son peligrosas.

- ¿No puedo salir a la calle a pasear a mi bebé?-se ofendió la joven madre-.

- Hay un toque de queda para el deámbulo nocturno.

- Mas la noche está cesando. Y el día naciendo, señor Merryn.

Dos incógnitas reclamaban ahora respuesta en su cabeza.

- ¡Explíquese!

- ¿qué me explique? ¿Ante qué?

 

- ¡Ante el toque de queda y su propia violación, señora!-gritó Merryn-.

- Señor, no lo comprendo. Ya casi es un nuevo día.

- Señora... –Merryn sonrió, pero tenía tantas ganas de reír como tener detener a aquella mujer antes que visitar a Roland-.

Aún así, miró el reloj:

Si había creído que la noticia del anciano habría podido ser su última palpitación, quizá le sorprendería inmensamente saber que no se encontrara ya con Roland en una camilla o con los recientemente robados cuerpos de Brohwn.

Su reloj marcaba las cinco horas en punto.

- ¿Le sucede algo?-preguntó aquella mujer con tono sospechoso al ver que se tambaleaba del caballo-.

- Dígame una cosa. ¡Como demonios sabe mi nombre!

- Está escrito en su caballo.

Merryn hizo fuerzas por no caerse de éste e intentar dar una explicación a las extrañas afirmaciones de la joven madre. Así que se inclinó y observó detenidamente lo que acababa de señalar repentinamente con el brazo.

Señalaba el cuello del animal, en el cual se podía leer claramente tras caligrafía provocada por una quemadura las palabras mágicas: Claucius Merryn.

Esta vez calló de verdad del caballo, lo cual hizo que éste saliera corriendo y se alejase a paso veloz dejando a Merryn en el suelo, la mujer con su bebé y una extraña sonrisa en sus labios.

- ¡Alkim! ¡Vuelve!

- Misteriosa hazaña la suya, ¿no cree?

- ¡Identifíquese inmediatamente!-gritó Merryn al ponerse de pié-.

- ¡Oh! No hace falta que grite-dijo la misteriosa mujer-. Él le oye perfectamente. No soy más que una fiel servidora. ¿No es así, Vincent?

- Así es-contestó una voz grave-.

Merryn se asustó. No quería creer lo que le había parecido ver cuando intentó identificar la voz. Le pareció que fue el bebé quien habló.

¡Qué tontería!

Así que se giró para descubrir que había sido producto de su imaginación y reírse de su propia sospecha, justo en el momento en que la madre dejaba su bebé en el suelo y cantaba otra vez aquella canción que Merryn le escuchó cantar cuando la advirtió.

El niño, pálido como la piel de un muerto y ojos rojos como el puro color de la rosa roja, se sostuvo sin ayuda de la madre y caminó hacia Merryn como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que caminar.

Merryn retrocedió asustado a medida que el bebé se le acercaba con una malévola sonrisa en los labios y unos ojos que además de rojos inspiraban terror.

A medida que Merryn retrocedía con espanto, el bebé avanzaba a su encuentro y sonreía más exageradamente.

- ¡Deberías arder en la hoguera por llevar ese símbolo!-dijo con la voz más grave que Merryn había oído jamás-.

Aunque sabía perfectamente que escuchar al bebé complicaría las cosas y debía tratar de escapar, hizo caso de sus instintos y sin saber bien, bien, porque, dirigió la mirada hacia su muñeca: Una quemadura exactamente igual que la que tenía Alkim en el cuello, la tenía él también en la muñeca. Mas ésta dibujaba un extraño símbolo que cubría el principio de la mano hasta la mitad del brazo

Gracias a que el bebé se acercó tanto a Merryn, pudo ver que éste también la tenía en su cráneo desnudo. Todo sobre el cafe

- ¡Muere!-gritó la madre-.

- ¡Muere!-gritó la grave voz del bebé-. Pues una vez le has rechazado no eres digno de Él-el rojo de sus ojos era tan intenso que brillaba en la oscuridad de la neblina-.

 

La madre sacó un afilado cuchillo que escondía en su turbante y lo lanzó al suelo de manera que cayó en el centro de Merryn y el bebé mientras seguía entonando aquella canción que, según creyó Merryn, trataba sobre el Diablo. La misma distancia debería recorrer el bebé que él para coger el cuchillo, así que creyó que sería más rápido que éste. Y justo cuando Merryn se lanzó a por el cuchillo, la asombrosa habilidad del bebé que respondía al nombre de Vincent se le adelantó y cogió primeramente el cuchillo del suelo justo antes que Merryn estuviera apunto de cogerlo también. De manera que en ese momento estuvo muy cerca de Vincent, tan cerca que el bebé casi no se movió al clavarle repetidas veces el cuchillo en el estómago y sonreír al ver llegada la Muerte de Merryn...

Capítulo segundo:

Visita al Gallo Azul

-¿Por qué?-dijo el mensajero-.

-¿Por que qué?

-¿Por qué me ha hecho venir? Tengo entendido que aún mantiene contacto por carta con el señor Rold's. Podría...

- No le hago venir en su nombre-atajó Brohwn-. Necesito que evalúe la fase inicial de otro trabajo para así poder actuar con seguridad. Un trabajo totalmente distinto al que su señor, el comisario Rold's, tuvo que producirme.

- Debo advertirlo de que ni él ni usted están al corriente de la situación.

- ¿Qué situación?

- La situación en la que se encuentra Merryn, señor-informó el mensajero-.

- ¿Qué tiene que ver Merryn con todo esto?

- Mucho, al parecer. Se encuentra en el hospital médico de Yérsey. Al parecer, fue envenenado justo después de que fuera informado del robo de los cuerpos- Y lo van a relacionar directamente con el asesino de Brohwn.

- ¿El asesino de Brohwn?-se detuvo un momento. Y ahogando los pensamientos en la inmensidad de su pesar, continuó:- ¿Cree que ese material por el cual se le subministró a Merryn tendría como hilo conductor la sospecha de mi laboratorio?

- Es muy probable, señor.

- ¿Quién más está al corriente de mi experimento con Rold's?

- Ignoro totalmente esa información.

- ¿Y por qué cree que puede ser relacionado con el caso?

- Porqué anteayer mi señor, el comisario Rold's, convocó una reunión con el resto del Consejo para tratar todos los pasos que él mismo había seguido en los últimos diez años y poder así determinar esta información que puede acabar en malas manos.

- ¿El consejo es de fiar?-preguntó Brohwn-.

- No estoy al corriente de la corrupción en el senado. Mas es muy posible, sí.

Esto hizo que Brohwn se levantara de la butaca en la que yacía con inquietud. Seguidamente se dirigió hacia la gran chimenea que mantenía la estancia en el frío despacho y extrajo un sobre aún sellado de su bolsillo interior, junto a su corazón, y lo arrojó sin pesar a las extensas y radiantes llamas de su gran chimenea. Lo observó como ardía el papel ante sus ojos unos segundos y se dirigió hacia el mensajero:

- Venga, pues, a ver lo que será sin duda mi nuevo e innovador experimento.

-

- ¿Aún duerme?-preguntó Roland-.

- El medico dice que es cuestión de segundos que despierte de ese sueño.

- ¿Sueño? ¿Qué tipo de sueño?

- -Esta viviendo algún tipo de experiencia extrasensorial. Ahora mismo hay todo un mundo en su cabeza. ¡He! ¿qué haces levantado de la cama?

 

- -¡Oh! vamos, John. No es nada grave. Es una herida superficial. Y además, como pase un solo segundo sobre esa estúpida cama me volveré loco.

John miró a Roland con pesar. Sabía que el médico le prohibió el levantarse de la cama. Mas también sabía que él tampoco lo soportaría en ese estado, y una parte de su corazón de se apiadó de la decisión de su amigo y decidió no presionarlo más.

La ventana que estaba encima de Merryn comenzó a dar golpearse contra la pared de al lado. El aire y el suave sonido de la brisa hizo que John se apresurara a cerrarla justo antes de que parara en seco y fijara su mirada en Roland. Ambos pensaban ahora lo mismo. El uno sabía por la expresión de su cara que el otro coincidía en pensamiento. Un escalofrió recorrió a ambos y sus pensamientos se centraban ahora en uno solo.

Brohwn...

- ¿Crees que fue él?

- Es obvio-contestó Roland haciendo fuerzas para ahogar todo lo posible el agonizar en su presencia-. Por alguna razón el agresor quería impedir que llegara a su destino.

- La cuestión es...

- ¿Cómo sabía que tú le ibas a informar de los hechos?

- Exactamente.

- ¿Hablaste con alguien de eso justo después de que te enteraras tú mismo?

John se quedó pensativo un instante. Intentaba recordarlo. Pero por más que lo intentara tenía las imágenes confusas.

- Después de que el comisario Rold’s me informara de ello, me dirigí a mi despacho, me preparé y fui a recoger a Alkim. Inmediatamente después me puse en marcha y tras rodear el terreno, llegué lo más rápido posible a casa de Claucius.

- ¿Por qué rodeaste el Terreno?

- Una carroza bloqueaba el camino. Se lo dije después a Claucius y...

- ¿Había algo inusual en aquella carroza?

John lo pensó unos instantes. Parecía que ahora recordaba con mayor facilidad.

- ¡Partió antes de que el propietario subiera en ella!

- Lo cual nos dice que probablemente no yacía en la calle precisamente para que el propietario subiera en ella-dedució Roland-. ¿Qué hizo que partiera?

- Fue Claucius. Utilizó su revolver para marcar la emergencia.

Esta vez fue Roland quien se sumergió en la inmensidad de sus pensamientos. Una cosa estaba clara; había una clara evidencia de que la única intención de el envenenamiento de Merryn era el simple hecho de impedir que llegara al hospital, mas, por qué hacer esto si supuestamente en el estado que se encontraba sería ingresado también a éste. Y más, parecía también que el interés de impedir que Meeryn llegara a su destino era momentario, ya que tras recuperarse de su coma, podría ir al hospital si asó lo deseaba. La cuestión era; ¿Por qué administrarle una sustancia cuyos efectos son temporales y permite que el sujeto envenenado se recupere, cuando lo lógico si la intención era que de alguna manera, el agresor quería que Meeryn no llegara al hospital, sería matarle.

- Hay algo que no encaja, John-dijo Roland sin importarle ya la evidencia de su dolor en la espalda-.

- ¿El hecho de qué Claucius fuera envenenado sin darse cuenta?

- No. El hecho de qué la carroza partiera justo en el momento que disparó.

- Quizá resultara muy evidente que su intención era retener a Claucius al no dejarle pasar.

- Es posible... Pero creo que hay otra razón mucho más lógica de lo que pensamos.

Roland aceptó a sí mismo la propuesta de sentarse. Y una vez lo hubo hecho, vislumbró una cara sonrisa en la cara de su amigo. Y bajo el evidente dolor no pudo evitar sonreír también. Así que una vez se hubo levantado de la silla y estirado esta vez en la cama que yacía junto a la de Merryn, volvió a fijar de nuevo su atención en encontrar una explicación lo más lógica posible a los hechos.

- Creo que es alguien que conoce muy bien a Claucius. Alguien que sabía a la perfección cuál iba a ser su reacción al ver bloqueado el camino y, que posiblemente quería que pasara por el Gallo Azul, dónde muy probablemente tenía allí planeado el envenenamiento.

- ¡Pardiez, Roland! Siempre has sido un auténtico jenio.

- No hago más que seguir unas pistas que posiblemente muestro hombre X quiere que sigamos.

- ¿Crees que puede quiere que sigamos algún tipo de patrón? ¿O que quizá sigamos el perfil de un demente que quiere ser atrapado?. Que para él todo esto no sea más que un juego-preguntó John-.

- Es inverosímil, y sin embargo posible. Tenemos que centrarnos en el hecho de que la intención fuera que Claucius rodeara el Gallo Azul y, que fuera ese el lugar dónde se llevó a acabo el envenenamiento. ¿Viste algo inusual cuando pasaste por el Terreno?

- Déjame pensar...-John intentó recordar el itinerario que siguió. Recordaba perfectamente los caminos que recorrió pero nada parecía sospechoso. Nada menos...- ¡Roland!

- ¿Qué?-se extraño éste-.

- Un anciano bloqueaba también un camino por el que pasé. El mismo que conducía a Gallo Azul. Intenté racionar con él pero todo cuanto me dijo carecía de sentido.

- ¿Por ejemplo?

- No lo recuerdo bien. Pero creo recordar que nombró algo sobre un ángel caído y su venganza. Déjame un segundo, y quizá recuerde las palabras exactas.

- Bien. Sal fuera a tomar el aire. Te vendrá bien, hazme caso. Yo me quedare con Claucius. Ve e intenta recordarlo.

Antes de que John pudiera contestar, el médico del hospital entró en la habitación con un evidente malhumor.

- ¿Usted es Mixum?-preguntó el médico a John-.

- Sí. He venido a visitar a al señores y Merryn y Felton. Ahora que veo que ambos se recuperan, me gustaría bajar al jardín. ¿Es eso posible?-dijo poniéndose el sombrero-.

- Claro, señor. Cualquiera que provenga de este hospital, tanto enfermo como visitante de éste, puede bajar y pasear por sus hectáreas. Siempre y cuando al enfermo no se le haya prohibido el levantarse de la cama.

- No, claro que no-rió John Mirando a Roland con cara de...

El Autor de este relato fué Capricornius , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7983&cat=craneo (ahora offline)

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El señor Merryn solía vestir un Smoking, sombrero y una vara. Mas aquél día no se dedicó al vestuario y yacía de cualquier manera en su casa. El caso Bro

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2020-03-12

 

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