Relatos cortos terror Terror General Arianne... >

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Hay un recuerdo de formas volátiles, de ojos cabales, clavados en el mismo instante en que la memoria juega a recordar… a recordar lo inimaginable; de una sublimidad que es como una sombra vaga, variable, indefinida y vacilante que atenta contra la cordura.

Es entonces cuando aquellas formas dejan de ser impasibles.

Mis recuerdos, aunque no dejan de ser confusos, el principio de ellos no me es inescrutable. Invariablemente, tengo visiones, algunas sobrecogedoras de los años que se postran detrás de mí; mientras que otras veces, parece como si el momento presente, fuera un punto conceptual, independiente y aislado de toda relación de mi realidad.

Mi nombre es Abraham C. —pretenderé mantener mi apellido en disimulo—. Recuerdo que la casa era tan grande, que extraviaba con frecuencia en los pasillos y habitaciones a Christopher, un joven de escasos veinte, que fungía como mi sirviente personal.

Siempre fui introvertido, incluso conmigo.

La biblioteca de la casa, no muy grande pero basta, me proporcionaba horas de alegría, furor, tristeza e incluso sueño. Me extasiaba con sus libros, de los que, prefiero no hablar. Mas, los recuerdos de mis primeros años, los relaciono con mis largas estancias ahí. No es de mi pretensión adular tiempos pasados como los mejores de mi vida, pero, a tenor de los sucesos que me hubieron de amedrentar, sobreestimo los días anteriores a mi desdicha.

Ni siquiera estoy seguro de cómo transmitir este mensaje. Aunque se que no estoy emitiendo sonido alguno, tengo la vaga impresión de que en momentos, hará falta una extraña y terrible mediación que pueda llevar mis letras a los puntos más cercanos de mis ideas.

Arianne fue la sentencia de mis horas de placer, éxtasis y, antagónicamente a todo eso, fuente de mi desventura. Invoco su nombre sin temer más. ¡Arianne! ¡Arianne!

Que decía llamarse así, aquella criatura que, Dios sabe, no era de éste mundo —o al menos había dejado de serlo—. Aquella entelequia ágil, graciosa, llena de fuerza y de fantástica belleza, era un ardid maldito que encauzaba las almas a la perdición y las mentes llanas a la monomanía.

Nunca hubiese sabido de su existencia, de no haber sido por la imprudencia de Christopher, ya que, una tarde lluviosa de agosto, en la que le di licencia para visitar a su familia, dejó accidentalmente la verja ulterior de la residencia mal cerrada, y los perros —dos fabulosos mastines, motivo de mi adoración en horas precarias— se escaparon rienda al pantano —o al menos eso supe de la gente que los vio correr desenfrenados.

Tengo que mencionar que me invadió una angustiosa y obstinada sensación de lucha por encontrar a mis canes. Era la primera vez que me aventuraba a los confines de la comarca y, por demás, a las cercanías de aquél pantano.

Esa tarde me acompañó un lacayo, que no me sirvió de mucho, pues no osó siquiera el intentar adentrarse en la ciénaga conmigo. Lo único que obtuve de él, fue hacer que me esperara con el coche al margen del camino.

El lodo era tan denso que cansaba hasta la mente. El lugar estaba ambientado por una serie de sonidos que, en una forma irregular, se desencadenaban de lo lejos para hasta llegar a mis oídos. Algunas ramas del grosor de dos dedos y otras, tan palpables como un cabello, me acariciaban la cara. La lluvia no era prominente, pero tan tupida que en poco tiempo me hallé empapado. En el aire se respiraba un vaho dulzón que, en momentos, era hediondo.

Hasta después de dos horas, percibí que la oscuridad se condensaba a una rapidez indescriptible acorde con la cadencia de mis pasos. Era como si una extraña aura repudiara mi presencia en ese lugar.

En mi andar, —que era cada vez más nimio en distancia y empeño—, la mente se volcó en blanco por un lapso que no pude discernir. Había perdido la noción de mi objetivo. Mis pies respondían maquinalmente sin sensación alguna.

Me detuve.

Descubrí que me hallaba en un punto tergiversado por repugnantes árboles que se alzaban sobre una oleaginosa y remolinante bruma. Me invadió una paranoia mezclada con terror. La oscuridad me había engullido. Mis hombros, mis brazos, todo mi cuerpo se hundió en una efigie taciturna. Me encontraba solo y desamparado, a expensas de lo que diezmara mi imaginación —abrupta en ese momento— de la prudencia que poco a poco me abandonaba.

La lógica dictaba la imposibilidad de tomar el camino de regreso, pues tras mis pasos, el repugnante amasijo de lodo y arbustos habían borrado mis huellas. Sólo tenía la única opción de seguir adelante y abandonarme a la suerte.

Arribé a una superficie odiosamente húmeda y pegajosa, pero capaz de sustentar mi peso. La luz de la luna, se hizo notar sobre la pequeña extensión de lo que parecía ser una especie de plasma traslúcida. Alcé la mirada y vislumbré una luz enmarcada por una ventana. ¡¿Una ventana?! ¡Mis ojos no me engañaban! Frente a mí, como a veinte pies, se hallaba una cabaña.

Conjeturaba se tratase del paradero de algún guardabosques. Pero era ilógico que en, tan horrible lugar, alguien osara pasar períodos extendidos de tiempo. De lo que no dudaba, era de aquella luminiscencia que brotaba desde dentro de aquélla chozuela. No me costó trabajo aproximarme. Su aspecto anunciaba antigüedad uncial y sobrecogedora. En sus ventanales no había cristales, ni indicios de que hubiera tenido. La luz continuaba percibiéndose. Parecía emanar del fuego de una vela, a juzgar por su tenuidad y su constante vibrar.

Me aproximé hasta la puerta. Me mantuve absorto por las condiciones en las que se encontraba la madera. Estaba totalmente derruida por la carcoma y despedía un olor nauseabundo. Por el aspecto en general de la precaria construcción, me era imposible creer que alguien la habitara. Pero no reparé más en los detalles y llamé con tres golpecillos. Ninguna respuesta.

Hice el intento por acercarme a la ventana por donde se dejaba ver aquella luz amarillenta, pero al franquear la esquina del complejo, percibí de soslayo algo que me alteró.

Una figura humana; una fémina que en cuclillas, jugaba con el pútrido lodazal a la orilla de una charca.

Inmediatamente la escena recibió toda mi atención. La razón me daba vueltas, y sólo por la nitidez de aquella imagen, proporcionada por el claro de luna, me mantuve fuera de la locura.

Era una mujer de veintitantos. Llevaba una impúdica indumentaria compuesta por mugrientos jirones. Su cabello, impregnado por el fango, se hacía hebras que colgaban hasta por debajo de sus hombros. Su piel se presumía de un blanco como el marfil mas puro, la única corrupción que diezmaba aquella primitiva beldad, era la suciedad que se acorazaba en sus perceptibles formas.

Parecía no haberse percatado de mi presencia. Noté que el sonido de la viscosidad del fango acompañaba los movimientos de sus juguetonas manos. Temí acercarme a ella por incertidumbre a su reacción. No sabía si era una salvaje o simplemente una excéntrica civilizada.

Lo único que le dije, o al menos eso recuerdo, fue un alienado «hola», a lo cual ella no mostró indicio de haberme escuchado, o un perfecto signo de ignoro. Repetí el saludo y obtuve la misma respuesta.

Me decidí a aproximarme, fue entonces cuando se advirtió de mí. Me detuve al instante al verla sobresaltada, pues de un movimiento brusco y calculado se incorporó y viró hacia mí.

Si de alguna forma la había considerado escabrosa por el aspecto que tenía, lo que vi, rompió con ese esquema y me dejó sin la menor duda de que me encontraba frente a una insólita belleza.

Al verla erguida, pude apreciar la original armonía de su cuerpo. Unos poderosos muslos de un agraciado femenino, sostenían unas prominentes y delicadas caderas de las que germinaba su fina cintura. Su torso alojaba unos señalados pechos que se percibían por debajo de sus mugrosos harapos. Aquellos hombros desnudos y manchados de barro, sostenían un cuello simétrico y un tanto anguloso.

Lo que me enterneció de sobremanera, fueron aquellas facciones, por las que cualquier poeta; cualquier pintor o mago, hubieran dado la vida por detentar como fuente de inspiración.

Sus ojos grises y gatunos, se hacían enmarcados de un delineado natural de pestañas. Dotados de tal profundidad que guarecían más de tres dimensiones. Con su mirada, parecía crear, y destruir al mismo tiempo, extrañas vidas y materias.

Nariz, labios, pómulos; todo contrastaba en un dilema que no tenía definición ni de voluptuoso ni de celestial; era una mezcla indefinible de todo lo bueno y lo malo de lo que mi acervo era capaz de abarcar.

No pude emitir sonido inteligiblemente articulado. Ella, si es que se la podía concebir como un ser humano, retomó la interlocución.

«ats ha», dijo —o al menos creo que dijo—. No sabía si se trataba de un acto de cortesía, burla o ataque. «Eh…busco a mis perros, al parecer se han perdido por estos rumbos y…», me detuve al ver su expresión de extrañeza. Parecía no haber entendido palabra alguna. «¿Tu vives en esa cabaña?» le pregunté señalando la rústica construcción que se hallaba a mis espaldas.

«Harschte natch barra», emitió ella, con una voz serpentaria, al ritmo de una danza sensual de sus labios.

Quedé extasiado por la gracia de mi interlocutora, que a los pocos instantes se aproximó a mí con paso furtivo y, en absoluto, silencioso. Entonces pude admirar más de cerca su asombrosa efigie.

«Shagath… Shagath tne tsu mang ib», pronunciaba examinándome con su mirada curiosa. Su indagar llegó al punto en el que me desagradó; no por el fisgoneo, sino por las sensaciones que su mirar liberaba en mis entrañas.

«¿Cuál es… cuál es tu nombre?», le inquirí. Ella sólo me observaba. Parecía tan atónita como yo. «Abraham» Le dije, haciendo una primitiva reverencia tocando mi pecho.

Ella sólo dijo: «Arianne… Arianne» señalándose a sí misma.

Aquella noche de agosto, regresé a casa sin mis perros. Únicamente —sin hacer comparación— volví con una chica harapienta, famélica y —por las horas que durmió en la habitación de huéspedes— sumamente cansada.

No se si fue la soledad o la caridad casi constrictora, que me obligó a llevar a Arianne a casa. Mi idea era, como todo miembro activo de la beneficencia, ofrecerle comida, un baño caliente y alojo por un par de días, o el tiempo suficiente para que se hiciera de un modo digno de vivir.

La mañana que procedió a aquella extraña experiencia en el pantano, me encontraba agotado. No obstante una curiosidad casi infame me abatía por acudir a Arianne.

Subí las escaleras. Noté que las paredes de mi casa parecían exhumar una fresca y morbosa malignidad. Atribuí la sensación al cansancio. Llegué a su habitación. Los intersticios del marco de la puerta, despedían una fragancia enervante; como si se hubiese abierto un canal proveniente del fondo de la tierra, que por milenios, hubiera permanecido obstruido.

Mi noción de tiempo y espacio se fue con aquel hedor en mis pulmones. Solo quedé inmóvil frente a la puerta, sin emitir sonido ni mostrar movimiento alguno. Pudieron ser horas o minutos; toda mi vida o solo un día de ella. Muestras gratis lote

Recuerdo un sueño. Un sueño que me abordó ahí, estando en pie; un sueño que, por muy poco, resquebraja todo mi cuerpo y alma Comenzó en un paraje húmedo y escabroso. Parecía ser una desembocadura de infinito número de caños. Cañerías que curiosamente no venían de arriba, sino desde por debajo de la tierra. De aquellas cavidades brotaba una putrefacción entre acuosa y gelatinosa. Una sustancia grasienta y pestilente, y yo, me encontraba en el centro, saturado hasta la cintura—y ascendiendo— del contenido de aquella charca maldita.

Frente a mí, había un mausoleo de proporciones enormes, inimaginables. En el centro de éste, se encontraba una grieta que parecía configurar una boca. Aquella hendidura negra tenía dentro un conjunto de madrigueras, de las que surgían sonidos, alaridos y lamentos que no eran de voces humanas. Todos esos sonidos mezclados con una constante eufonía, que más bien, era un conjunto de pequeños y odiosos sonidos.

De pronto, de la enorme grieta, comenzó a notarse una luz amarillenta. Aquella luz se asemejaba tanto a la que había visto en la choza del pantano; se hizo cada vez más notoria, hasta el punto que iluminó cavidades de oscuridad extraordinaria en la bóveda donde me encontraba.

Fue entonces cuando pude vislumbrar que las paredes estaban formadas por escamas; y las escamas hervían en gusanos. La viscosidad del charco alcanzó mi barbilla y el olor fétido estaba a punto de quebrarme la columna en dos.

En uno de aquellos tramos oscuros, que progresivamente eran iluminados por la luz ambarina, me asaltó un miedo tremendo. Era una emanación corpórea y sutilmente delineada, y lo más terrible, es que era conocida por mí.

¡Arianne! Arianne sosteniendo una especie de candelabro, del que, en lugar de despedir luminiscencia, arrojaba oscuridad y desolación. Estaba desnuda —no estaba seguro de ello, simplemente lo sabía. Se la miraba tan odiosamente bella caminando hacia mí. Se sumergió dentro de aquella podredumbre pareciendo no incomodarle en lo más mínimo.

Intenté moverme, no se si para huir o para facilitarme a su llegada. Lo que puedo decir es que no pude, como en los sueños, me fue imposible gobernar músculo alguno de mi cuerpo.

Se encontraba tan ya cerca de mí, que pude apreciar su aliento. Lo único que recuerdo es que ella extendió su mano, y al momento que hizo contacto con mi rostro, se abrió la puerta.

Si, desperté —o al menos eso fue lo que pasó—. Y Arianne, se encontraba frente a mí. Enmarcada por el umbral de la puerta de la habitación; semidesnuda y mirándome con esos ojos, demoníacamente hermosos.

Me invadía un deseo inexplicable y un odio en coexistencia. Ansiaba reclamarle, pero me parecía estúpido hacerlo. Me inculpé yo mismo; que el sueño era producto de la impresión que me había llevado en el pantano; que ella no era culpable de nada; que ella solo era el objeto de mis crecientes y enfermizas pretensiones. Pero que, después de todo, no podía hacérselo saber, debido a la nula comunicación con la que contábamos.

Lo más que pude decir, fue sugerirle —con señas y gestos— bajar a tomar el desayuno. Di media vuelta, despegando psicológicamente mis pies del piso, y me dirigí escaleras abajo.

Se sirvió el desayuno.

Arianne, bajó con una túnica de seda, provisionalmente sobrepuesta. Debajo de la tela se percibían sin mucha imaginación sus formas. La invité a sentarse procurándole por detrás la silla.

Su cabello, mal arreglado, se enmarañaba como explotando sobre sus hombros. Intenté establecer algún tipo de fehaciente contacto. ¡Que me diera prueba de algo!; ¡Que me quitara esta desdichada incertidumbre! ¡Que me diera señal alguna de con quién compartiría el desayuno esa mañana!

«¿Inglés?», le inquirí en espera de alguna palabra en el idioma. Ella sólo dijo: «negh rathva ib». Con la misma voz reptante y voluptuosa; casi susurrando.

Con cada palabra —si es que lo eran— que ella decía, mi estómago parecía dar vueltas sobre su propio eje. Con cada movimiento de sus labios precediendo aquellas emisiones sonoras, sentía abalanzarme sobre ella para poseerla.

No tenía idea alguna de qué era lo que trataba de decirme. Supongo que ella se hallaba en igualdad de circunstancias.

El día transcurrió. La veía a través de las ventanas jugando en los jardines de la casa. La servidumbre le rehuía. El señor B. mi más viejo lacayo, me contó que, una tarde, ella se encontraba cerca del huerto, rodeada de un gran número e aves de diversas especies: petirrojos, golondrinas, palomas, y gorriones en una especie de rito silvestre.

Nadie negaba las agraciadas facciones y formas de Arianne, pero su enigmática personalidad hacían de ella una esfinge inescrutable.

Una tarde, en la que ya se avecinaban las primeras horas nocturnas, encontré en la biblioteca un tratado de muchas clases de lenguas, dialectos y declinaciones idiomáticas. En tal libro, encontré una frase, que pareciome haberla escuchado de Arianne. Decía más o menos esto: arsch tenatch tme hung do kashshaptu.

Debajo del renglón había un par de dibujos. Eran una especie de diagramas que representaban algún códice o algo parecido. Ambos consistían en un recuadro; uno de ellos tenía, en su interior, otros dos más pequeños; uno en la misma posición y otro del cual sus aristas llegaban hasta el borde del cuadro más grande. El otro diagrama sólo levaba en su interior un par de líneas que surcaban de un vértice a otro formando una X. Entre los trapecios y triángulos formados dentro de las figuras, había una serie de signos y lo que parecían ser letras. El título de la imagen era: INANNA or ISHTAR sign.

Según mi escueta investigación, que hube de realizar en ese momento, se trataba de una diosa babilónico-sumeria. Se le tenía por Diosa de la guerra, la fecundidad, el sexo y el amor.

Extraje del libro un par de frases y copié los extraños dibujos a fin de mostrárselos a Arianne a fin de notar su reacción.

Aún sigo reprochándome tremenda osadía.

Las Gorgonas, las Hidras y Quimeras, salidas de las terribles leyendas de Celeno, son susceptibles a la imaginación. Aún, en la configuración fantástica del terror, los arquetipos de tales entes, nunca dejaron de mostrarnos una naturaleza humana. Lo irrefutable —al menos para mí—, es que hay elementos que no tienen comparación a lo descrito, dicho y plasmado. Como por ejemplo lo que presencié aquella tarde en la que mostré a Arianne los escritos e imágenes que encontré en la biblioteca.

Era una tarde clara —tomo como referencia éste dato, pues lo haré entender más adelante—. No había indicios de tormenta, al menos, en las próximas horas.

Arianne, se encontraba, como de costumbre, cerca del huerto. Rara vez la veía entrar en la casa, pues ahí podía obtener todo lo necesario. Se comía los jitomates, zanahorias y demás productos del cultivo; bebía agua del arrollo y, supongo por la arboleda, hacía sus necesidades fisiológicas.

Irrumpí en un instante en el que ella se encontraba recostada en el pastizal. Me percibió y bruscamente se incorporó para quedar sentada. Fluctuó ante mi presencia. Me acerqué oscilante.

La noté curiosa al paquete que llevaba bajo mi brazo. Me senté al igual que ella en el césped y coloqué frente a mí la carpeta de piel, cerrada. Su mirada se tornó fina y lanzaba miraditas dudosas a la carpeta y paulatinamente a mi rostro. Era obvio que quien debía abrirla era yo.

Los signos y dibujos se dejaron ver tras virar el empastado.

Arianne quedó anonadada por lo que hube de mostrarle. Se puso en pie y extendió los brazos perpendiculares a su cuerpo quedando como una T.

Articulo sus labios y…«Ia Gushe Ya… ¡Ia Gushe Ya». Con cada emisión de su garganta, en el cielo se formó una argamasa de nube negra, que, como un manto, cubrió el cielo en un lapso de diez segundos. No tenía la menor idea de lo que ocurría.

Entonces, ella dijo: «Ashta Pa Mabasha Ishtari», y su voz tintineante aguijoneó mis sienes. Fue lo último que recuerdo haber escuchado, pues cuando me levanté del piso, sentí húmedos los oídos; era sangre que venía desde dentro. Después, todo fue un constante zumbido.

Un viento transgredió los árboles y hortalizas. Se arremolinaba alrededor de Arianne que, por lo poco que podía ver a través del polvo excitado en el aire, ella continuaba moviendo sus labios.

Hoy, he vuelto a soñar. De hecho, ayer soñé, hoy lo hago y mañana seguiré perdido en mi letargo.

Soy un ente que recuerda. Poseo una mente en la que se ha inmortalizado por siempre aquella desventurada escena. Toda sensación física y sentimental; toda apreciación de tiempo y espacio me han quedado restringidos. Vago por las montañas y bosques depreciado por los confines mismos de la existencia.

Hace mucho tiempo que dejé de ser Abraham C. para convertirme en lo que ahora soy. Una delimitación de la nada que amedrenta los internes de la comprensión humana.

Sólo tengo como pertenencia ésta remembranza de haber visto como se abría la tierra y tragaba la vega; de cómo Arianne invocaba con extraño rito a seres que hasta este momento no soy capaz de comprender.

El monolito viviente, salió de aquél ingente agujero que se abrió detrás de Arianne. Aquel ser enorme emergía tirado por siete leones. Todo ello, desencadenándose en una serie de movimientos idiotas e interminables; todo ello amenazando a la humanidad en todas sus vertientes.

No se cómo, pero soy el culpable de haber abierto aquél umbral de perdición, que comenzó a hacer desgracia, primero sobre mí y —estoy espantosamente seguro—, consecuentemente a toda la raza del hombre.

Sólo fue un dolor físico, indescriptible, pero afortunadamente rápido; solo sentí mis vértebras resquebrajarse; únicamente sentí mi cuerpo doblegase hacia atrás en un espasmo de terror. Y, siendo una singular sensación —la cual no pretendo que se entienda— me vi abandonando el cuerpo de Abraham C. Fue como aquellos sueños en los que uno se puede percibir a si mismo en tercera persona.

¿Acaso es esto un testimonio inteligible del espíritu? Tal vez. ¿Alucinación? Ojalá.

Lo obvio era que Arianne, no era un ser humano cualquiera; o simplemente no lo era. Conjeturo que aquel ente era una clave o alguna llave por la que se podía acceder a mundos paralelos al nuestro de acepciones inimaginables. Orbes, que sólo los experimentados y capaces de espíritu tienen oportunidad de sobrevivir a tales atrocidades. Pero yo… yo no era uno de ellos.

Ahora solo espero el momento de mi apacible descanso. He vivido mi infierno e imploro que algo o alguien (el tiempo o Dios mismo) me libere de este recuerdo que me amilana; que me ha infringido por siglos y que no he sido —ni seré— capaz de superar…

El Autor de este relato fué Novalie , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=6424 (ahora offline)

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