Relatos cortos terror vampiros en la celda

 

 

 

A veces estaba sola en el salón de su casa. Aún no había ni si quiera un sillón en el cual sentarse, pero ya había tele. La miraba pensativa, mientras buscaba una postura cómoda sobre una colchoneta de camping. Pensaba que quizá perdió los mejores años de su vida haciendo algo para lo que no necesitaba juventud, pero la vida le había corrido, en un momento, mucha prisa.

No paraba de preguntarse como hubiera sido su vida sino hubiera sido tan “lista” y tachada de inteligente por profesores y conocidos desde su más tierna infancia. No hubiera sido empujada a ser la más estudiosa y no hubiera estado encerrada por su propia ambición. Si con siete años era la más lista de clase con diez sería un fracaso no serlo y así sucesivamente había trascurrido toda su vida. Tenía ya treinta años y no sabía, porque nunca lo había sabido, qué música se pincha en una discoteca.

 

Su novio también era muy “listo” otro empollón, pero a él no le importaba que su vida se pudiera resumir a los libros de la carrera de Derecho. En ese sentido le envidiaba, se sabía afortunada de haber encontrado un chico con el que hablar y que comprendiera su necesidad por ser profesora en la universidad, por hacer una tesis, por ser catedrática. Cuando le sonreía, no mentía, ella no fingía su amor. Tampoco era que no le bastara, era simplemente que se le quedaba pequeña la biblioteca de la facultad, ¡había pasado tantos años allí!

La investigación de la facultad era sobre sistemas penitenciarios y leyes del pasado. En las reuniones familiares o con amigas parecía interesante, conocía material de sobra para mil novelas y películas de terror. Decía muy a menudo que no había nada más terrorífico que los sistemas de castigo del pasado.

Por el aburrimiento de la biblioteca aceptó la invitación, la recibió una mañana, por internet al correo de la facultad. Un investigador, pero de Historia, había descubierto unos documentos muy antiguos de una cárcel medieval. Había buscado especialistas en varias disciplinas para que acudieran y le pudieran explicar tal misterio.

Su novio se sintió afortunado que la hubieran invitado, la felicitó y la acompañó a la estación.

En un pueblo, como en tantos otros, las personas que vivían en un determinado radio se habían acostumbrado a que cada vez que iban a hacer obra en la casa encontrarse trozos del muro de un castillo. El pueblo a lo largo de los siglos se había construido en torno a él hasta que había quedado tapado, menos una torre muy alta.

Algunas personas del pueblo sabían que había habido una cárcel, otras, no. Pero hacía muy pocos se habían hecho obrar en una de las casas que lindaba con el castillo. El dueño de aquella casa se llamaba Alberto, además de padre era albañil y jamás olvidará la cara de terror de su hija. Él mismo hizo las obras, no tenía con quien dejar a la niña, de cinco años, pues la madre estaba en el trabajo y estaba con él mientras quitaba el tabique.

Alberto era albañil, osado, valiente y fuerte, pero no arquitecto, chocó contra una de las paredes de aquella antigua cárcel, justo por una ventana. Al ver aquél cuarto quedó petrificado, un cosquilleo le recorrió de arriba abajo, la niña señalaba al fondo, pero el padre no era capaz de entenderla. El cuarto estaba lleno de libros, registros de entradas y salidas de presos, asesinatos, ajusticiados...

 

La niña seguía con la cara consternada señalando a un punto. Alberto siguió su dedo con la mirada. Al fondo, todo tipo de elementos de tortura. Su terror fue tal que no volvió a vivir en aquella casa tuvo que construirse otra lejos de tal horror.

En aquélla habitación a la cual aún se accedía a través de la casa abandonada de Alberto llegó Rebeca, muy contenta por tener la oportunidad de ver libros diferentes, raros, más allá de la biblioteca de la facultad. No se podía entrar por otro lado que no fuera la casa de Alberto pues al resto de las habitaciones no había acceso, sólo a las que ya he descrito.

El historiador que primero pisó aquel lugar y que la llamó era Juan. Las presentaciones casi sobraron la llevo directamente a ver los libros. Rebeca no se podía creer lo que creía, algunos eran casi más que un registro de una cárcel los delirios de un loco. Miró a Juan muy sorprendida, haciendo una mueca con la cara, Juan no le dijo nada durante un rato.

-por eso no pude sólo con ello, ¿ tú entiendes algo?

-No, jamás tuve noticia de leyes como éstas, ni de castigos así y he estudiado...- sin darse cuenta dijo todos los cursos y estudios que había realizado que no repetiré aquí por no aburrir al lector.

- pues esto es lo que hay- dijo

Estuvieron hablando largo rato, mirando los registros una y otra vez, había libros que tenían una lógica y un sentido, pero otros, eran meros delirios, según esos había gente condenada en el siglo catorce por crímenes de tres siglos antes de Cristo. En algunos casos por un mismo criminal se hacía una enumeración detallada del paso de los siglos y de los crímenes cometidos en cada uno. Había uno que tenía desde el siglo primero de nuestra era hasta el momento en el que se hizo efectivo el castigo más de cincuenta asesinatos al año y había dicho el nombre de todas sus víctimas y cada una de las ciudades donde las había matado, estaba enumerado. En total eran cinco registros con estas categorías.

Lo que más intrigaba a Rebeca era que por cada una de estas personas que se suponía habían asesinado durante siglos se describían casi diez formas de tortura extrañas que ella nunca había oído y mortales, pero sin embargo, de todos menos de uno se registraba que salieron con vida.

Juan y Rebeca no podían encontrar una respuesta, y llamaron a una psiquiatra y dos psicólogas a ver si atisbaban locura en quien escribió los documentos. Las tres profesionales de la salud mental no pudieron sacar ninguna conclusión coherente. No podía ser una enfermedad mental sin más pues estaba escrito por diferentes personas, pero si pudo ser que todos los que participaron siguieran una corriente religiosa sobre reencarnación que les hiciera pensar en esas cosas tan descabelladas.

Las conclusiones de unos no encajaban con las de otros, muchos eruditos o estudiantes se acercaron, algunos pagados por la universidad, otros por curiosidad. Rebeca y Juan no rechazaban ninguna hipótesis, pero ninguna parecía ni coherente ni lógica.

La universidad retiró el dinero, tres años después Rebeca volvió a vivir ya definitivamente con su marido, a su biblioteca. Al irse del pueblo vió en una casa muy bonita un anuncio de “se vende” ese pueblo estaba relativamente cerca de donde vivían y la casa se les quedaba tan pequeña que decidieron comprar ese chalet, para tener donde veranear y porque tenían pensado tener niños.

Durante lo primeros años que fueron a veranear al pueblo Rebeca siempre pensaba en aquel registro, en aquellos libros, pero poco a poco cada vez lo recordaba menos, otros asuntos ocuparon más peso en su vida. Se cortó el paso al público a aquel lugar en un momento, luego, todo lo que había de valor se archivó en un lugar que nadie sabe con la excusa de que es patrimonio.

Una tarde Rebeca oyó a sus hijos con unos amigos contando relatos de terror y planeando ir al castillo pasar la velada. Ella no pudo evitar sonreírse, sin duda irían a beber en vez de al lado del río como todas las noches al lado del castillo. Creyéndose libres de los padres.

Cuando a las tres de la madrugada sus hijos, aún con un horario hasta las doce no habían vuelto a casa salió a buscarles y como guiada por su instinto fue al castillo, a la cárcel. Nadie se hubiera orientado mejor que ella que tantos años había pasado allí. Pero encontró una puerta que antes no estaba. Unos escalones de piedra muy altos y empinados con forma de escalera de caracol muy muy cerrada bajaban: se podían ver secos los surcos de sangre. Los bajo no ya buscando a sus hijos, sino que el terror era tal que darse la vuelta era una idea imposible, no podía, pues supondría dar la espalda a tanto horror y nunca se le debe dar la espalda al enemigo.

Oyó una voz y su terror se disipó y aumentó, se disipó en lo que a sobrenatural se refiera y acrecentó frente a lo que es tangible. Su primera idea “ un secuestro” corrió hacia la voz de una forma temeraria, si hubiera sido un rapto algún vigía la hubiera visto y abrió la puerta todo lo deprisa que pudo.

El ser con voz humana que salió de aquella celda, sepultado desde siglos, era el único que no salió con vida, el peor de todos. Aquel al cual no sólo se torturó intentando matarle, sino que al ver la imposibilidad de ello se le enterró para siempre.

Rebeca lo entendió, en un segundo todo, pero jamás se lo ha contado a nadie. Este relato llegó a mí por otra fuente.

Rocío Sanjuán Sánchez

Madrid 2004

El Autor de este relato fué Roc%EDo Sanju%E1n S%E1nchez , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=6403 (ahora offline)

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2021-04-18

 

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