Relatos cortos terror vampiros CAMINO A CASA

 

 

 

CAMINO A CASA

Ese día salí tarde del trabajo, con sueño y cansado.

Me encontró en la calle, la noche fría, lluviosa y oscura, pero únicamente me importaba llegar pronto a casa, por lo que el viaje en autobús me parecía una eternidad.

Veía pasar las calles inmutables, pues a esas horas hay pocas personas transitando y en especial con aquel clima que aumentaba mi añoranza por estar en casa.

Creo haberme quedado dormido a medio trayecto porque de pronto el viaje había terminado y sin darme cuenta estaba en la calle, bajo la fría lluvia, acompañada ahora por una espesa neblina que no permitía ver más allá de un metro. Sin más remedio empecé a recorrer los trescientos metros que me separaban de mi dura, pero tibia cama.

 

A medida que avanzaba, crecía en mí la sensación de no estar sólo: alguien me seguía, me observaba. La inseguridad ganó terreno en mi mente y en mi espíritu, y la adrenalina ahuyentó de mi el sueño y el cansancio.

Lo único que deseaba, ahora, era compañía. No me importaba quien fuera: hombre o mujer, joven o viejo; incluso me habría conformado con un perro o un gato; siempre y cuando fuera conocido, un amigo.

Me detuve junto a un arbolillo para liberar un poco mi vejiga, que amenazaba seriamente con reventar por la presión que desde tiempo atrás la agobiaba; durante el proceso aproveché para echar un vistazo al camino con la vana esperanza de que la perversa neblina se apiadara de mí, desvaneciéndose por un instante, el suficiente, para poderme encontrar con el tan anhelado compañero que me salvase de tan escalofriante viaje; pero la suerte, amiga por conveniencia, me había abandonado, como si temiese algo ( o a alguien). Ese pensamiento se confabuló con la neblina, la oscuridad y un sepulcral silencio para aumentar mis temores; que me tenían prisionero, condenado a la más profunda e inexpugnable demencia, (de la que pocos regresan íntegros).

No esperé a que mi vejiga terminara con lo suyo y continué caminando mientras me subía el cierre del pantalón, no sin dificultades, pues mis manos eran seres ajenos a mi cuerpo y pensaban por sí mismas jugando con el cierre, que se escabullía por entre los dedos , hasta que al fin, cansadas del juego, hicieron lo que yo quería.

Un sudor frío recorría mi cuerpo, mi respiración se había acelerado y no necesitaba un espejo para saber que mis ojos por poco saltaban de sus orbitas y mi rostro estaba pálido, más por el terror que por frío. Mi tórax se hacía pequeño para un corazón que luchaba, a muerte, por estar en otro lugar, en otro cuerpo.

Me obligué a dominar mi mente: cerré los ojos, respiré profundo, traté de pensar en un lugar seguro, de convencerme de que en el camino no había peligro; estaba solo, pero a salvo. Sentí mi corazón latir más despacio y hasta sonreí aliviado al pensar en lo estúpido que había sido al dejarme llevar por mi imaginación. Mejores Páginas de Contactos | Opiniones y Análisis 2023

Abrí los ojos y ese corto, pero placentero momento, se esfumó. Me quedé congelado.

Ante mí, había un ser. Un hombre, pero no humano: sus ojos resplandecían como los de un gato, ante los faros de un coche, justo antes de ser arrollado por éste. Esas dos brasas me llamaban, absorbían mi espíritu, me sentía flotar a través de un espacio vacío. Mi ser se descomponía en sus partes: por un lado mi cuerpo inerte, por otro mi alma atormentada y más allá mi espíritu quebrantado, alejándose entre sí cada vez más y más. Todos dominados por ese espectro infernal, aparición maldita, ruina de mi existencia…

La oscuridad (más que oscuridad, era vacío) era, ahora, total. No había cuerpo, no había alma. El tiempo se detuvo y comprendí, de algún modo, que estaba muerto. Me habían robado el alma, esencia de la vida. Mi cuerpo, usurpado por ese demonio, se rendía a sus negros deseos. Yo estaba en su mente, rodeado de malignos pensamientos, atormentado por implacables sentimientos de odio y rencor acumulados a través de muchos siglos. Soy testigo de innumerables historias: lo veo cuando era humano, veo su conversión y sus eternas noches de caza (no necesariamente para alimentarse), lujuria y maldad. Me veo a través de sus ojos: un saco de piel resguardando un montón de inútiles huesos. Se acerca a mi rostro. Mis ojos en los de él reflejan un vacío que ya nunca podrá ser llenado.

Su aliento putrefacto me quema la cara.

Siento calor, mi cuerpo hierve, lo siento: he regresado a él.

Me invade un placer ilimitado. Todos mis sentidos piden más, ¡exigen más!

Estoy a punto de un orgasmo, no quiero que se acabe. Me entregaría una y otra vez, con tal de sentir ese dolor tan especial, tan deseado.

El orgasmo se fue.

Mi corazón ha reiniciado su desesperado galope.

El despreciable ser ha posado sus asquerosos labios en mi cuello, pero no me besa: una nueva oleada de placer me asalta, pero es un placer perverso. Pocos lo han sentido.

Un demonio me posee. Lo veo ante mí. Conozco su historia. Lo siento adherido a mi cuello. Alimentándose de mí. Absorbiéndome. Renovándome.

Ahora somos iguales.

Somos amigos.

Somos vampiros.

(lo bueno es que ya no tendré que recorrer este camino solo)

El Autor de este relato fué Alvaro Jim%E9nez Vargas , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=11583&cat=craneo (ahora offline)

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Me encontró en la calle, la noche fría, lluviosa y oscura, pero únicamente me importaba llegar pronto a casa, por lo que el viaje en autobús me parecía un

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2020-04-27

 

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