Relatos cortos terror Hechos reales La caverna

 

 

 

La caverna

En ocasiones hay sucesos en la vida que desestabilizan todo el mundo que hemos creado a nuestro alrededor y que son capaces de distorsionar verdades que creíamos inmutables para convertirlas en un conjunto de argumentos sin sentido.

Me llamo Ernesto pero algunos amigos suelen llamarme Tino, salgo con una chica que hasta ahora no era más que una buena amiga, pero que a partir de los sucesos a los que me voy a referir, se ha convertido en lo mejor que me ha sucedido desde hace años.

Estaba atardeciendo en la sierra de Espadan, era la víspera de todos Santos, noche en la que los viejos aseguran que los difuntos caminan libres por los lugares en los que murieron. Carolina y yo mismo comimos en un merendero reservado para los turistas, hacía buen día y decidimos pasear por los alrededores, las encinas y los robles que se cruzaban a nuestro paso recordaban extrañas y fantasmales formas. El sendero, más propio de ganado que pensado para seres que caminan erguidos, se hacía escarpado y sinuoso; y a medida que nos adentrábamos en él la luminosidad del día se disipaba lentamente, las ramas de los arbustos parecían sugerir que no siguiéramos por aquellos parajes, que debíamos retroceder a la vera del sendero, pero a mí me gustaba la aventura, y el riesgo y seguía caminando, subiendo peñas y cortados. Carolina me seguía, aunque no de muy buena gana. Caminamos durante más de media hora cuando sobre una ladera vimos una cueva que oculta entre los riscos, sugería ser colonizada por osados caminantes, le propuse a mi chica que entrásemos en la gruta, ella asintió con desdén y poco interés, insinuó que se estaba haciendo demasiado tarde y que no convenía que llegara la noche. Dijo que estábamos demasiado alejados del lugar donde dejamos el vehículo. Yo insistí, me apetecía ver el interior de la gruta y sin más que hablar ambos cruzamos el umbral de sus hipotéticas puertas. En su interior había una excepcional iluminación procedente de un hueco en la parte superior. Era preciosa, la roca modelaba originales formas en el techo y paredes, grupos de estalactitas se unían formando concreciones calcáreas en amarillentos tonos, había setos dispersos de aulagas coloreando con sus flores las pedreras, frondosos lentiscos correteaban por los riscos robándole el terreno a la hiedra que se encaramaba por las paredes. Se respiraba un intenso aroma a hierbas de montaña y una pegadiza humedad que sugería el hálito de algún mítico animal, caminamos unos pocos minutos y escuchamos un gran estruendo, nos giramos y con angustia vimos, como una montaña de piedras se había precipitado sobre la abertura de la gruta. Miré con extrañeza a Carolina que con ojos desorbitados gritaba: La entrada se ha cubierto de rocas, ¿qué hacemos?

 

Comencé a estar nervioso, aquello parecía ser la única salida de la gruta, aunque pensé que escalando quizás pudiésemos salir de allí. Había una parte del techo que estaba abierta y con esfuerzo intenté trepar por una de las paredes que era parecía más accesible, Carolina se quedó sentada en una roca esperando que yo llegase hasta el hueco que se encontraba a varios metros de altura, la luz del día se iba disipando por instantes y la oscuridad tomaba cuerpo en su interior, Carolina, me gritaba con angustia: Vuelve aquí, que la luz se está marchando por momentos y es muy peligroso que siguas trepando.

 

Muy a mi pesar le hice caso y descendí el escaso metro y medio que había ascendido. Ya en tierra firme, los sucesos extraños no dejaban de encadenarse, una rara iluminación salida de no se sabe dónde y se desparramaba por toda la cueva, mostrándonos un espectáculo digno de ser observado, frente a nosotros se orquestó un extraordinario fenómeno.

En lo que parecía ser un ara y frente a ella, se inició un extraño proceso de generación espontánea, como las manos avezadas de un maestro pintor aparecían sin más vigas, cruceros encalando todo el espacio, contrafuertes y traviesas. En el suelo y frente al altar dos filas de bancos ocupaban el espacio plano y en el centro de lo que parecía ser una antigua iglesia, surgió un gran crucifijo. Carolina y yo mismo estábamos extasiados mirando desde un rincón aquel extraño fenómeno, nos preguntábamos el uno al otro para asegurarnos que no estábamos soñando, cuando la construcción estuvo terminada, surgió sin saber de donde, una insólita procesión, frailes ataviados con hábito marrón caminaban cabizbajos hacia los bancos situándose ordenadamente en ellos. Se podía escuchar como un leve susurro, un canto que recordaba el gregoriano. A medida que los monjes se ubicaban en sus respectivos lugares el canto se hacía más vivaz incrementando su volumen. Me pareció que aquel canto era un “Miserere” cuyas notas parecían salir de ultratumba, sus voces retronaban en la cueva y se hacían tristes y lastimeras, creo que era el canto más triste y lúgubre que jamás había oído. Las palabras aun hoy las guardo en mi memoria, “Aténde Dómine et miserére quí a pecávimus tibi” Que dia se celebra hoy

La iluminación ambiental, disminuía por instantes, Carolina insistía en qué podíamos hacer, que debíamos salir de inmediato. Yo miraba extasiado el espectáculo, deseaba quedarme el mayor tiempo posible en aquella inusitada situación, Carolina tomó mi mano y apretándola con fuerza me miró aterrorizada. La luz ambiente disminuyó de tal forma que la oscuridad se encargo de avivar el terror en nuestro espíritu. Apenas quedaban unas tétricas luminarias que lucían a intervalos regulares en lo que parecían ser las paredes de la iglesia, a los monjes no se les veía el rostro, estaban de espaldas a nosotros. Del cielo sorprendentemente cayó como un relámpago una intensa lluvia de fuego, un líquido viscoso y llameante mojó todo a su paso. El fuego se propagó a gran velocidad por el suelo y las vigas que parecían ser madera. Los monjes inamovibles seguían cantando su tétrico soniquete, no se movían siquiera se agitaban. En unos momentos todo se inundó de fuego, las llamas chispeantes devoraban toda la iglesia, pero nada, no desprendían calor, nosotros que estábamos muy próximos no lo apreciábamos, todo era fruto de la ilusión, no obstante la sensación de pánico y terror no podíamos evitarla, nuestras piernas estaban como clavadas en el suelo. Carolina apretaba mi mano hasta hacer que no sintiera los dedos, ¿qué estaba sucediendo?

Por unos instantes me pareció ver que dos de los monjes salían de sus respectivos bancos y caminando entre las llamas avanzaban por el centro, era alucinante, con huesudas manos tomaron la capucha y quitándosela dejaban ver su cara, una tétrica calavera desgreñada, con la piel pegada al hueso era todo lo que quedaba de su rostro, el corazón nos palpitaba a ritmo vertiginoso, un nudo en la garganta nos bloqueaba el habla y un frío intenso, como jamás había sentido, recorría mis entrañas. Carolina estaba pálida, su cara parecía de cera pintada sus ojos casi salían de las orbitas. Uno tras otro los frailes desfilaron entre las llamas, cuando todos desaparecieron del escenario cesó el fuego, volviendo la iluminación de la gruta a su normalidad, cuando todo se clamó de nuevo sonó un gran estruendo que despejó la entrada de la gruta, la luz del ocaso se filtraba por ella caramelizando su perfil, yo me levanté en cuanto mis piernas comenzaron a responderme, a Carolina le di un tirón de brazo, haciendo que me siguiera, corrimos como almas que lleva el diablo hasta la salida.

Aquello nos llenó de gozo, Carolina y yo salimos de la gruta y juré no entrar de nuevo en ninguna que no estuviese perfectamente señalizada. Se escuchaba un mar de fondo tonos extremadamente raros como si el viento estuviese imitando aquellas fúnebres notas que rebotaron en las paredes y recorrieron las rocas caracoleando en nuestros oídos. El nerviosismo se disipó y pensé con extrañeza: ¿qué está sucediendo en esta gruta?

Caminamos con premura, hacia el coche, que seguro esperaba paciente donde lo abandonamos antes de internarnos en la espesura. Cuando llegamos a él vimos un viejo de piel enjuta y tez cetrina que husmeaba en su interior.

—¿Qué hacéis aquí, a estas horas?, El sol ya declina por el horizonte y no son buenos lugares estos en una noche tan especial como esta.

—¿Por qué dice eso?

—¿Qué no sabéis la leyenda?

—¿Qué leyenda?

—La que habla de unos antiguos monjes, cuyas almas vagan en pena y se aparecen en la gruta la noche de difuntos.

—¿Dice usted unos monjes?

—Si, unos monjes que murieron todos quemados en la gruta. Los vecinos del pueblo creyéndolos brujos, los encerraron allí y tiraron aceite encendido, para que todo ardiera en un fuego purificador, hace ya muchos siglos quizá en tiempos de los caballeros. –El viejo se reía apoyado en su cayado, incitándonos a marcharnos.

Yo mismo, tomé a mi chica de la mano y metiéndola a toda prisa en el coche salimos lo más rápidamente que nos permitió el vehículo en dirección a mi pueblo. ¿Quién era ese viejo y qué habrá querido decir con lo que nos ha contado?

El Autor de este relato fué Javier Gimeno , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=12259 (ahora offline)

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2020-05-16

 

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