Relatos cortos terror Terror General El secreto Kolbe

 

 

 

A veces el terror no es algo de índole sobrenatural…

Cada vez que me preguntan por que lo hice, habría sobradas razones para excusarme, o más bien para impugnar el hecho, como algunos me culpan, cometí. Siempre fui creyente a pesar de que mis padres nunca me inculcaron el “amor” o la creencia en Dios. Católicos de tradición, y de nombre, nunca profesaron su fe más allá de ir uno que otro domingo a la iglesia con el fin de quedar bien ante la comunidad, católica en su mayoría. Pero a pesar de eso y con mi escasa edad, creía y creo que hay algo allá arriba que nos protege y vela por nosotros en cada momento. O hasta nos advierte y nos guía a ciertas cosas.

Vivo en la ciudad de Lanús, al sur de la Capital Federal, provincia de Buenos Aires. Es un lugar tranquilo y agradable para vivir. Tanto así que se convirtió en una época, en cuna para inmigrantes de todas partes del mundo.

 

En mi barrio son en su mayoría italianos, algún que otro español y mi familia, inmigrantes de Alemania. Debo admitir que siempre hubo cierta rivalidad entre vecinos, rivalidades que no llegaban más que a una que otra discusión por pequeñeces, tales como “su hijo rompió un vidrio”, “su perro cago en mi vereda”, “su gato molesta de noche”, “su…..bla bla bla….”

Solo esas tonterías, aunque irritantes a veces. Mas si venían de nuestra vecina doña Maria, oriunda de Italia. ¡Que mujer más exasperante! Parece que su único propósito en la vida era el de quejarse por todo. Viuda desde quien sabe cuando, era una de las mas acaudaladas del barrio, gracias a que su marido un tal Antonio Conte, le dejo una suma bastante importante en su cuenta de banco. “Empresario de la importación”, como siempre decía muy orgullosamente su mujer en el circulo de amigas, a la ves que siempre se lamentaba de su infortunada muerte en un accidente de trafico. Aunque yo tuve siempre mis sospechas que la bruja (y digo bruja porque en una ocasión me pareció verla volar en su escoba) lo enveneno, como lo hizo con varios gatos y perros del lugar.

Más allá de eso todo era normal…

El día lo recuerdo, y lo recordare por siempre, era un 5 de mayo de 2000. Pleno otoño, las calles del barrio estaban atestadas de hojas secas y semi podridas, que al pisarlas emulaban el sonido de papeles de golosinas tirados en un cine. Hacia frió y caía una fina lluvia, de esas que molestan cuando golpean en la cara. Mi habitación, se encontraba en casa de mi abuelo, ya que en la de mis padres solo había 2: la de ellos y la de mi hermana. Tome la decisión de “mudarme” porque estaba arto de dormir en el comedor (hacia 6 años que lo hacia), y aunque no me atraía para nada estar con mi abuelo, al final me decidí. Y digo me decidí por que la convivencia con él seria un tanto complicada. Nunca me lleve bien con él. Alemán, natural de la ciudad de Dortmund, su autoritarismo parecía el de un oficial de la GESTAPO, cosa que una vez se lo mencione y me propicio una bofetada que me dolió durante una semana. A pesar de sus 81 años y que padecía una enfermedad renal, conservaba una fuerza poco común en un hombre de su edad. Además que su altura, de unos 1.88 metros, intimidaba a cualquiera que se la acercase.

La habitación, amplia al igual que toda la casa, fue construida a mediados de la década del ’30, y comprada por mi abuelo al llegar en 1946 después de la guerra. Solo yo le di un toque de “modernismo” bajando los techos y decorándola un poco más acorde a la época. A esto mi abuelo no puso objeción alguna, salvo que me advirtió que por nada del mundo cambiara o quitara el piso, un piso de parque lustrado, tan lustrado que uno podía verse reflejado. Nunca entendí por que, pero no me importo. Al fin y al cabo tenia una habitación para mi solo.

 

Pero ese día de otoño, no se porque vinieron a mi mente sus…”por nada del mundo cambies o quites ese piso”…”por nada del mundo…por nada del mundo”… ¿Qué tenia ese piso de importante? Era tan común como cualquier otro…o no? Con esa frase retumbando en mi cabeza decidí hacer algo que me marcaría de por vida. Me levante de mi cama, y empecé a observarlo con detenimiento. Un rincón, nada raro, otro rincón, tampoco. Recordé como hacían en las películas, y comencé a golpear cada parte del mismo.

Toc, toc, toc, nada…maldita sea. Me dije: ¿que diablos estoy haciendo? Soy un idiota, pensé. ¿Que iba a descubrir? Acaso un tesoro? Un cadáver? Por un momento renegué de mi tarea. De pronto me acorde…

Había una parte donde se encontraba un viejo mueble empotrado en la pared. Poseía el mismo piso que toda la habitación. Abrí la puerta y comencé a sacar cada una de las cosas que tenía guardadas durante todo ese tiempo. Una vieja bicicleta, ropa de antaño, carpetas con papeles ya de color marrón debido al tiempo, libros, en fin toda clase de cachivaches. Esta tarea por cierto me robo 25 minutos de mi vida. Pero esto no seria nada en comparación con…

Al verlo vacío de todas esas porquerías me di cuenta de que era bastante grande, por lo menos de 1.50 por 2 metros. El piso, a diferencia del resto, se encontraba bastante descuidado, producto de la humedad y de la falta de lustre. En un rincón una araña se escondía al ver mi presencia.

Comencé nuevamente con mi tarea. Toc, toc, tum, tum…El sonido a hueco me produjo dos sensaciones juntas: de triunfo, si se le podía llamar así, y miedo. Pero, ¿miedo a que? Me acerque y me di cuenta que en uno de los extremos salía una leve brisa, además de un olor a humedad que me provoco nauseas.

¡Que estas haciendo!...

El susto fue tal que sentí por un momento que mi corazón se paro.

Nada…solo estaba ordenando un poco abuelo- Su mirada parecía nerviosa, haciendo que los ojos bailasen de un lado a otro.

Esta bien- Pero pon todo en su lugar-

No tardes mucho que necesito que compres unos medicamentos-

Si abuelo-enseguida acomodo todo-

Salio balbuceando algo que no llegue a entender, seguramente algo en alemán, como solía hacerlo cuando se enfadaba.

Acomodar todo nuevamente en su lugar me tomaría mas de lo que me costo sacarlo…¡Maldición!

Tendré que dejarlo para otro día, pensé.

Pero la emoción y la intriga eran más fuertes que yo. Tenia que continuar a como de lugar.

Así que me arriesgue a dejar todo como estaba…cerré la puerta con llave y salí.

En el camino a la farmacia, mis únicos pensamientos rondaban en ese pequeño espacio de mi habitación. Ahora sí, pensaba, que podría haber un tesoro o un….cadáver. ¡Otra vez con mi imaginación! Basta no puede ser…

Estaba tan concentrado en mi “futuro hallazgo”, que no me percate que la llovizna se había convertido en lluvia torrencial. Al darme cuenta de que no tenia paraguas, me refugie bajo un toldo de lo que una vez fue un video club, ahora clausurado por la municipalidad. Dijeron, o más bien se corrió el chisme, que traficaban con droga, la cual metían en las cajas de los vídeos.

 

Después de estar parado unos 10 minutos bajo ese ya deslucido toldo, la lluvia amaino lo suficiente para que siguiera camino a la farmacia.

Al entrar me recibió un aroma a medicamentos caducos, propio de una farmacia vieja, tan vieja como su propietario, el señor Guzmán.

Con casi la edad de mi abuelo, así lo calculaba yo, tenía los rasgos de un cadáver en pleno rigor mórtis. Su cara, blanca como el delantal que llevaba, mostraba el cansancio en toda su plenitud. Sus ojeras casi llegando hasta el piso, hacían imposible verle los ojos.

Buenos días- dijo esbozando una sonrisa forzada.

Buenos días señor Guzmán-

Hacia rato que no te veía por aquí- ¿Cómo esta tu abuelo?

Bien, creo-

¿Sigue tan cascarrabias como siempre?-

Ya sabe como es él- no creo que cambie-

Si es verdad- desde que lo conozco que es así-

Supongo que es por la guerra-

Mi expresión cambio de golpe.

¿Qué guerra?- dije sorprendido-

¿Como? ¿Es que acaso no sabes?-

¿Saber que?-

Nada, nada-

No me hagas caso- Solo soy un viejo hablador que no sabe lo que dice.

Toma los medicamentos para tu abuelo-

En ese momento iba a exigirle que terminara la conversación que empezó, pero entro un cliente…

Buenos días doña María…-

Me dejo con las palabras en la boca.

Al salir, la lluvia había cesado.

En mi cabeza, una confusión mezclada con dudas e interrogantes, daba vueltas como una bandada de pájaros revoltosos. Medio mojado, llegue a la casa dispuesto a preguntarle a mi abuelo de que estaba hablando el señor Guzmán con eso de “la guerra”. Hasta donde yo sabia, y según lo que me contó mi padre, él huyo con su esposa de esa guerra y se radico aquí en la Argentina, donde luego nacería mi progenitor.

Deje los medicamentos sobre la mesa, y molesto por la situación, me dirigí a su cuarto.

Abuelo-…

¿Puedo pasar?-

No oía respuesta alguna…

Seguramente salio, me dije.

¡Salio! ¡Eso es perfecto!

Corrí hacia mi habitación, y para mi sorpresa estaba abierta…

¿Abierta? Pero como si la cerré con llave. No puedo estar loco…Al entrar, sentado en mi cama estaba él. Mi parálisis fue completa. Sus ojos estaban clavados en mí como 2 cuchillos afilados y listos para cortar lo que se interpusiera a su paso. En ese momento olvide todo. La guerra, al señor Guzmán, las dudas, los pájaros en mi cabeza, todo…

Dos cosas-

Primero: ¿Por qué no ordenaste como te dije? Segundo: ¿Por qué estaba cerrado con llave?

Sabía que cualquier excusa no serviría de nada. Solamente pude decir: no me di cuenta-…

Puedo creer solo una parte de lo que me estas diciendo-

Pero no darte cuenta de que cerraste con llave, eso si que no-

Trague saliva, que pareció una piedra pasando por mi garganta.

Lo siento abuelo, es la pura verdad-, le dije, tratando de sonar lo mas creíble…

Termina con esto de una vez-

Salio sin decir más palabra.

¡Maldito viejo!, exclame por mis adentros.

Ahora no podría seguir…

Eran las 18.32, y mi mente divagaba. Por cierto no ordene nada, ni siquiera mis pensamientos.

 

Todo seguía igual, tal cual lo deje antes de ir a la farmacia.

De pronto algo interrumpió el silencio…

Era mi abuelo hablando con mi padre.

Salgo y vuelvo en unas horas-

Ten cuidado papa, no es conveniente que salgas de noche, y más solo-

Vaaa, tonterías- yo me se cuidar perfectamente…

No soy como el inútil de tu hijo, que ni siquiera es capaz de ordenar su cuarto-

El sonido de la puerta al cerrarse termino con la conversación.

¿Así que un inútil? Ya lo veremos viejo carcaman- dije. Pronto, y sin yo saberlo aun, se tragaría sus palabras. Decidido a todo, agarre mi linterna y me introduje nuevamente dentro del mueble.

Dirigí la luz donde anteriormente sentí esa leve brisa y pude ver, aun mejor que antes, un hueco.

Tome una de las tablas del parqué, y tirando con todas mis fuerzas logre romperle un pedazo. Ahora era aun más visible. Deslice la linterna al interior, pero para mi mala suerte se me resbaló y cayo dentro. ¡Puta madre!-

Levante otro tablón del parqué, tratando de agrandar un poco mas la abertura, pero fue imposible. Demasiado duro. Recordé que mi padre tenía una barreta, que usaba para trancar la puerta del altillo.

Sí, eso serviría para hacer palanca y destrozar esa madera que parecía hecha de un árbol petrificado.

Fui por ella. En el camino me cruzo con mi padre que me dice:

No hagas enfadar a tu abuelo- ya me comento el desorden que hiciste en tu cuarto-

Si papa- ya lo estoy ordenando- le escupí la vil mentira directo a la cara- ¡ja!

Oxidada completamente, la barreta era de acero sólido, debía pesar unos 5 o 6 kilos. Envolví uno de los extremos con un trapo, y me dispuse a continuar con mi tarea, que hasta el momento parecía la de un arqueólogo, porque no sabía que encontraría.

Sujete con ambas manos el “arma”, e hice palanca. El sonido de la madera, me recordaba al de un hueso cuando se quiebra. ¡Craksh! ¡Craksh!

El tablón entero cedió. Lo aparte hacia un lado, y vi por fin mis esfuerzos consumados.

Al parecer era como un cuarto pequeño. Bastante pequeño, pensé- No cabrían ni dos personas.

La linterna alumbraba un rincón. Baje y al hacerlo una de mis manos se apoyo sobre una astilla. El dolor recorrió todo mi brazo. No era momento para el dolor, había cosas más importantes. Saque la astilla de mi palma y seguí con mi tarea. El olor se hizo más fuerte aun. Una mezcla de humedad y suciedad me sacudió. Tome la linterna y…

¡¿Qué es esto?¡ Mis ojos no daban crédito de lo que veían…

¡Era un arsenal completo! Había armas de toda clase, en su mayoría pistolas alemanas Luger.

Las había visto en un documental en “The History Chanel” que hablaba de la segunda guerra mundial.

Estaban sobre un viejo y mohoso escritorio, cubiertas por una fina capa de polvo y telaraña. A pesar de los muchos años que estarían guardadas, más bien escondidas allí, se conservaban en perfecto estado. Colgados en un borde, 10 rifles, dos de francotirador. Cubiertas por una sabana, 6 cajas con granadas de mano, 8 cajas de balas, seguramente serian para Luger, y 2 con cartuchos de escopeta.

¿Qué hacia esto aquí? ¿A quien pertenecía? ¿Sabría mi familia?

Mis manos comenzaron a temblar. Un sudor frío recorría mi frente.

Retrocedí y tropecé con unas de las cajas. Al caer vi que debajo del escritorio se encontraba una especie de cofre metálico. Estaba cerrado con un pequeño candado. Ahora la curiosidad era más fuerte que mi apuro por salir. Lo saque, y haciendo lugar, lo apoye sobre el escritorio. Agarre una de las viejas Luger, y di un culatazo al candado. Se partió en mil pedazos que saltaron por todas partes. Me tome mi tiempo para abrirlo, pensando que podía encontrarme con el horror. Y no me equivocaría…

 

Estaba repleto de documentos y papeles, que según las fechas, databan de la década del ‘40. No entendía bien, ya que estaban en alemán. Pero sí pude notar que en varios de ellos se encontraba el nombre de mi abuelo: Franz Kolbe, junto con su firma.

Pero había algo más.

Una agenda con una tapa de cuero gastada, que mostraba en el centro un dibujo. Mas bien una insignia. ¡Dios santo! ¡No puede ser! Era la, la, la…

¡La esvástica nazi! Deje caer de mis manos lo que a mi entender tenia el símbolo de la muerte, del sufrimiento, del dolor, de…

Quede en estado de shock al menos durante cinco minutos. Al volver a la realidad, comprendí que tenía que huir ya mismo de ahí. De ese espantoso y siniestro lugar. Acomode todo nuevamente, la Luger, el cofre, las cajas y salí. Solo me lleve la agenda…

Tire las porquerías nuevamente dentro del mueble sin tener el menor cuidado, pero tratando de tapar el hueco del “infierno”, para que nadie se de cuenta de su existencia. Aunque imagine que alguien sí sabía.

Mire el reloj. Marcaba las 20.47, al ritmo de un tic tac continuo. Me asegure de que no hubiera nadie, y cerré la puerta con llave. Sentado en mi cama, presentía que en esa agenda obtendría varias respuestas y quien sabe que mas…

La portada solamente tenía una fecha: 15 de agosto de 1941.

Lo que tenia en mi poder era en realidad un diario escrito por mi abuelo, para mi suerte (si así se le pude llamar), en castellano.

Al menos no tendría que perder tiempo traduciéndolo-, me dije.

Mis confesiones, por Franz Kolbe- se titulaba en su primera hoja…

Con estas líneas no pretendo mostrar alguna clase de arrepentimiento.

Solo cumplía con mis órdenes, nada más…

Desobedecerlas equivalía a un mes en el calabozo y mi puesto como capitán de tropa.

Y ni que hablar si eran ordenes directas.

Muchos pensaran que soy un monstruo…no los culpo. Cualquiera me definiría de esa forma, hasta yo mismo. Pero lo que hice ya esta hecho. No hay manera de remediarlo, aunque quiera.

Solo puedo escribirlo, contarlo tal y como paso. Y si alguien encuentra este diario, que sepa comprenderlo. Para ese entonces ya estaré ardiendo en el infierno…

2 de octubre de 1939

La noche es demasiado fría. Debe haber unos siete u ocho grados bajo cero. Los perros en sus jaulas van y vienen, como queriendo entrar en calor. Pero no es así. Están nerviosos por los prisioneros que marchan en círculos por hace mas de nueve horas.

Solo quedan tres pobres diablos. En el cuartel los soldados están haciendo apuestas sobre cuanto mas aguantaran. A pesar de que la nieve les llega a la altura de las pantorrillas, siguen en pie.

Pero no están haciendo más que alargar un poco su inevitable final. Se escuchan tres disparos.

Los soldados pierden su apuesta…

6 de octubre de 1939

Hoy por la mañana me llego un telegrama del alto mando informándome de una situación acontecida en Ravensbrueck.

 

Parece ser que cinco reclusos escaparon durante la noche cavando un túnel debajo de una litera.

Son tres americanos y dos polacos. Mis ordenes eran capturarlos vivos o muertos.

Me preguntaba como era posible que estos hombres pudieran escapar de uno de los campos mejor vigilados. ¿Es que acaso eran unos inútiles? ¿Como no chequeaban sus sucias cabañas?

Capturarlos vivos suponía trasladarlos de regreso nuevamente hasta Auschwitz, si es que habían llegado muy lejos. Así que…

10 de octubre de 1931

¡Esos malditos! Nos tuvieron en vilo durante catorce horas. Los muy astutos encontraron un escondite debajo de un puente que habremos pasado por lo menos una docena de veces. Creyeron poder aguantar. Uno de los polacos cayó al no poder sostenerse de una de las vigas situadas en un extremo.

La caída fue de unos 13 metros. Pero el estruendo fue aun más espectacular. Al menos nos ahorraría el trabajo a efectuar en los otros cuatro. El cuerpo (judío por cierto, así lo confirmaba la estrella en su camisolín), parecía el de un títere. Quedo hecho pedazos. Consideraba mentira que eso haya sido un ser humano.

Los otros convictos se encontraban en un estado de miseria total. Sucios y desnutridos al extremo,

Confesaron haber escapado por un túnel hecho con palas improvisadas.

Los interrogamos para saber si había más cómplices, a lo que se negaron a responder. Parece que su lealtad valía más que sus vidas. Ni siquiera las torturas, los doblegaron.

Los llevamos hasta un pequeño descampado, a un kilómetro y medio. Arrodillados los cuatro, cada uno rezaba una plegaria a su dios. Di la orden y todo termino.

22 de marzo de 1940

Tras bajar del tren que los llevaba a las puertas del campo, las prisioneros eran desvestidos y desposeídos de sus objetos de valor, sus cabellos eran rapados (con ellos se confeccionaba parte de la vestimenta del personal de los U-Boote) y eran conducidos directamente a la cámara de gas, creyendo que iban a ser desinfectados. Los dientes de oro eran arrancados a los cadáveres; anos y vaginas eran explorados en busca de objetos de valor escondido. Los cuerpos eran rápidamente quemados en hornos; de ellos se aprovechaba también para hacer jabón, engrasantes y otros sub-productos. Significado de los nombres

Todos enemigos raciales del régimen: comunistas alemanes, socialistas, social demócratas, romas (gitanos), testigos de Jehová, homosexuales, clérigos cristianos, y personas acusadas de comportamiento “asocial” o anormal. Muchos otros llegaban muertos. Debíamos bajarlos y apilarlos para luego enterrarlos. Los vagones apestaban.

También debíamos hacer selección de reclusos, a pedido del doctor Josef Mengele. Estos eran enviados directamente a Auschwitz donde hacian diversos experimentos.

Dentro de todos sus supuestos "experimentos", Mengele tuvo un interés particular por los gemelos. Éste nacía en las influencias inculcadas por Otmar von Verschuer y Ferdinand Sauerbruch del Instituto Kaiser Wilhelm de Genética y Eugenesia, donde se embebió de los conceptos de herencia y raza pura y el problema judío era el núcleo de las discusiones. Dentro de éstas discusiones, los gemelos tenían un rol fundamental para poder comprender y experimentar con ellos las diversas teorías pseudocientíficas acerca de la raza superior. Cuando supo que Auschwitz era su destino, no pudo ocultar su satisfacción, pues el campo de concentración era para él un laboratorio lleno de ratas judías con las cuales podría llevar a cabo sus investigaciones. A partir de 1943 los gemelos detectados fueron ubicados en un recinto especial y eran tratados con mayores consideraciones que los demás internos del campo. Gracias a esto se transformó en un grupo privilegiado, considerando el trágico destino que tuvieron la mayoría de sus familiares. Casi todos los "experimentos" de Mengele carecían de valor científico, pese a lo cual fueron financiados con miles de millones de marcos. Éstos incluyeron:

 

Intentos de cambiar el color de los ojos mediante la inyección de sustancias químicas en los ojos de niños;

Amputaciones diversas y otras cirugías brutales;

Un intento, en al menos una ocasión, de crear siameses artificialmente mediante la unión de venas de hermanos gemelos (la operación fue un fracaso y el único resultado fue que las manos de los niños se infectaron gravemente).

Las personas objeto de los experimentos de Mengele, en caso de sobrevivir al experimento, fueron casi siempre asesinados para su posterior disección.

Una de las brutales costumbres de Mengele consistía en extraer los ojos a sus víctimas y colocarlos en una pared como un muestrario de las variedades heterocromas que existían. Intentó también por la vía química cambiar el color de pelo de los internos mediante la aplicación de dolorosas inyecciones subcutáneas y en algunos casos realizó castraciones y experimentos en la médula espinal dejando paralizados a los intervenidos. En cooperación con otros médicos, Mengele intentó también buscar un método de esterilización masiva; muchas de las víctimas fueron mujeres a las que se les inyectaba diversas sustancias, sucumbiendo muchas de ellas o quedándose estériles en muchos otros casos.

En otras ocasiones realizaba experimentos sumergiendo en agua helada a internos fuertes para observar sus reacciones ante la hipotermia. También cooperó con su contraparte de la aviación, el médico Sigmund Rascher de la Luftwaffe, en algunos experimentos donde sometían a prisioneros a cambios de presiones extremas, los que conducían a la muerte de las personas en medio de horrorosas convulsiones por excesiva presión intracraneana. Rascher fue el equivalente de Mengele en el campo de la experimentación con humanos, pero con fines militares. Su perversión anduvo a la par con este último, pero su historia y final fueron muy distintos.

Mengele también realizó experimentos con gitanos y judíos que tenían enfermedades hereditarias de enanismo, síndrome de Down, siameses y otras afecciones e incluso con mellizos, diseccionándolos vivos y sumergiendo luego sus cadáveres en una tina con un líquido que consumía las carnes, dejando libres los huesos. Los esqueletos eran enviados a Berlín como un macabro muestrario de la degeneración física de los judíos. Mengele llegó a tener una colección particular de condenados especialmente escogidos para servir en sus ensayos, el trato recibido no era peor que el de los condenados a las cámaras de gas. En 1944, Mengele deseaba un cambio: aunque estaba orgulloso de sus experimentos, pretendió ascender en el escalafón de las Waffen SS haciéndose evaluar por un inspector. El informe emitido por un coronel SS destacaba la personalidad, profesionalidad y celo del deber de Mengele, que lo ameritaban para un ascenso y un nuevo puesto. Sin embargo, por motivos desconocidos nunca se le reasignó desde Auschwitz.

 

Al ver las fotos, me dieron ganas de vomitar.

Mi mundo se derrumbaba con cada página que leía. No pude seguir…

Todo lo que me habían contado, todo lo que creí durante 17 años era mentira. Mi abuelo jamás había huido de esa guerra. Todo lo contrario, fue parte de ella y de la peor forma. Ahora comprendía todo.

Lo que me dijo el señor Guzmán, la advertencia de mi abuelo sobre el piso, la bofetada que me dio en una oportunidad, los documentos con su firma…todo cerraba.

Era nieto de un nazi. Un asesino. Llevaba en mis venas su sangre…

El reloj sonó 7.15 de la mañana. El dolor de cabeza era tal que sentía que moría. Tuve horribles pesadillas sobre campos de concentración, gente gritando y quemándose suplicando por sus vidas. Y yo me encontraba entre ellos esperando mi turno, mientras la imagen de mi abuelo aparecía por todos lados.

¿No vas a desayunar con nosotros Sebastián?-

No mamá. Voy a llegar tarde al colegio-

Si tienes tiempo de sobra-

¡Te he dicho que no!-

¡Cuidado como le respondes a tu madre!-

Lo siento papa- no tuve una buena noche-

Discúlpame mamá no quise gritarte-

¡Estos jóvenes de hoy no tienen disciplina!- acoto mi abuelo.

Si fueras mi hijo ya te habría dado una buena tunda-

O me matarías de un tiro en la cien con tu pistola, hijo de puta-pensé.

Le clave la mirada mientras salía, una mirada de odio y de asco. No se si se dio cuenta, pero no me importaba. Me hubiera gustado gritarle en la cara por todas las aberraciones que cometió. No era el momento, no todavía…

En el camino a la escuela me encontré con mi mejor amiga, Ángela.

¿Qué te sucede Sebastián?- no te veo bien-

Nada, no pude dormir bien solo es eso.

Mira que te conozco y esa no es cara de dormido-

Es en serio, no me pasa nada…-

No te creo, pero en fin…-

¡Si supiera!

El timbre anunciaba que eran las ocho. Cientos de estudiantes se agolpaban en las puertas de las aulas.

Los envidiaba en cierta forma. Ellos seguramente no habrán descubierto, lo que yo en mi casa. No eran parte de una familia donde uno de sus miembros mato a quien sabe cuantas personas.

Hijos o nietos de un genocida. No, no lo creo.

El día en el colegio parecía interminable. Los minutos eran días y las horas años.

Solo pensaba en lo que descubrí el día anterior. ¿Y en que otra cosa podía pensar?

Sebastián Kolbe-

¡Sebastián Kolbe!

¿Es que acaso esta sordo señor kolbe?- estoy pasando lista, diga presente-

Lo siento señorita Valerio-

Despierte de su sueño señor Kolbe-

Las risas inundaron el aula.

¡Ojala estuviera soñando! Pero no era así. Era la pura realidad, y tenia que enfrentarme a ella. Sea como fuere debía hacerlo.

Faltaban quince minutos para salir, y estaba en medio de un dilema. Primero, podía volver a mi casa y fingir que no paso nada o tomar cartas en el asunto.

De repente algo me ilumino. ¡El señor Guzmán! Si por supuesto. Sabía algo que no me quiso decir el día anterior en su apestosa farmacia. Esta ves tendría que terminar con aquella conversación, si o si.

 

Me desvié de mi rumbo habitual, enfilando hacia el negocio para tratar de sacarle información al viejo. Unos metros antes de llegar me di cuenta de que estaba cerrado.

¡Pero claro si es miércoles! El señor guzmán nunca abre los miércoles. Tendría que esperar hasta mañana. Camino a casa, recordé que muchas veces se juntaban varios vecinos en el club del barrio a jugar a las cartas, y el señor Guzmán era uno de ellos. Como quedaba de paso decidí ir. No perdería nada con probar.

A esto ya eran las doce y cincuenta.

“Bienvenidos al Cuba”, anunciaba la entrada del club. El dueño, no daba crédito de lo que decía su cartel. Su cara larga hasta el piso le daba a entender a uno que mientras mas pronto se largara uno mejor. En una esquina, una vieja mesa de pull donde jugaban o trataban de jugar 2 chicas. Al lado un mete gol en el que alguna vez participe de “campeonatos” con mis amigos. Y mas adelante la cancha de fútbol, en la que nadie quería entrar a jugar por su lamentable estado. La mayoría de las baldosas estaban levantadas y caer en ese piso rasposo no era para nada recomendable.

Buenos días-

¿El señor Guzmán esta aquí?

Esta arriba, jugando a las cartas-

Gracias-

Pero no puedes subir-

Solamente le traigo un recado, es un segundo-

Pero solo un segundo, luego bajas-

OK-

No creo que llegara a tardar un segundo si podía convencerlo de hablar. Así que tenía que sacarlo de allí. Mientras subía por los catorce escalones idee un plan…

El lugar era una verdadera nube de humo, provocada por los cigarros. Se hacia difícil creer que algo o alguien podía aguantar estar allí. En una mesa se encontraban el señor Guzmán, Victorio Nuncio el ferretero y 2 tipos más que no conocía. Seguramente no eran del barrio. Aparentemente estaban muy compenetrados en su juego, se les veía en sus caras. Ni se percataron de mi presencia hasta que dije: ¡buenos días!

Sebastián, ¿Qué haces aquí?- dijo el señor Guzmán.

Necesito hablar con usted-

Ahora no puedo, estoy en medio de una partida y esta es mi mano-

Tiene que ser ahora, se trata de mi abuelo-

¿Qué le pasa? ¿Esta mal?-

No le puedo decir aquí-

Me estas asustando…-

Solo acompáñeme, no le tomare mucho tiempo-

Eso si lograba que me diga lo que yo quería escuchar.

Más vale que sea algo importante…

Ya lo creo que si, ya lo creo-

Enseguida vuelvo, dijo a sus contrincantes que se mostraron descontentos por la situación.

Hasta ahora iba todo bien. Logre sacar a Guzmán del club, pero todavía faltaba lo mas difícil.

Bajamos y nos sentamos en una de las mesas del bufete.

Bueno Sebastián, tu dirás- soy todo oídos-

Lo mire fijamente, hice una pausa y comencé…

Dígame señor Guzmán, ¿usted cree en el mal? Digo, ¿cree que alguien pueda cometer las peores atrocidades sin ningún cargo de conciencia por pura maldad?

Su cara palideció, aun más de lo que ya la tenía.

¿Qué tiene esto que ver con tu abuelo?-

Solo contésteme lo que le pregunte-

Mira hijo en mi vida he visto cosas que no se si tu veras, y te puedo asegurar que si te las cuento se te pondría la piel de gallina-

¿A sí?, dije.

Ahora dime que tiene esto que ver con tu abuelo-

No se haga el que no sabe- Tendré diecisiete años pero no soy un idiota.

 

Ayer cuando tuvimos esa conversación usted menciono algo sobre mi abuelo. Dijo textuales palabras “debe ser por la guerra”. Ahora no sea usted el idiota y dígame lo que sabe-

Eres un insolente. Como te atreves a hablarme así-

Atino a levantarse, pero lo detuve tomándolo del brazo.

Siéntese ahí Guzmán si no quiere que vaya con la policía-

No se de que hablas- Ahora suéltame que me estas lastimando-

Sabe algo sobre mi abuelo, ahora dígamelo-

Esta bien, pero no aquí- Nos pueden oír-

Con esas palabras logre mi cometido. Ahora tenia que hablar, no le quedaba otra.

Vamos para mi casa-, arguyó. Mi reloj para entonces marcaba la una y veinte.

Llegamos a nuestro destino, y antes de entrar me dijo:

¿Estas seguro de querer escuchar lo que te voy a contar?-

Claro, dijo esto sin saber lo que yo había descubierto el día anterior.

El pasillo de la casa era interminable. Calculo que tendría por lo menos unos cuarenta metros de largo.

Al fondo se lograba ver la casa, de estilo colonial, pero bien conservada.

Era inmensa, incluso más grande en la que yo vivía. En el frente dos pinos tan grandes como la casa, hacían guardia como dos soldados inmóviles. Ni el viento movía sus gruesas ramas.

Al abrir la puerta un sonido de rechinido me hizo dar escalofríos, al mejor estilo de película de horror.

Lo mas sorprendente cuando entre fue ver un cuadro de la señora Elvira Guzmán, fallecida hace dos años por un cáncer terminal. Su rostro mostraba tristeza, como si se hubiese negado a que la pinten.

Pasa, ponte cómodo-

¿Quieres un refresco?-

No, gracias-

¿Seguro?-

Si, seguro no tengo sed-

Yo si necesito un trago-

Se dirigió hacia un armario y saco un vaso y una botella de whisky “Criadores”, a la que le quedaba ya muy poco. Se sirvió, y lo tomo de una sola vez.

Esperaba que dijese algo, pero estaba como ido, fuera de sí. Como si el whisky le hubiera quitado el sentido del habla. De pronto…

Hace unos cincuenta años tu abuelo llego de Europa sin un centavo en los bolsillos y dispuesto a empezar una nueva vida, dejando atrás su pasado. Al tiempo de estar aquí nos hicimos muy buenos amigos. Recuerdo que le costo bastante adaptarse a las costumbres nuestras. Pero al tiempo se gano mi amistad y la de muchos otros aquí en el barrio. Conoció a la que fue tu abuela y se casaron al poco tiempo. Nos contaba historias del viejo continente, anécdotas y esa clase de cosas. Pero una noche de borracheras en el club nos confeso a mi y a un amigo su verdadera historia. Al principio no le creí, pensando que solo decía estupideces por los efectos del alcohol.

Me hubiese gustado que sea así. Pero me mostró una foto que me helo la sangre…

¿Acaso es esta foto?-

Saque de mi mochila la fotografía que estaba en el diario, la cual mostraba un remolque repleto de cadáveres apilados como si fueran bolsas de basura.

¿De donde sacaste esto?-

Eso no importa, solo dígame si es la fotografía que le enseño mi abuelo-

La misma-

La tomo en sus manos por tres minutos por lo menos sin decir ni una palabra.

¿Sabe lo que no me explico señor Guzmán?-

¿Cómo puede ser que después de lo que le contaron no informo a las autoridades?

 

Era y es amigo de un genocida. En ese tiempo no se como seria la cosa, pero ahora mi abuelo tendría que ir a juicio político y ser extraditado-

¿Es que acaso usted también odia a los de otras etnias?-

Seguía en silencio, inmutable. Sabía que no iba a decirme mas nada. Así que tome mis cosas y me dispuse a irme.

Adiós señor Guzmán-

No se preocupe en acompañarme, se el camino-

Espero que Dios lo perdone-

Me jure nunca volver a esa casa y mucho menos a tener alguna clase de trato. Consideraba que era tan culpable como mi abuelo. Porque cosas como esa no se deben callar ni ocultar. Hay que remediarlas de alguna manera, si se puede decir así.

Al salir mire el reloj. Las dos y treinta. ¡Las dos y treinta!

Me apresure a llegar a mi casa. Seguramente mi madre estaría preocupada. Sabía que me esperaba un sermón.

No termine de abrir la puerta de la casa que se me aparece él. Digo él porque ya no lo consideraba de mi familia. No era nada.

¿Dónde te has metido?-

¿Es que acaso no sabes la hora que es?-

Debías de estar aquí hace ya más de dos horas-

Eso a ti no te importa-

Si le tengo que dar explicaciones a alguien, es a mis padres-

¡Como te atreves a hablarme así!-

Esquive la bofetada, que me paso por unos centímetros de la cara. Pero no pudo hacer lo mismo con mi puñetazo. Fue directo al estomago.

Sin aire, cayo al piso insultándome con toda clase de groserías que creo hasta el momento nunca había pronunciado.

¡Esto lo sabrán tus padres!- Ya lo veras-

Claro que si- Vamos a ver que dicen cuando les muestre esto-

Saque el diario y la foto y los arroje al piso.

¿Así que capitán Franz Kolbe?-

Se tu secreto que guardaste durante todos estos años-

Y ahora es el momento que pagues por los crímenes que cometiste-

¡Tú no sabes nada!, exclamo-

No estuviste allí, no lo viviste en carne propia-

Tenia que cumplir con mi deber-

¿Matar a sangre fría a personas inocentes es cumplir con el deber?-

Me das asco-

Iré con la policía, tengo pruebas suficientes para que te encierren por lo que te queda de vida-

No, no lo harás-

Se incorporo, y se dirigió hacia la casa a toda prisa-

No te servirá de nada querer escapar-

Te encontraran donde quiera que estés-

No te preocupes, adonde voy no me encontraran-

Haciendo un movimiento rápido, se metió en mi cuarto y se cerró con llave.

Intente impedirlo pero fue muy rápido.

Dentro escuchaba ruidos, como si…

¡Estaba entrando en el escondite!

Empecé a darle patadas a la puerta, pero fue en vano. La puerta de madera reforzada no cedería.

No podrás entrar, dijo- La vos se escuchaba apagada, seguramente porque estaba ya debajo.

No se lo que intentas abuelo, pero no lo hagas.

No respondía. Hubo silencio por unos minutos, hasta que decidió hablar.

Tengo que reconocer que fuiste muy astuto-

Creí que nadie lo descubriría-

Ni tu padre, que durmió tantos años aquí pudo encontrar esto-

Nadie-

Pero cometiste un error Sebastián-

¿Qué es lo que dices?-

Si, cometiste un error garrafal-

No debiste tocar nada-

Ahora tus huellas están por todos lados, incluso en el arma que ahora tengo en mis manos-

A si, mi vieja Luger-

¿Te gusto verdad?-

¿Sabes a cuantos mate con ella?-

Creo que perdí la cuenta-

Pero te aseguro que son muchos-

Como son las cosas Sebastián-

Sabes, sin quererlo tú también dispararas esta pistola-

A mi ya no me queda nada-Mi enfermedad ya esta avanzada-

Pero a ti te queda mucho por vivir-

Fue entonces que abrió la puerta. Parecía contento, como si triunfara. Me miro y gesticulo una sonrisa macabra.

Adiós Sebastián-

El disparo llego un segundos después…

Ya pasaron seis largos años desde aquel día en que mi vida cambio para siempre.

Pero hoy estoy contento. Mis padres y mi hermana vienen a visitarme al instituto. Los espero con ansias, ya que hace un mes que no los veía.

Mientras tanto escribo estas líneas, al menos esperando que me crean.

Y si no es así, entones como dijo alguna vez mi abuelo, ya estaré ardiendo en el infierno…

El Autor de este relato fué Diego Armas , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=12721&cat=terror (ahora offline)

Relatos cortos terror Terror General El secreto Kolbe

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Cada vez que me preguntan por que lo hice, habría sobradas razones para excusarme, o más bien para impugnar el hecho, como algunos me culpan, cometí. Siempr

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2020-09-17

 

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