Relatos cortos terror Terror General Alucinaciones

 

 

 

-¡Mierda, maldita mierda!- Se dijo a sí mismo cuando la oscuridad no lo dejaba ver ni la palma de las manos, seguido de un silencio que se fue acrecentando con el transcurrir de los segundos, de los minutos, volverse una eternidad.

A tientas, en lo que pareció una búsqueda bastante frenética, trató en vano de topar sus dedos con el interruptor a lo largo y ancho de la habitación, pero por más que pulsaba una y otra vez el artefacto nada pasaba, lo que le dio muy mala espina y un escalofrío recorriendo cada rincón de su ser.

Con los ojos abiertos, bien abiertos, atento en todo momento. Sintió una leve brisa pasar detrás de él, por su espalda, rozando levemente su oído, una sombra pasar como una ráfaga centelleante, a intervalos, fugándose a través de los huecos que dejaba la luz de la luna entre las nubes, allá afuera, proyectada por el vidrio del ventanal a su lado.

 

Sintió miedo de hecho, pero debía ir en busca del maldito candelabro sorteando una suerte de camino improvisado hasta el siguiente compartimiento dentro de su casa. Tropezando en varias ocasiones con los muebles y otros objetos situados en su carrera, hasta que algo le atenazó las articulaciones de la mano retorciendo su brazo en una mueca llena de dolor. Como que algo muy puntiagudo hirió sus dedos, parecido a un cuchillo cocinero. Lo cogió, sangrando profusamente, manchando el piso volviéndolo un poco más resbaloso, más cauto a la hora de dar el siguiente paso.

Quizás el último de su vida.

Hasta que otro ruido, un crujir de tablas muy lento y macabro rechinó por las habitaciones aledañas, para ser más exacto en el segundo piso, votando el polvillo acumulado en las grietas de las paredes. Paró en el acto, abruptamente. A ver si escuchaba el siguiente ruido, seguro de que no fueran sus propios pasos, más allá del silencio que ya a esa hora lo estaba volviendo loco, muy al interior de su mente lleno de alucinaciones de demonios o fantasmas, de ese miedo estúpido a lo desconocido. Ese miedo irracional marcando las palpitaciones de su corazón cada vez más rápido, casi sin control. Creyó escuchar otro sonido, pero interior, un garabato dentro de su mente, semejante a una voz quebrada:

-¿ Ha... Hay... alguien por ahí? – Se sintió estúpido hablando con la nada o esperando en su defecto recibir alguna respuesta- Allá voy y no avisaré, no responderé de mi.

Pero nadie contestó.

Solo el tic-tac del reloj, monótono y exacto, ubicado en medio de la sala de estar, avanzando a través del pasillo afirmado de una mano a los costados de la fría estructura del mármol. Muy suave, muy lento. Trémulas las articulaciones al dar el siguiente paso, con las piernas agarrotadas en un letargo exquisito producida por la inercia de sus pensamientos. Como un cierto alivio le descomprimió el corazón cuando supo que ya estaba a una distancia prudente de la despensa de la cocina, al alcance de los fósforos y la vela para alumbrar la inusual oscuridad perpetuada en la mitad de la noche.

-Juro que mañana llamo al técnico de la compañía para que arregle el desperfecto. No puede ser, ese estúpido incompetente Si salgo de esta... Pero esos malditos fósforos que no los encuentro. Si yo los deje aquí precisamente- Hablaba consigo mismo alzando la voz reiteradamente. Quizás para dejar de pensar en esas ideas que fecundaban sus propios miedos. Cuando de pronto los fósforos fueron a caer a sus pies lanzados por esa misma sombra que le pareció ver al principio, seguidos de una risa burlona diluyéndose en los estertores del silencio. De un salto se dio media vuelta y volvió a gritar:

 

-¿Quién anda ahí? ¡Sal de ahí maldito, si eres tan hombrecito! ¡Carajo! Pelea como los hombres, no te tengo miedo- Sin embargo le tiritaban las rodillas y como un liquido tibio, rico, bajaba por la entre pierna tiñendo de un color más oscuro la tela de su pantalón.

Al mismo tiempo que trataba de encender la mecha de la vela en sus manos, desesperado. Quebrando más de una vez los frágiles palitos en su arremetida de saber quien o que cosa lo acechaba en eso momentos. Ante la posibilidad de que no alcanzara a reaccionar con el cuchillo firmemente apretado en el otro costado de su mano. Era él o la cosa; su vida o la de él. Cuando, frente a frente, ambos se vieran las caras y la luz maleable de la llama junto al candelabro lo delatara.

¿Lo mataría? Sin duda alguna, lo haría. Y necesitaba de valor, mucho valor. Porque el miedo juega chueco, paraliza; como esa vez en que se arrinconó por horas y horas esperando que llegara la luz del día siendo tan solo un niño, muerto de miedo esperando a sus padres. En realidad, hasta el más cobarde-como él precisamente-sería el que diera la estocada, la primera estocada, y quizás la única para asegurarse.

-¡Así es! ¡Ya esta!

Hasta que la luz por fin prendió, la de la vela.

Pudo percatarse de que había derribado más de un objeto en su proeza a través de la más absoluta oscuridad, desbaratando el orden, el aseo propiamente tal, antes de salir a trabajar por la mañana, despedirse de su familia que se encontraba lejos del hogar. Le llamó la atención en especial que algunos de ellos, como las sillas y la mesita de estar, no se encontraban desordenados, sino más bien en otros lugares que no correspondían a sus lugares habituales. Por lo cual casi se había rebanado el dedo con el cuchillo cuando se disponía a buscar el candelabro que ya tenía en su poder.

Cobarde, pero no tonto.

Espero un poco más. Quieto. Dejando fluir la respiración con más calma a medida que sus pies se deslizaban por el suelo sigilosamente en dirección al baño donde ese “algo” estaba. Cauto, despacio. Pudo notar esa misma risa burlona a través de la puerta al aproximar sus oídos a la superficie de madera tratando de escuchar, identificando otro sonido extraño, como una gotera golpeando el agua allá adentro. Cuando la manilla se torció lentamente, incluso antes que este la tomara, abriendo la puerta de par en par ante su petrificada humanidad. Dudó unos instantes y hasta quiso salir corriendo, pero otra sombra reflectada por la luz de la vela atravesó las escaleras raudamente en dirección al segundo piso, dándole a entender que era más de uno, dos o tres sombras que lo rondaban. Blog sobre salud

- ¿Quienes? ¿Quiénes son? ¡Respondan maldita sea! –Ya estaba totalmente descontrolado y a punto de romper en llano por la emoción.

Miró a su alrededor, a todos lados. Pero nada. Más risas escurriéndose ante su impotencia. Apretó el cuchillo y decidido, cosa que en otra ocasión le hubiese sorprendido, compenetró en su interior no sin antes cerciorarse de que todo estuviera bien. Observó el lavamanos repleto de agua con la llave ligeramente abierta, gota a gota, formando pequeñas ondulaciones que desfiguraban su rostro, el reflejo de su miedo en el líquido cristalino. Cerró la llave lentamente hasta que las ondulaciones se fueron aquietando, en total calma, muy concentrado en su reflejo. Las pupilas se le dilataron al extremo de la locura, una mueca macabra proyectándose en el agua. “Algo”, esa sombra, respirando muy suave en su oído; en aumento, acelerando su ritmo cardiaco al extremo, exhalando el vapor empañando el vidrio frente a él, sin dejar ver su rostro que de seguro no le gustaría.

 

Una, dos, tres gotas saladas en forma de lágrimas cayeron de sus ojos y apagaron la vela.

Ambos estaban solos en la oscuridad.

El miedo lo petrifico en efecto, tal cual lo había meditado. Cada músculo, articulación, agarrotados por completo, con los sentidos en su máxima expresión. Quería moverse, sin embargo, su brazo no reaccionaba para dar la estocada. Presa de las cadenas del temor que ya a esa hora era pánico. Esperaba lo peor. Segundos que parecían una eternidad. Infinitos. Alargando al extremo su sufrimiento, sin poder torcer el cuello a ver quien era, divisar su semblante, un atisbo de humanidad. Aterrador, mientras el susurro se hacía más intenso en su cuello, esperando quien sabe que cosa.

Sintió algo frío deslizarse por su espalda por debajo la camisa, incrementando la intensidad del susurro, aprisionándolo con sus brazos etéreos alrededor de su cintura. Acurrucándose en torno a su piel en un abrazo que le revolvió el estomago, una punzada a lo mejor, un frío, de una sensación que subía y bajaba al punto de la locura.

¡Explotó!

Lanzando un certero golpe a la altura del cuello, de media vuelta, abalanzándose sobre su merodeador incrustándole la hoja metálica en su humanidad seguido de un quejido, como el crujir de los huesos. Otro, y otro más. En una seguidilla de golpes ciegos rasgando la nada, con los dientes apretados, bien apretados y una inusitada fuerza, mientras “eso” le tomaba la camisa, sujetando, aferrándose a él frenéticamente impidiendo su huida del lugar.

-¡Suéltame maldita sea!... ¡Suéltame te digo! ¡Puta, mierda! ¡Suéltame!- Gritaba como loco.

Cuando intentó zafarse le agarró la basta del pantalón ya sin mucha fuerza, Esteban tropezó al salir del baño dándose de lleno con la puerta, en la frente, medio aturdido. Corrió a donde le vino primero en mente al ver que las otras sombras se le acercaban a paso rápido, un poco más cerca de él. Volvió a trastabillar con algún mueble de seguro, interpuesto entre su libertad y las garras de aquello que lo perseguía. Corría hacia la luz que se veía en el patio trasero, con las piernas lacias, como en cámara lenta; atravesando el umbral de luz y sombra. Forcejeó muy nervioso, resbalándole la manilla por la sangre en sus manos, repetidamente, arriba y abajo, de pronto esta cedió y cayo al suelo tendido de bruces, a los pies de algo que lo esperaba allá afuera.

Cuando la luz volvió y las voces de las personas gritaron al unísono:

- ¡Sorpresa! ¡Feliz cumpleaños!- Empezando con el himno y los cánticos propios del festejado, fueron declinando hasta hacerse un silencio casi total al ver al hombre estupefacto, respirando con el pecho a punto de explotar. Cayó de rodillas al suelo sin poder asimilar su travesía. Trataba de reír, pero no podía. Sin poder dar crédito a lo que estaba pasando, todos lo rodearon abrazándolo. Un consuelo.

- Ya todo pasó, fue idea de mamá volver del viaje. Dime, ¿que diablos pasó allá adentro?- Le dijo su hijo bajando el tono de voz a manera de disculpa. Pero este seguía esperando una respuesta.

- ¿Mama?... ¿Tu madre esta aquí?...No puede ser- Se dijo así mismo, perdido, nublado aún dentro de su confusión.

-¡Que distraído eres! ¡Hoy es tu cumpleaños! ¡ Era una sorpresa! ¡Venga, un abrazo!- Y apretó con fuerza, con gran afecto. Pero de pronto se vio impregnado en sangre al contacto con su padre, la de sus manos. Solo lo miró por unos instantes quedando mudo.

- Claro, es mi cumpleaños... es verdad- Pareció recordar algo de pronto acelerando el tono de la voz, de distraído a una desesperación súbita- No, no puede ser... ¡No puede ser!

Y sin más soltó al muchacho amarrado a sus brazos para salir corriendo nuevamente al interior de la casa, apurando el tranco en lo que más pudo. Comprendió todo, como pequeñas lucecillas centelleantes de un total de imágenes sesgadas: la luz apagada, los muebles desordenados, el cuchillo, las sombras. Llegó. Miró de reojo al interior del pasillo, a un costado del baño. Como asomaba una mancha roja, color sangre, extendiéndose por el piso a través de la abertura de la puerta. La manilla estaba abierta, de hecho, y un brazo asomaba inerte, el de una mujer, con un corte profundo en su garganta, rasguñando la cortina de la tina, llena de sangre.

Cerró los ojos y sintió como algo húmedo rodó por su mejilla. Luego el cuchillo calló al suelo, casi por inercia. Volvió a abrirlos. No, no era un sueño: el cuerpo seguía allí, sin moverse. Muerta.

El Autor de este relato fué El otro yo , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7963 (ahora offline)

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-¡Mierda, maldita mierda!- Se dijo a sí mismo cuando la oscuridad no lo dejaba ver ni la palma de las manos, seguido de un silencio que se fue acrecentando c

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2021-03-13

 

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