Relatos cortos terror Terror General Su última noche

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Su vida había empezado allí donde iba a terminar; entre los cursos de agua que hoy llaman el Navelgas y el arroyo del Yerbo, allí donde el único rey capaz de gobernar era la propia naturaleza, y el paso de Cernnunos aún holla los senderos abiertos por los animales.

Padern, que había pasado gran parte de aquella vida buscando oro en las riberas de aquellos ríos, tenía ahora cuarenta y tres años. Más que suficientes para considerarse casi un anciano, sobre todo si la mayoría de ellos se pasaban trabajando. Nunca se había casado, ni había tenido hijos, ni había construido un hogar. Nació allí, viajó en su juventud por todos las territorios hasta el mar, y por las montañas del norte y el oeste, y había vuelto a su tierra para vivir, modestamente, del mineral extraido del río.

Era una buena vida, y Padern era feliz con ella.

En ocasiones, al menos una noche en cada plenilunio, el buscador montaba a Gael, su caballo zaino, y se acercaba a alguna de las aldeas cercanas para comprar provisiones. Otras veces, como aquella última noche de su vida, caminaba hasta la aldea, se sentaba en la taberna y gastaba una o dos pepitas en invitar a los parroquianos. A cambio, conocía las últimas noticias –quién había muerto, quién había tenido un hijo, quién tenía una vaca nueva o había perdido la cosecha-, ganaba un poco de contacto humano y recordaba que no era un lobo solitario, sino un hombre.

Cuando se emborrachaba lo suficiente, que era casi cada vez que iba a la taberna, solía acabar contando historias de fantasmas, junto a los otros mayores del lugar. Mientras los jóvenes pagaban las siguientes rondas, para mantener húmedas las lenguas de los cuentacuentos, ellos desgranaban historias de su juventud, repetidas una y mil veces, en cada ocasión más exageradas y espectaculares. La preferida de Padern era la de la yegua Hoela, Kelpie para algunos y Nighmarë para otros, que transportaba las almas de los difuntos hasta el otro lado del río de la vida, recogiéndoles y manteniéndoles mágicamente pegados a su lomo para que no se extraviasen y se convirtieran en fuegos fatuos; o la de Etain, convertida en mariposa por la celosa Fuanmach, que recuperó su forma humana al caer en la copa de la reina y ser tragada por ésta; la reina quedó encinta y así Etain volvió a nacer como mujer, aún más hermosa que antes.

Así transcurría la vida de Padern, tranquila y solitaria, sin más ambición que la de continuar inalterada.

El día en que supo que iba a morir, Padern salió de su cabaña a pie, como tantas otras veces, justo después de comer. Se dirigió al pueblo más cercano, apenas un par de horas de camino río arriba, saboreando de antemano el gusto de la bebida, la compañía y las historias junto al fuego.

A medio camino, un graznido procedente de las alturas le sacó de sus optimistas pensamientos. Alzó la vista para ver a un cuervo, tan negro que parecía la sombra de una sombra, cerniéndose justo sobre él. Miró hacia abajo, espantado, y se dio cuenta de que no arrojaba sombra alguna. Alzó de nuevo los ojos, mientras el cuervo graznaba otra vez, y echó a correr, espantado, sintiendo que un frío de tumba y granizo recorría su espalda.

Sólo se detuvo cuando, perdida la respiración, tropezó con una raíz y cayó de bruces al suelo.

“Morrigan, madre de la guerra y la muerte”, rezó en silencio, “no me lleves aún contigo, señora, no me lleves aún”.

Sentado en el suelo, buscando con la mirada al cuervo, retrocedió hasta que su espalda chocó con el tronco del árbol. Alzó la vista, distinguiendo las agujas de un pino sobre él, y respiró algo más tranquilo. Había nacido a finales del verano, poco antes del equinoccio, y el pino era su árbol espiritual. Si el cuervo era un mal presagio, haber encontrado el pino debía ser favorable, se dijo.

Pasó el resto del día en la taberna, olvidando el susto gracias a la compañía, la bebida y las sonrisas prometedoras de Gwenvred, la tabernera más rolliza y complaciente de toda la región.

La luna ya había recorrido la mayor parte de su camino cuando uno de los ancianos, un viejo herrero que había quedado manco por un accidente de su oficio, contó la vieja historia de la princesa Manfada y cómo, por su amor, el vedoreiro Tuba había destruido una ciudad entera con sus hechizos. Aquél cuento de muerte y encantamiento recordó a Padern su encuentro con Morrigan, y le quitó los ánimos necesarios par satisfacer a Gwenvred. Así que, al poco, abandonó la concurrida sala y tomó el camino de su cabaña, sintiéndose incómodo en compañía de otros hombres.

Se encaminó al encuentro de la muerte tratando de esquivar los malos presagios, de ignorar las historias sangrientas que esa noche teñían los muros de la taberna. Y, a una hora de su cabaña, la muerte le encontró.

Padern llevaba la cabeza gacha, lastrada por el peso de lúgubres pensamientos, y no la alzó hasta que el graznido del cuervo rompió el silenciosos paño de la madrugada. Y al hacerlo, sus ojos se encontraron con los de un hombre, embozado de rostro y vestido con una túnica corta, de paño basto y pobre, con más retales que tienda de gitana, que sujetaba en la mano derecha una espada corta, tan mellada y carente de brillo que más parecía de madera. Cuando el hombre se acercó y apoyó el filo en su cuello, empero, Padern estuvo bastante seguro de que era un arma real y peligrosa.

-Llévame a tu cabaña, viejo –ordenó el ladrón con voz ronca- y dame el oro que allí guardas.

Padern no era un idiota, pero tampoco era un hombre valiente. Sabía que, de negarse, el hombre le mataría allí mismo y se llevaría su bolsa, o sus calzas si no encontraba otra cosa de valor. Quizá, si le llevaba hasta la cabaña y le entregaba el exiguo tesoro que guardaba allí, el hombre le dejaría vivir. Sólo era una posibilidad, pero era lo único que tenía, así que obedeció sin atreverse ni a hablar y siguió caminando, seguido de cerca por el ladrón.

De pronto, recordó algunas de las historias que había oído aquella noche. No las historias de dioses antiguos y héroes del pasado, sino las noticias sobre sus vecinos y conocidos. En las últimas seis semanas, dos cazadores habían desaparecido en los bosques, y también se echaba en falta a otro viejo buscador de oro, un antiguo amigo de Padern a quien no se veía por el pueblo desde hacía, al menos, una luna completa.

Padern ató cabos rápidamente. Aquel hombre que le seguía, hierro en mano, aquel ladrón, aquel asesino, robaba y mataba a los hombres solitarios y luego se deshacía de sus cuerpos, tal vez arrojándolos al río o tal vez ocultándolos en el bosque, en los dominios del eterno Cernnunos. Blog sobre Ajedrez

Y eso haría con él. Eso haría con él, hiciese lo que hiciese. Ya se veía su cabaña a lo lejos, y Padern no sabía qué hacer para escapar de aquella muerte cierta. Como confirmando sus negros pensamientos, el cuervo graznó de nuevo, llamando a la muerte.

Sin saber qué hacer para librarse del camino fijado por el destino, Padern siguió avanzando, mientras su silencioso acompañante le conducía, mediante suaves pinchazos con la espada en los riñones, hacia la cabaña. Aspirando el aire de la noche con fuerza, Padern tomó una decisión. No entregaría toda su fortuna a un asesino para que luego le matase. No señor.

Padern se detuvo a pocos metros, junto a la cerca que rodeaba su casa.

-¿Qué haces, viejo? –gruñó el hombre.

-El oro –murmuró Padern con un hilo de voz- está aquí.

Señaló uno de los troncos que formaban la cerca. Agachándose con lentitud, para no provocar una reacción brusca –y sin duda mortal para él- de su aprehensor, Padern desencajó el tronco. En su hueco interior, perfectamente camuflada, había una pequeña bolsa de tela, del tamaño de un puño, que contenía algunas pepitas y unas cuantas perlas de mala calidad, obtenidas en trueques anteriores. Las pepitas eran de baja calidad, aunque el bulto parecía mayor gracias a la pirita que un ojo inexperto confundiría con el oro.

-Bien, viejo –dijo el ladrón, arrebatándole el bulto mientras el cuervo graznaba por tercera vez-. Muy bien.

Se miraron a los ojos durante unos segundos. Padern vio la ineludible sentencia que ya el ladrón había dictado, y apartó la mirada de él. Sabía que ese gesto podría precipitar el ataque, pero no le importaba. No quería llevarse al otro lado la imagen de aquellos ojos vacuos y legañosos, del odio irracional que destilaban. Clavó su mirada en el río, sumergiéndose mentalmente en su murmullo, y esperó.

El relincho rompió el hechizo de muerte. El ladrón apartó sus ojos de Padern y miró al otro lado de la cerca, en el prado que rodeaba la casa.

-Es el caballo más hermoso que he visto nunca –murmuró con admiración.

Padern, que apenas podía creerse que seguía vivo, giró la cabeza. En el pequeño prado, una hermosa yegua de gran alzada y pelaje tan blanco que sonrojaría a la luna corcoveaba, lozana y ajena a los hombres, y paseaba su belleza, exhibiéndola ante el envidioso astro de la noche como si le desafiase a superarlo.

-Me lo llevaré también –dijo el ladrón -. Un viejo como tú no merece un animal como este.

Padern apenas pudo asentir con la cabeza, como si su opinión importase.

Con un ágil movimiento, el ladrón saltó el cercado. Avanzó hacia la yegua mientras guardaba la espada en una tosca vaina que llevaba a la espalda, y la bolsa de Padern en su faltriquera. Se acercó al animal muy despacio, sin que ella mostrase recelo alguno, y acarició su cuello. La yegua piafó y resopló, pero se dejó acariciar.

Padern, mientras tanto, no salía de su asombro. El ladrón montó a pelo, dejando escapar una risa ante el puro placer de cabalgar tan magnífico animal. Acarició el cuello de la yegua, conduciéndola con las rodillas en un suave trote, a un lado y a otro, a un lado y a otro, durante tanto tiempo que Padern llegó a convencerse de que se había olvidado de él. Decidió que era el momento de intentar huir, y se alejó despacio de la cerca. Había recorrido unos veinte metros cuando por fin se atrevió a echar a correr, esperando que el ladrón, demasiado ocupado con el caballo, no se percatase durante el tiempo que necesitaba para ganar la linde del bosque.

Y entonces, el cuervo graznó de nuevo.

-¡Vuelve! –gritó el hombre.

Padern corrió como un poseso, pero el ladrón, jinete de la blanca yegua, recortó la distancia rápidamente, interponiéndose entre él y la arboleda. Padern frenó por instinto, clavando sus talones en el suelo, y cayó sobre la espalda. El ladrón, con una sonrisa en los ojos, desenvainó de nuevo su espada.

Y el cuervo graznó de nuevo.

Padern vio cómo, con un gesto extraordinariamente lento, el ladrón se disponía a bajar de la yegua, alzando la pierna izquierda primero. Y vio, extrañado, que el simple gesto parecía costarle un esfuerzo increíble. Tras unos segundos, los ojos del ladrón expresaron desconcierto y, poco después, puro y simple terror. Ahora era evidente que trataba de despegarse del lomo de la yegua, pero por algún motivo que escapaba a la comprensión de Padern, no lo conseguía. La espada cayó de sus manos mientras luchaba por separarse del animal, y sus ojos se abrieron en un gesto de puro terror.

El cuervo graznó por última vez.

Como respondiendo a una señal, la blanca yegua soltó un breve relincho. Clavó sus grandes ojos castaños en Padern, que aún seguía tumbado en el suelo, y el viejo vio algo parecido al aprecio en aquellos ojos.

Después, mientras el ladrón se esforzaba por descabalgar, la yegua volvió grupas y se encaminó al río en un trote suave, casi juguetón. Padern se puso en pie, sin poder apartar los ojos de la yegua y su desesperado jinete. Llegaron a la orilla, pero la yegua no detuvo su trote. El hombre gritaba, gritaba presa de un terror incontenible, desbordado por lo incomprensible de su propia muerte, de aquella amenaza sin nombre que le llevaba más allá de la vida, hundiéndose poco a poco en las frías aguas.

Desaparecieron juntos, para no volver a salir. Padern se quedó mucho tiempo en la orilla, hasta mucho después de que las últimas burbujas desapareciesen. Hasta mucho después de que el oscuro trapo que sirvió de embozo al ladrón se alejase, arrastrado por la corriente.

Padern, aún incapaz de comprender, se dirigió a su casa. Con un gesto mecánico, inconsciente, sacó un segundo tronco hueco de la cerca, cogió la bolsa llena de oro que allí guardaba, y se acercó al pequeño establo donde descansaba su viejo Gael, el caballo zaino. Durante horas, durmió sobre la hierba seca, abrazado a las patas del tranquilo caballo.

El Autor de este relato fué MUF , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=12825&cat=terror (ahora offline)

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2021-06-25

 

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