Relatos cortos terror Terror General Blanco

 

 

 

Blanco. Una lluvia incesante de blanco se descubrió a mí cuando abrí los ojos al dejar de estar inconsciente. Aún no sé si la guerra había acabado, pero sí que debía salir de allí. El frío atacaba mi cuerpo como un lobo hambriento... lo cual me recuerda que pensé en las bestias que podría haber. Andaba como un pato entre la nieve caída que llegaba por mis rodillas. El pie derecho me pesaba demasiado, y al sacarlo vi un enorme cepo atenazándolo aunque no sintiera el dolor. Seguí andando. Varios copos se quedaban atrapados por mi pelo y mi cara y lo veía todo desenfocado. Tal vez porque estuviese en medio de una hoja en blanco o porque mis gafas estaban empañadas y sin ellas el mundo se componía de manchas de color, pero nada de eso importaba, sólo salir de aquel extraño escenario. Lo cierto es que me resultaba familiar aunque no distinguiera nada, aunque el frío y la batalla me fuera arrebatando sentidos y cuerpo. De repente vi manchas de otros colores muy cerca. Aunque puede que ya estuvieran allí desde hace mucho, pero aquella dichosa niebla me quitaba visión. Limpié las gafas con mis ropajes, y lo que se descubrió sobre aquella virgen nieve me horrorizó. Mis amigos, hermanos de sangre y jefes muertos. Sus cabezas descansaban sobre mantos de sangre, con un tono azulado en sus caras cubiertas de escarcha. Mis lágrimas se cristalizaban en mis pómulos. Por muy hombre que se pretendiera ser, nadie en el mundo puede soportar la muerte de tan cerca. Es más, sentí miedo por si el asesino siguiera allí, aunque otra parte de mí deseó que siguiera allí, para encararlo con mis cristales de pena y dolor. Me arrodillé como muestra de respeto, y aunque no pudiera, traté de aguatar mi tristeza para guardar un minuto de silencio en honor a toda aquella sangre derramada sin razón. Tal vez ese verdugo oyese los ruegos de mi parte masoquista, porque una persona avanzó entre los cuerpos con tal agilidad que no me dio tiempo a levantarme... y ya tenía una hoja de acero en mi cuello. Aún noto su filo, segando mi barba irregular en mi bello cuello. Nuestros ojos se encontraron. Los míos, con su carácter desafiante y lleno de odio. Los suyos, manteniendo su poder aunque yo ya fuese suyo. Mi destino estaba marcado. Ya veía a la muerte reír detrás de aquel asesino, así que me dije “¿por qué no?”. Y lo reté. Aparatos de masajes

 

- ¡Venga, mátame! No dejarás de ser una vil bestia sin sentido. ¡Hazlo de una vez, quiero sentir la muerte en mi cuello!

En verdad no lo deseaba, y él también lo sabía. Y para contradecirme, se marchó, dejándome allí, entre la nieve, y justo cuando sólo veía una mancha negra, dijo:

- Adiós, padre.

Y sí, la desazón de saber que el asesino de mi vida era mi propio hijo hizo estragos en mí. Y allí me quedé, solo, con mis amigos muertos alrededor, en medio de un campo.

Un campo... blanco.

El Autor de este relato fué Salamandrin , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=13155 (ahora offline)

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Blanco. Una lluvia incesante de blanco se descubrió a mí cuando abrí los ojos al dejar de estar inconsciente. Aún no sé si la guerra había acabado, pero

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2024-05-18

 

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