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EL CHISTE

Sobre mi vida gravitaba una pésima suerte y la mala racha que estaba pasando se había enquistado dentro de mí y ya duraba demasiado. No sabía si era debido a factores externos, deméritos míos, a falta de esfuerzo personal o sencillamente al simple azar, aunque también puede que se debiera al mal de ojo. No lo sé, pero la mala suerte es invisible y no tiene ningún signo externo para reconocerla, por lo que es fácil caer en la trampa. La única posibilidad para librarse de ella es el olfato sutil, casi animal, y detectarla a tiempo para ser capaz de romper con la inercia.

No recordaba cuando ni cómo empezó, aunque sí sabía que fue una invasión lenta, insidiosa y traicionera y se coló en mi vida de puntillas y sin hacer ruido, y aunque la había asimilado con pasmosa naturalidad, me costaba entonar el mea culpa y me negaba a que se eternizara.

La única parte positiva era que sabía que siempre estaba ahí y me cogía prevenido, generalmente para lo peor, por eso, cuando experimentaba una discreta alegría, inmediatamente pensaba en la desgracia que me sobrevendría después, debido a la universal teoría de la compensación. Lo cierto es que cuando lo escruté en la distancia, todavía a lo lejos, supe inmediatamente que no era fruto de la casualidad y que venía en dirección hacia mí. Una ola de realismo me invadió.

Más que fatalismo fue instinto y aunque en el primer momento llegué a pensar que se trataba de una visión, pronto se esfumó y terminé por desmoralizarme. Prevaleció la realidad y supe que venía lanzado a por mí con precisión exacta y geométrica y que tenía pocas esperanzas de escapar vivo. El escepticismo y la incredulidad no fueron suficiente, así que una vez más acepté con resignación el destino y mi condición de víctima propiciatoria y me preparé para un final anónimo y gris, dispuesto a engrosar la siniestra estadística semanal.

Siempre había temido ese momento y las posibilidades de que ocurriera siempre estaban ahí, por eso, en el momento que lo divisé me alarmé. Luego, cuando se diluyo la poca adrenalina de coraje que me quedaba, lo acepté y me vino el miedo.

No recuerdo a qué ley se debe ni quien la formuló, pero en el momento que le vi supe que era verdad, que las cosas, a poco que puedan, tienen la perversa tendencia a torcerse y a ir mal. Hay días que nacen con un signo aciago y es imposible enderezar la torpeza de nuestros actos. Todo lo que intentamos forma una malaventura y generalmente tiende a ir peor. Aquel fatídico día, él habría podido llegar a destiempo o adelantarme yo, pero no, nos teníamos que encontrar en el mismo sitio y a la misma hora en aquel fatídico punto. Sería un encuentro limpio y ubicuo y acepté la teoría, aunque sin tener muy claro quien se había cruzado en el camino de quien. Lo malo es que los daños esta vez serían irreversibles. ¡Maldita ley o teoría!

A fuerza de experimentar y dejarme llevar por mi mala estrella se me había creado como un vicio. La mala racha era como un intruso que se había instalado discretamente, se encontraba a gusto y no parecía dispuesta a abandonarme. Esto me hacía vivir continuamente de forma dubitativa e insegura y me había creado un sentido de subordinación a su continua presencia; lo compartíamos todo y se manifestaba en mi sonrisa, en mi forma de hablar y hasta en los gestos.

El hábito crea costumbres que a la larga terminamos por aceptar, y últimamente había desarrollado la tendencia a aceptar con resignación las cosas tal y como me iban sucediendo, sin hacer ya el menor esfuerzo por intentar cambiarlas. La mala racha se hallaba instalada tan solidamente dentro de mí que me había conferido un espíritu de poderosa observación y experiencia y sus presentimientos siempre solían cumplirse, por eso, cuando lo vi no tuve la menor duda y supe que estaba en una ratonera.

La distancia, siempre irónica, se iba acortando y venía directo hacia mí, hacia aquel cruce dónde yo me había detenido para respetar el stop. Al principio me quedé perplejo y casi no me lo podía creer, incluso me permití el beneficio de la duda, y es que la incredulidad es siempre nuestra aliada ante situaciones adversas y antecede al miedo segundos antes de que ocurra lo inevitable, y ante la fatalidad

adoptamos un aire ingenuo, casi infantil.

Nos creamos una realidad ficticia hecha a nuestra medida y nos refugiamos en ella. Como todavía estaba en plena fase de escepticismo e incredulidad que antecede al miedo, en un ataque de ingenuidad pensé que en el fondo y más allá de las apariencias todo aquello era una broma de mal gusto.

¡Que esa maldita ley o teoría fuese a cumplirse precisamente en mí ya era mala suerte! Inmediatamente me rehice y pensé: ¡Que hijo de puta, viene decidido a acabar conmigo! De nuevo le escruté en la distancia y le vi claramente, estaría a veinte metros, pero ya distinguí su cara y estuve tentado de gritar y pedir socorro.

Contrariamente a lo que llegué a pensar en el primer momento, no era una persona joven, ni iba dormido, ni distraído, ni charlando. Iba solo y daba la impresión de que estaba ensimismado y tenía la vista perdida en algún punto concreto.

En el caso que me ocupaba, el destino, el fátum, no era debido a mi mala racha. Era aquel individuo, aquel gafe, y me pregunté de dónde había salido, puede que no hubiera salido de ningún sitio, quizás del infinito. A veces he llegado a pensar que es siempre el mismo automovilista que está en todas partes y que conduce impasible a velocidad de vértigo por todas las carreteras y busca cualquier pretexto para provocar los accidentes. Es un diablo necesario, disfrazado de conductor, que nos recuerda que estamos vivos de puro milagro.

Un despiste, pensé, quizás un infarto, por tanto, puede que ya estuviera medio muerto, o en el limbo, o muerto del todo, que es peor. Esto último me cabreaba enormemente. ¿Cómo no había forma de parar a un muerto?

Y es que los muertos, justo después de morir, parece que aún les queda ansia de vida y se aferran a cualquier cosa con tal de quedarse, incluso tienen erecciones difíciles de aplacar. En última instancia pueden conducir largas distancias silenciosamente, incluso adelantar sin que se les note, intentando llevarse algún souvenir. El muy cabrón quería que le acompañase.

A unos quince metros le vi claramente. ¡Estaba vivo y sonriente y se le veía la mar de contento! Los muertos no sonríen y esto no es ninguna metáfora, a menos que estuviera despidiéndose de este mundo con la miel en los labios de un grato recuerdo. Lo único que no encajaba era esa mirada perdida. 85.206.160.115

También puede que estuviera soñando despierto y se dejara llevar por la ensoñación, lo cierto es que ahora, a diez metros continuaba con la fijeza inexpresiva y parecía feliz con un ligero aire de suicida romántico. No había tiempo para nada. Ni para lamentarse ni para que aflorasen las lágrimas, ya que el miedo no provoca tristeza sino más bien incredulidad y sorpresa. Inconscientemente intenté protegerme pero no sabía qué parte de mi cuerpo, así que en última instancia opté por ponerme las manos a la cabeza y taparme los ojos para no ver y no tener nada que temer, aunque en las condiciones en que quedaría mi cuerpo no sabía para que me serviría. Aquel tipo venía fuerte, a ciento cuarenta, quizás más.

Ahora que lo pienso, hubiera podido abrir la puerta y saltar, pero la cobardía me asaltó y me quedé agarrotado pensando que el mal fuese lo menor posible. Es curioso, pero ante el horror, las personas a veces nos dejamos matar o desafiamos al mismo diablo y nos matamos defendiéndonos. También intenté ponerme el cinturón de seguridad que negligentemente llevaba desabrochado, pero esta operación, aparte de inútil, requería al menos tres segundos, así que al final opté por las manos. Además, justo al lado, tenía un camión cisterna de gran tonelaje que ayudaría a que quedase empotrado. No sabía que sería peor, el primer impacto o el segundo, y me alegré de perderme el espectáculo de los bomberos intentando recuperar lo irrecuperable. Sentí pena por ellos.

De pronto, en un arrebato de genio y coraje levanté la cabeza y decidí mirarle y ver a mi verdugo. El también me vio. Pensé que el futuro ya no daba para más y que era hermoso que aún me quedara un suspiro de vida, así que intenté atraparlo y vivir intensamente. Aquellos ojos me recordaban algo, esa mirada relajada y satisfecha había cruzado un punto sin retorno después del cual no había nada. Puede que fuera un amante despechado o alguien a quien le han diagnosticado un mal incurable o un poeta herido en la última fase de desesperación, aunque sencillamente puede que fuera miope. En el fondo pensé que se trataba simplemente de un cenizo y me consoló el pensar que el tampoco tenía su día de suerte.

Era una persona de mediana edad y ahora, sorprendentemente, estaba pasando de la sonrisa inquietante a la risa jocosa. Ahora lo veía claramente, ¡estaba esbozando una carcajada! Aquello era la premonición del crimen perfecto y sin el menor remordimiento. Quizás su muerte y también la mía, estuviera sintetizada en esa carcajada.

Aquella risa, ¡tenía que haber sido un chiste!, Ahora estaba seguro, le habían contado un chiste y le había impactado tanto que ahora lo recordaba y se estaba regocijando. Sí, un chiste de esos que te cuentan y que no se olvidan, que encierran grandes dosis de sabiduría, y que la gente ríe y ríe inconscientemente, cuando en el fondo es una invitación para reflexionar. Uno de esos malditos chistes que solo los iniciados entienden y que agazapados pacientemente van pasando de boca en boca, casi secretamente, y son como profecías que nos persiguen y tratan de colarse en el momento oportuno en nuestra vida para destruirla o enriquecerla. Al final siempre acaban fatalmente por cumplirse.

Es muy posible que en un punto álgido de hilaridad, a aquel hombre, algo muy sutil le falló y se dejó llevar por la levedad. Quizás fue un desvío, o una curva mal tomada, o un viraje equivocado del destino, el desencadenante de la tragedia que se avecinaba. A lo mejor, aquel chiste le recordó algo o a alguien, y le hizo tanta gracia que tomó un rumbo erróneo, aunque él seguramente ya no podría precisar cuando ocurrió, ni ya le haría falta. También puede que aquel día y todo lo que estaba ocurriendo formara parte de mi mala racha y ya hacía tiempo que estuviera escrito, y que nuestras vidas se tenían que entrecruzar ubicuamente en aquel fatídico punto.

Aquella aproximación previa al gran impacto, a menos de un segundo, solo un milagro o alguna extraña ley física podía detenerla, así que decidí mirarle fijamente con rabia y le hice una mueca: le miré con todo mi odio y un acceso de ira se manifestó a través de mi rostro. De repente la sorpresa apareció en su cara.

Fue un interrogante cruce de miradas de dos seres perdidos y su expresión cambió. Primero fue la incredulidad, después el pánico. Ahora se daba cuenta de su grave error. Éramos dos solitarios en un monólogo mudo al borde del infinito.

Al principio se quedó paralizado, sin dar crédito a lo que se le venía encima e intentó esbozar una sonrisa que quedó disimulada por lo trágico del momento. Después de todo el proceso ya quedaba poco y sólo una línea finísima separaba las figuraciones de los hechos. Ahora se juntaba todo: el stop, los dos coches, el chiste, la sonrisa y mi mala racha.

En el último momento se repuso y empezó a reírse otra vez, y en su risa pude ver que ya convivía con el futuro y que quería irse al otro mundo con su maldito chiste hasta el final, y a mí me dejaba con el misterio de aquella extraña alegría.

Dio un volantazo y derrapó. Salió volando ligero como un pájaro hacia un largo camino. Había soltado el lastre que le causaba la risa y era él, el último de la perversa cadena de aquel chiste. Ahora emprendía un vertiginoso tránsito de la belleza al olvido en un viaje sin final.

Pasó justo a un palmo de mi coche, en una desbocada carrera en dirección a un bosque, buscando ese árbol que acabaría con su rictus inconsciente y feliz. Lo peor había pasado y respiré con alivio. La ligerísima punta de una sonrisa se dibujó en mis labios, una sonrisa interior, casi imperceptible, como son las sonrisas más fuertes. Una sonrisa de vida, de alivio, que ya casi tenía olvidada, que me recordó tiempos pasados y era precursora de un futuro mejor.

El Autor de este relato fué Antoni , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7488 (ahora offline)

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